jueves, 9 de agosto de 2012

Carla Coggiola



 “King Kong”
Nadie lo hubiera pensado, nadie hubiese creído que esto  proviniera de él. Todos lo conocían como el tímido y reservado Eduardo. Aunque nadie conocía mucho acerca de él, todos sabían el hecho de que le encantaba trabajar y lo hacía con una dedicación y una alegría muy profunda. Mejor dicho, le fascinaba estar en el trabajo; lo que era muy raro para sus compañeros, ya que era un trabajo muy monótono y aburrido. Consistía en permanecer sentado horas y horas, atendiendo y derivando llamadas telefónicas. A esto se le sumaba su oficina, con estatuas egipcias y paredes de un color oscuro muy  perturbadoras a la vista.
La gente que entraba en la empresa, el nuevo staff, siempre se interesaba mucho en los rumores que merodeaban por los largos y fríos pasillos, en los que pasaban de boca en boca, siempre agregándoles algo. Uno de estos rumores comentaba que a Eduardo le gustaba tanto trabajar porque no tenía a nadie afuera. Ni familia, ni amigos, ni siquiera mascotas a quienes cuidar.
Eduardo permanecía siempre solo lo que, según él, era lo mejor que le podía pasar. Ya estaba acostumbrado a que nadie lo saludara y más aún a que nadie estableciera una conversación con él. Pero en las últimas dos semanas de su rudimentario trabajo comenzó a sentir que alguien lo observaba, lo escuchaba y, desordenaba su oficina. Quizás era su imaginación, quizás no.
Un día en que el jefe de Eduardo disfrutaba de su almuerzo, que era el único momento que pasaba con una sonrisa, algo raro sucedió. A Eduardo nunca le había caído bien su jefe, lo llamaba King Kong, por su aspecto hostil y su constante mal humor, aparte de que siempre se comunicaba gritando. Nunca lo llamó Felipe, como era su nombre. En fin... ese día, luego del almuerzo, Felipe se dirigió a su oficina, la oficina más elegante y amplia de la empresa, abrió la puerta y todos los empleados notaron su cara de desconcierto y se propusieron ver a qué se debía. Alguien había tapizado toda la oficina con excremento. Sí, excremento; pero no cualquier excremento, sino de mono, o alguna especie parecida. Además, en las paredes habían escrito “K.K” y lo que parecía un diálogo entre monos.
Obviamente nadie dijo nada. Nadie confesó. Felipe se transformó, y como era su costumbre, comenzó a gritar: - ¡¿QUIÉN FUE?! – Eduardo se encontraba bastante lejos de la oficina. Se acercó y dijo: - Fui yo, siempre me pareció que usted tenía raíces animales, ¿le gustó su nueva decoración? –.
Felipe lo miró y simplemente gritó: - ¡DESPEDIDOOO! -. Eduardo se marchó y se dirigió a su casa, su pequeña pero acogedora casa, y se dijo a sí mismo: - Bueno, ya era hora de encontrar otro pasatiempo. Me encantaría saber quién hizo esa majestuosa broma... -.

1 comentario:

  1. 1º cambio: el verbo creer queda mejor que el verbo pensar.
    2º cambio: la aposición en el medio de la oración dificulta su comprensión.
    3º cambio: concordancia. El adjetivo perturbador modifica a las paredes y no al color de éstas.
    4º cambio: la frase "tomar interés" no queda bien.
    5º cambio: entiendo la corrección el el uso de la coma, pero no entiendo porqué cambiaste el "le gustaba".
    6º cambio: concordancia. Está acostumbrado a que nadie lo salude y MÁS acostumbrado a que nadie le hable.
    7º cambio: me faltó la Y para cerrar la enumeración de acciones.
    8º cambio: se sobreentiende que Felipe es su nombre en realidad.
    9º cambio: hay redundancia con el nombre Felipe y puede haber unido las oraciones.
    Carla Coggiola

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