martes, 8 de noviembre de 2011

“No hay lugar como el hogar”, Verena

Ya no sabía en quién podía confiar. ¿Qué haría mi padre si se enteraba? Yo sabía que no todo era como decía mi madre. No sólo estaban matando a la gente que “se portaba mal”. Cada noche se oían disparos, gritos y chirridos de las ruedas de autos al frenar.

Mi amiga Malena me había contado que su prima estaba embarazada también, y que unos hombres habían llegado a su casa y se la habían llevado, diciéndole que le iban a hacer un tratamiento para ayudarla con su bebé. Ella había aceptado sin rechistar. Ana decía que no la veía desde hacía dos semanas, el día en que se la habían llevado para hacerle el tratamiento.

Nadie lo sabía. Excepto él, claro. Le había dicho apenas me había dado cuenta. Se había puesto tan contento como yo, pero inmediatamente se dio cuenta de algo de lo que yo no me había percatado hasta que él lo mencionó. Mi padre, ¿cómo haría para decirle que estaba embarazada? Y del profesor que él me había asignado. Creo que ni siquiera sabía que estábamos enamorados. Mi padre era tan ciego. Hasta Pablo, el sirviente sabía. Yo sabía que Pablo le había comentado a mi padre sobre sus sospechas, pero él no lo había escuchado. Estaba muy ocupado tratando de que mi madre se pusiera anteojos de sol en pleno invierno.
A mamá ya se lo había confesado también. No había tenido opción. Había empezado a notar mis cambios de humor y las miradas que nos dirigíamos con Federico. Lancé un suspiro mientras acariciaba mi panza con aire ausente. Lo amaba, no cabía duda. De pronto, todo estuvo claro. Nos tendríamos que ir, fugarnos a otro lugar, a otro país. Mi padre no me permitiría tener al bebé. Otra idea asaltó mi mente: mi madre podría decirle en cualquier momento, yo sabía que no quería usar tanto tiempo los anteojos oscuros, ni tampoco guantes. Estaba sumida en mis pensamientos cuando escuché que alguien golpeaba la puerta. Me levanté del asiento frente al tocador y tomé mi tejido. Me senté en la silla junto a la ventana y dije “Adelante.”
-Hola querida-dijo mi mamá mientras cerraba la puerta-¿Volviste a tu tejido?-preguntó observando mis manos.
-Sí, quiero poder saber tejer para cuando llegue el bebé-le respondí mirándola fijamente, tratando de descifrar algo a través de su cara llena de moretones.
Se sentó en mi cama sin perturbarse.
-Creo que…-empezó.
-Ya sé lo que vas a decir mamá, pero quiero tener a este bebé. Me lo quiero quedar. Ya está decidido. Vamos a…
-¿Vamos? ¿Vos y quién más? Porque cuando se entere tu padre va a echar a Federico, lo sabés. Eso, si te deja tener al bebé, cosa que dudo.
La miré con horror. ¿Qué estaba diciendo?
-¿Que no me va a dejar tener a mi bebé? ¿Qué decís mamá? Por supuesto que lo voy a tener-la miré significativamente-Él no va a saber del bebé.
Echó un vistazo por la ventana. En el medio del silencio se escuchó un grito desgarrador que cortó la noche. Apartó la vista y miró mis manos que estaban apoyadas en mi vientre, y otra vez a la ventana. Creí ver una lágrima en su mejilla, pero  cuando estaba por pedirle perdón por mi conducta, se levantó sonriente. Me miró con ternura y se fue de la habitación.

Un día, sólo faltaba un día y saldría de esa horrible casa, a la que ya no podía llamar mi hogar. Me levanté de la cama y salí al baño. Antes de que pudiera abrir la puerta para entrar me interrumpió una mano en mi cintura. Sonreí y me di vuelta, preparada para alejarme de Federico: le había dicho muchísimas veces que no se acercara tanto a mí en la casa, pero me agradaba su contacto. Levanté la vista y pegué un chillido de miedo.
-¡Pablo!-dije enojada, alejándome de él-¿Qué hacés? Le voy a decir a mi papá que te eche ¡eh!
Sonrió con aire arrogante. –Disculpe señorita, me confundí. Pensé que los que trabajan para usted también pueden gozar de su cercanía.
Lo miré con sospecha, pero no dije nada.
-Y bueno, ¿por qué seguís ahí parado? ¿No tenés que ir atrás de mi papá haciendo algo o… o manejando ese oloroso Falcon?
-Hoy, no. Quiere verla en su despacho en media hora, dijo que esté bien arreglada y que sea puntual-y se marchó.

Exactamente treinta minutos después estaba golpeando la puerta del despacho de mi padre.
-Adelante-dijo.
Entré y mi encontré a mi papá tachando una lista de nombres, que alcanzó a guardar en su cajón antes de que pudiera leerla. Me hizo una seña para que me sentara y me lo dijo:
-Hija querida, ya no tenés por qué llorar más. Te conseguí el mejor candidato: trabaja conmigo, está en el ejército, en un puesto muy alto, y sólo tiene treinta años.
¡¿Treinta?!
-Eh, papá, muchas gracias-asintió satisfecho-pero no ¿creés que soy muy chica para casarme con un hombre de treinta años?
-¡Qué insolencia! Claro que no. Todos los jóvenes de ahora son…son… unos idealistas. Unos vándalos, no sirven para nada. Lo único que hacen es quejarse del gobierno. Se llama Adolfo y va a llegar en cualquier momento, así que relajá ese ceño fruncido y no te pongas nerviosa: él sabe que sos joven y no espera hablar de nada importante con vos-rió con ganas.
Asentí en silencio y me levanté para irme.
-¿A dónde creés que vas?-me preguntó furioso.
-Con Federico. Si va a llegar mi futuro esposo, tengo que tratar de aprender algo más para no aburrirlo con mi conversación.
Sonrió satisfecho.-Ésa es mi Guadalupe. Andá, andá-dijo haciendo un gesto con la mano-y decile a Federico que cuando termine con vos se acerque a mi despacho, tengo que hablar con él.

-Vamos a seguir con el plan. No te preocupes-le dije a Federico después de contarle lo que había hablado con mi papá.
Sonrió y me tocó la cara con dulzura.- ¿Estás segura? Puede ser peligroso para vos si se entera tu papá.
-No me importa-le dije-Sé lo que quiero, y lo voy a tener.
Lanzó una carcajada.
-Ya lo sé, sos muy malcriada.
Hice una mueca, entonces puso su mano en mi vientre y sonrió.


-Vamos Guadalupe, bailá con él-insistió mi papá mirándome medio enojado.
Me di cuenta de que no tenía otra opción, así que me levanté de mala gana y acepté la invitación de Adolfo. Bailamos unos minutos hasta que entró Pablo muy alarmado. Pasó por nuestro lado mirándome atónito y fue derechito hacia mi papá.
Mi papá lo miró un poco enfadado, pero se acercó para escuchar lo que le decía Pablo. Traté de concentrarme en lo que me decía Adolfo, pero no podía. Quería saber lo que Pablo le murmuraba con tanta urgencia a mi padre. Al parecer, algo sobre un nuevo embarazo. Me sobresalté al principio, pero como pasaron los minutos y mi papá no explotó, me tranquilicé. Otro niño había nacido para el gobierno, no para mi familia. O ninguna otra.
-¡Pero Pablo, no es tan importante!-gritó mi papá-Dejá de interrumpir este gran encuentro con el oficial y andá a hacer algo por ahí. ¿No tenés alguna mascota por ahí que alimentar?-le preguntó mirándolo con los ojos entrecerrados.
Pablo lo observó muy pálido, pero salió de la habitación en seguida.
-Oficial-dijo mi mamá luego de un momento-¿es verdad que usted es cercano a nuestros tres gobernantes?
-¡Callate Ana! ¿Cómo le vas a preguntar eso al oficial?-la reprendió mi papá-Él nos va a contar lo que quiera. Vos no tenés que preguntar, tenés que seguir con tu tejido. Sea lo que sea que estés haciendo ahora-y agregó en voz baja para Adolfo-Es lo único que hace todo el día, es lo único que sabe hacer. Además de las cosas que corresponden a la noche, por supuesto-agregó divertido.
Nos sentamos a la mesa a comer y entró Pablo con dos platos.
-¿Dos platos?-dijo enojado mi papá-Hay que traerlos todos juntos Pablo, si no se enfrían. Decile a Federico que te ayude-agregó guiñándole un ojo.
Pablo se fue y a los pocos segundos volvió a entrar con Federico. Cada uno traía un plato y dos pares de cubiertos.
-Éste es Federico, Adolfo-lo presentó mi papá-el que le enseña a mi hija. Es bastante guapo para ser un maestro ¿no?
-¡Papá!-murmuré.
-¿Qué? Es un cumplido.
-Ciertamente-asintió Adolfo.
-Vení, vení-lo llamó  mi papá cuando terminamos el postre-traenos algo para beber. A Ana traele un té, capaz así se le pasa el dolor que siente siempre en sus manos. Yo digo que es por todo lo que teje.
Cuando Federico estaba abriendo la puerta para traer el té y el whisky para mi papá y Adolfo, Pablo se acercó para salir e hizo que Federico se volcara todo encima. Pegó un salto para atrás y se quejó en voz baja.
Papá comenzó a reír con todas sus ganas, pero en el medio de sus carcajadas reprendió a Pablo y le dijo a Federico que podía ir a cambiarse.

Estaba escondida debajo de la mesa de la sala, esperándolo. Me había abrigado bien y había dejado una nota en mi cama, para mi madre. Escuché un sonido de botas afuera seguido de llantos y platos rotos. Cerré mis ojos y traté de relajarme.
-¿Guadalupe?-escuché una voz que murmuraba.
-¿Fede? ¿Sos vos?
Salí de debajo de la mesa y alguien encendió las luces. Me quedé totalmente inmóvil. Al lado de la puerta estaba Federico, agarrado por mi padre y varios de sus amigos. Detrás de ellos estaba mi madre parada. La miré con sorpresa, luego con odio, y al fin con angustia. Me había delatado. Era demasiado tarde. Mi papá bajó su mano para tomar su arma y apuntó hacia la cabeza de Fede mientras  sus amigos lo rodeaban. Sin darme cuenta, mi mamá también se estaba moviendo. Había agarrado la cuchilla de la cocina y se acercaba a la espalda de mi padre. No podía creer lo que veía. Los ojos de mi padre reflejaron incredulidad mientras mi mamá clavaba el cuchillo en la parte de su corazón. Los amigos de mi padre dejaron de rodear a Federico y se lanzaron sobre mi madre. Ella me miró mientras mi padre caía al suelo, me miró de la misma forma que me había mirado en mi habitación cuando le había dicho que iba a tener al bebé sin importar nada. Escuché un sonido de armas, pero no pude ver nada: Fede me había agarrado de la mano y huíamos hacia la puerta de salida de aquella casa, que había sido alguna vez mi hogar.

Desapariciones, Manu

El día 10 de Junio de 1980 al atardecer llega el almirante Benigno a un cuartel situado en la provincia de Buenos Aires, Capital Federal con el oficial Fermín, entonces Benigno comienza una charla.
-         Fermín, ¿cómo ha estado su día?
-         Muy tranquilo señor.
Hay un momento de silencio, como de 15 segundos.
-         Y… ¿No quiere saber cómo estuvo el mío?
-         Sí señor, me gustaría saberlo.
-         Mire, la verdad que mi día fue horrible… La rompe bolas de mi esposa está todo el tiempo diciéndome qué hacer y ya no la aguanto más; para colmo mi hija es peor, pide y pide cosas como si tuviera todo de arriba.
-         Ah, mire usted. Yo pensé que su mal día era por el montonero este que no pueden agarrar…
-         Ese pendejito, ya lo vamos a agarrar… Ya va a dejar de molestar con sus ideas revolucionarias que hace que la gente se mueva.
-         Sí, quédese tranquilo que lo vamos a encontrar…
-         ¡¿Vos me vas a decir a mí que me quede tranquilo?!
-         Disculpe señor, era solo una frase.
-         ¡Qué frase ni que frase, DESAPARECÉ DE MI VISTA!
Esa misma noche, Benigno se encuentra en la mesa para cenar. Llegan la esposa y luego la hija que lo acompañan a cenar. Una charla bastante tensa de produce en el momento; la madre es la que la comienza.
-         ¿Dónde estuviste todo el día?
-         Laburando, no como vos que estuviste rascándote en casa y la otra caprichosa que no quiso ir al colegio.
-         ¡Cállate papá! Estuve todo el día con Rafael, mi novio.
-         ¿Así que tenés novio vos?
-         Sí vive acá a la vuelta, pero me dice que no quiere venir a casa, no sé por qué…
-         ¿Cómo se llama?
-         ¡No la interrogues a la nena!
-         ¡Callate vos y dejame que yo hago y pregunto lo que quiero!  Entonces hija, ¿cómo se llama?
-         Rafael.
-         Ah, estoy seguro que lo voy a conocer pronto…
-         ¡Más vale que no vayas a hacerle nada eh! Y vos dijiste que me ibas a llevar a Brasil…
-         ¡Te voy a llevar a Brasil el día que no te quejes o pidas cosas, Dios mío que insoportable!  Me voy a dormir no me jodan.
-         ¡Tomate la pastilla que después no dormís bien!
-         ¡Les dije que no me rompan las pelotas!
Luego de una tranquila noche, Benigno se levanta a las 6 a.m se baña, desayuna y va al cuartel; donde se encuentra con Fermín.
-         Oficial creo que encontré al montonerito que se hace el rebelde.
-         ¿Ah sí, dónde está?
-         A la vuelta de mi casa andá a buscarlo ya.
Luego de un par de horas vuelve con el sospechoso. Benigno comienza un interrogatorio hacia el acusado.
-         ¿Vos sos rebelde flaco?
-         No señor, yo laburo de policía.
-         Ah! Te veo cara de saber nombres de gente rebelde.
-         No…
-         ¡Decime ya! Si no lo hacés te puede pasar algo a vos o a algún ser querido tuyo.
-         No estoy seguro, pero creo que Jorge Ramírez anda en algo parecido.
-         La dirección, ¡YA!
-         9 de Julio 1352.
-         Andá a buscarlo Fermín, llevá a Antonio.
En media hora ya estaba de vuelta con la víctima, comienza un nuevo interrogatorio pero más agresivo.
-         ¡Estoy seguro que sos vos el montonerito que me hace todos los quilombos, vas mal eh!
-         ¡No hice nada ilegal señor!
-         ¡Yo digo lo que es legal y lo que es ilegal acá, no hables más! Llevalo al campo, Fermín.
Devuelta en la casa de Benigno, primero se encuentra con su hija; ella le habla de manera ofendida.
-         ¡Papá, Rafael me dijo  que le hiciste un par de preguntas, más te vale que no le hablés devuelta!
-         Fue un momento, pero no me jodas y andate a tu pieza niñita malcriada.
Llega la madre que escucha esa última frase, se saca la campera y le responde a su esposo.
-         No le digas así
-         ¡No me respondas!
-         ¡Te digo lo que quiero no me vas a callar!
Benigno la mira con furia, no aguantó y le pegó una cachetada violenta que la tiró al piso a su mujer. Ella comenzó a llorar mientras la hija miraba sin saber que hacer; el hombre de la casa le habla amenazando con volver a golpearle.
-         Hablame bien vos, imbécil…
-         Perdón, no quise hablarte así.
-         Está todo bien  mi amor, pero medí la próxima… Me voy a acostar.
A las 2 a.m tocan la puerta y atiende Benigno, era Fermín. Llegaba con la noticia de que el montonero ya no iba a ser problema para ellos, que ya lo habían eliminado. El almirante sonríe, saluda a Fermín y se acuesta con esa misma sonrisa macabra.

Su amado ya no estaba, Joel.

Jorge Rafael Videla estaba sentado en su sillón, como era su costumbre, mirando por la ventana. Observaba la gente ir y venir, los soldados caminando con sus armas, el cielo despejado con el sol calentando la Plaza de Mayo. En ese momento entró la hija, enojada y caprichosa como siempre, diciéndole que no quería estudiar más; entonces el padre se enfadó mucho por esta actitud, y le dijo que tenía que estudiar sino quería ser burrita, y no saber nada. Así que Jorge se decidió a buscar a alguien que sea feo, con defectos, para que su hija no se pudiera enamorar de él.
Buscó por todos lados, viajó al interior del país a ver si conseguía algún profesor hasta que encontró a Javier, un profesor de la provincia de Neuquén, este profesor no era feo de rostro, pero poseía un gran defecto, tenía una enorme joroba. Jorge pensó que ese era el profesor ideal para su hija, con joroba nunca se enamoraría, además le enseñaría latín, la lengua muerta.
…………………………………………
Un día Javier y Dolores, estaban sentados estudiando con el libro sobre la mesa circular de vidrio que había en la habitación, cuando de repente, sin querer, Javier se sorprendió porque la alumna era muy caprichosa y golpeó la mesa con su puño, haciéndola trisas. El ruido se escuchó por toda la casa, y en seguida todos subieron a ver qué había pasado, entró su padre  y vio lo que Javier había hecho. Había trozos de vidrio desparramados sobre toda la alfombra, la hija en seguida empezó a gritar y llorar diciéndole que el profesor le había querido pegar, había esquivado el puño y roto la mesa. Jorge no sabía qué hacer, quería despedirlo, o mejor ponerle un castigo, pero pensó qué no encontraría otro profesor igual, entonces cedió y no hizo nada.
Dolores, al otro día, no sabía qué decirle a Javier, pensó que debería estar muy enojado entonces actuó tranquilamente. Empezaron a dialogar y ella le contó que su  padre era un ser bondadoso y que nunca le haría algo malo, menos a un profesor de su categoría. Instantes más tarde entró Nicolás, el sirviente de la familia, trayendo una sola taza de chocolate caliente para la hija, entonces ella indignada le preguntó, ¿porqué no había para el profesor?, y el sirviente le dijo que siendo alguien tan repugnante y feo como él, no se lo merecía. Dolores, enojada, lo echó de la habitación y lo miró a Javier, pidiéndole disculpas por el hecho. Ella nunca le había prestado atención al rostro tan lindo que tenía el jorobado. Se lo dijo directamente, pero este no le creyó, pensó que era una broma pesada, ¿Cómo alguien se enamoraría de un jorobado?
……………………………………
Estaban en la oficina dialogando Jorge con su hija, sobre el esposo que le había conseguido, un hombre inteligente, guapo, con adinerado y buen mozo. Llevaría dos meses y medio preparar el casamiento así que debían conocerse lo antes posible.
La noche posterior invitaron a Rodolfo (futuro esposo de Dolores) a cenar un rico pollo con papas, luego bailarían un jazz clásico como tradición de la familia. A las 22.00hs empezó el baile, Jorge le había ordenado a su esposa que tocara el saxofón como lo hacía en los viejos tiempos; la señora no se negaba a nada y aceptaba cualquier orden que le dieran, y más si eran impartidas por su esposo.
Nadie tocaba ese instrumento como ella, le ponía ritmo a la pista haciendo que Dolores y Rodolfo bailaran rapidísimo al  compás de la canción. Como en la pista había solo dos,  Jorge invitó a Nicolás y Javier a que se unieran a ellos, para hacer un baile más entretenido. Pero Javier, con su joroba,  no podía ir a ese ritmo tan rápido, encima  Nicolás lo molestaba y le pegaba para que siguiera bailando; hizo un esfuerzo terrible por seguir parado hasta que se detuvieron y Dolores pidió bailar con Javier.
La canción ya no era tan rápida, había pasado de un jazz rápido a uno mucho más lento, donde podían abrazarse y bailar por toda la pista, mirándose a los ojos y sonriendo. Pero a Jorge no le gustó la idea, se suponía que debían bailar su hija con su prometido, entonces terminó la alegría de ambos, saludó al prometido y lo sacó de la casa, y mandó a dormir a todos los presentes en la habitación;  una vez mas había arruinado el momento entre Dolores y el profesor.
…………………………………
Habían planeado esto todo el tiempo, se suponía que debían encontrarse  en la habitación para huéspedes, se escaparían por la ventana y huirían hacia Mendoza; allí el profesor tenía unos primos con chacras en donde podrían trabajar. Sería un final feliz para ambos, vivirían para siempre juntos, tendrían hijos que cuidar, y toda una vida por delante, porque lo único que le importaba a ella era estar a su lado, con ese rostro tan alegre e iluminado que tenía su amado profesor. Estaba sentada en la cama esperándolo con entusiasmo. Pero comenzó a pasar el tiempo y comprendió que algo andaba mal, no se podía retrasar tanto; momentos más tarde entró la madre con cara de remordimiento, se dirigió hacia su hija y le contó lo que había sucedido. Sin ninguna razón, más por miedo, o porque era una señora muy dócil y obediente hacia su esposo, le contó a éste lo que los enamorados planeaban; ella no creía que la madre hubiese podido hacer algo así.  De repente irrumpieron en la habitación Jorge y Nicolás con una bolsa larga que chorreaba sangre por toda la sala, en seguida Dolores miró a su padre y, comprendiendo lo sucedido, comenzó a llorar. Su amado ya no estaba.

Cuando habla el silencio, Agus

Antes de anoche me senté con mi padre a platicar, le conté lo bien que me va en el colegio, lo mucho que quiero a mis amigos, todo lo que extraño ser más pequeña y muchas cosas más. Entre largas palabras, salió el tema de su vida durante la dictadura militar acá, en Argentina.
Debo aceptar que fue muy duro escucharlo, lágrimas corrían por sus mejillas y yo sin poder hacer nada más que decir: “Papá, yo te quiero mucho”.
También, me contó sobre cómo conoció a mi madre. Su historia comenzó así:

-¿Sabes cielo? La época de la dictadura fue muy difícil para todos los Argentinos, más para los que somos de acá, bien porteños. Yo era de clase muy baja, nunca pude vestirme de Armani o de Etiqueta Negra, siempre fui muy gaucho y muy colaborador; en especial en ir a escuelas precarias a compartir mi felicidad con niños más pequeños. Nunca tuve mis estudios terminados, con suerte terminé quinto grado de la escuela primaria, mi madre sufría de violencia doméstica, asique decidí huir. ¿Sabés lo que es eso?¿Sabés lo que es pasar de ser tan feliz a tan infeliz? En la década del 60’ nadie se fijaba en nada, cada uno andaba en su rumbo, en su vida… Pero ya aproximándonos a la década del 70’ u 80’ la Argentina estaba descontrolada. Discriminación en todos lados, diferenciación, quién tenía más quien tenía menos. Por eso mismo, a los 21 años me encontraba solo, sin rumbo, sin nadie que me acompañase o que me brindara un abrazo.
Así fue que empecé a buscar trabajo, nadie me aceptaba por como soy, ves, mi gran diferencia de tamaño entre una pierna y otra, eso influye bastante a la hora de buscar trabajo. No sé cómo ni cuándo, yo, “montonero”, caí en la casa del jefe militar. Había una gran fila para la búsqueda de trabajo, eso me sorprendió muchísimo, encontré a un par de amigos allí, Héctor, no lo debés conocer, pero te lo he nombrado… bueno, la cosa es que el también estaba. Dada la típica humedad de Buenos Aires empezó a llover, todos empezaron a irse, pero yo no, yo decidí quedarme a ver si ese era el día en el que comenzara a trabajar de una vez por todas.
Luego de 3 largas horas de espera, debo aclararte que no estaba en las mejores condiciones, abrió la puerta una mujer de mirada triste y pálida, su rostro apagaba todos los colores de su bella vestimenta. Así fue que oí “Carmencita y Jorge, tenemos visitas”.
“-Ya te escuché querida, no tenés por qué gritar, estoy harta de tus ladridos por toda la casa mujer”- exclamó enfadada su hija.
“-Otro patasucia más me traes acá, igual me puede servir para limpiar los platos, si para ello no necesita mover las piernas feas que tiene- Agregó el padre”
Obviamente, la madre hacía sombra, no hacía comentario alguno. Desde ese momento, comencé a trabajar para esa familia, acepto que al principio no me gustaba mucho, pero me fui acostumbrando; y más cuando me fui encariñando con Carmencita.
Un día, su padre nos vio cerca, charlando, yo supuestamente estaba limpiando la ventana y ella se columpiaba constantemente.  Se me acercó, me tiró la oreja y me dijo: Carmencita sólo tiene 16 años, vos ya tenés unos maduros 24, ojo con lo que le haces a mi hija porque te puede salir muy caro.
Pero ¿Sabés? El amor era más y más fuerte, y yo sentía algo adentro, como “maripositas” en el estómago cuando ella me preguntaba qué íbamos a comer, imaginate, una pregunta re estúpida, pero igual, yo moría de nervios. Ella era tan pedante, nunca tuvimos conversaciones muy largas, su seguridad y su personalidad arriesgada nos hizo seguir adelante. Así fue que a fines del 79’ decidimos huir, ella se había hartado de su padre sobreprotector y su madre había fallecido hacía ya 6 meses. Era nuestra oportunidad, recogimos sus maletas mientras su padre dormía y trepamos por un alambrado de unos cuantos metros que había rodeando la mansión. Dejé que ella pasara primero su valija, su tapado de Channel y después pasé yo con mis trapos sucios. Mientras estaba pasando, vi a un guardia de seguridad llamando al teniente, avisándole del asunto. Fue entonces cuando el señor general llegó, empujó a su hija con una gran golpiza y le ordenó que fuese a la casa, mientras que a mí, me miró, me desfiguró la cara a puñetazos y me dijo textualmente “No te quiero volver a ver cerca de esta casa, mucho menos de mi hija”. No me quedó otra opción que volver  a hacer mi vida solo.
Llegué a un pueblo llamado Suipacha y vi un terreno que ofrecían regalártelo si ayudabas durante 3 meses a ordeñar vacas, obvio, lo obtuve. Poco a poco fui haciendo la casa que soñaba, que soñábamos (junto con Carmencita), 2 habitaciones, 1 baño, una cocina-comedor y un gran patio para que los niños jueguen.
Un día, la puse en venta, tan bonita y amplia, necesitaba de una buena familia, no de un croto como yo.
Una tarde soleada de verano, viene una muchacha preciosa, un poco más joven que yo, y me dice “Julio, tanto tiempo, ¿No te acordás de mi no?”, hice memoria, y ¡Adiviná quién podía llegar a ser!, Sí, la mismísima Carmencita, renovada, independizada, ya no vestía de Channel y estaba buscando una casa para poder despejar su mente, ya que su padre había sido asesinado 1 año atrás. ¿Cómo le iba a vender la casa que ella siempre había soñado?, le ofrecí que se quedara en ella sin costo, que podríamos convivir juntos, después de todo éramos personas maduras, cada uno con sus ideales y con sus cabezas bien puestas.
Eso no fue necesario, una noche de marzo, la luna llena, las estrellas brillaban, el campo estaba recién sembrado; me ofreció salir a correr desnudos, era la aventura que soñaba desde hace años, le dije que cómo no, y así fue que salimos, corrimos y gritamos. Llegamos con frío, después de todo, no era una noche muy cálida, la fogata estaba prendida y pensamos que no había mejor manera de calentarse que con el cuerpo del otro.

-¿Eso es todo?- Concluí

-Nueve meses después, naciste vos, hermoso ser- Agregó.

Un verano diferente, Lu R.

Después de dos años todavía recuerdo aquel verano que pasé en la estancia de mi padre, en Tandil.
Los días eran calurosos y se notaba la falta de agua de los últimos tres meses así que casi que no salía y me dediqué a estudiar piano, algo que siempre había tenido ganas de hacer.
Santiago, mi padre, había contratado a Ignacio Nedra, un profesor recién llegado de Europa, para que me diera unas clases intensivas y fue invitado a quedarse en la estancia durante toda la temporada. Yo sólo tenía permitido verlo durante los ensayos, que iban de 8:00 a 11:00 de la mañana y de 15:00 a 19:00 de la tarde y, por orden de mi padre, mi madre debía estar presente durante toda la clase para comprobar que nada sucediera entre nosotros.
Compartíamos tanto tiempo juntos que empezamos a conocernos mejor y se convirtió en uno de mis mejores amigos.
Cierto día entró en mi habitación Fermín, el capataz de la estancia, y me dijo que había una persona esperándome afuera. Cuando bajé me encontré a mi padre junto con el doctor Javier Montes de Oca, un millonario al que consideraban un buen candidato para mí. Por esto, Santiago me obligó a salir aquella tarde con él. Me apretó el hombro mientras me preguntaba si quería ir con Javier a tomar un café.
Cuando volvimos decidí firmemente que nunca le haría caso a mi padre y no me casaría con él. Solamente hablaba del dinero y de lo que me compraría pero yo estaba más interesada en el amor que estaba segura que Ignacio me daría. Por ello no podía dejar de pensar en él. Fue por esto que, cuando llegué me propuse hacer lo imposible por pasar más tiempo con mi amado. El problema era que Fermín iba cada media hora a mi cuarto para vigilarme y contarle lo que fuera que yo estuviera haciendo a mi padre. La única forma de lograr mi objetivo era contar con otra persona que también pudiera darle órdenes a Fermín. Mi madre era la única esperanza que tenía, por lo que le conté sobre mi amor secreto y juró que me apoyaría en lo que fuera.
Pasaban los días y mi rutina fue cambiando. Luego de mi segunda clase de piano, salía al lugar que mi padre o Fermín eligieran con el doctor Javier. Cuando volvía, mi madre le ordenaba a Fermín algún trabajo por lo que yo tenía algún tiempo para pasar con Ignacio. Esa era la mejor parte del día. Lo disfrutábamos y nos divertíamos  mucho.
Un día, al volver de mi paseo con Javier, encontré a mi madre llorando desconsoladamente y me di cuenta de que tenía la cara golpeada. Le pregunté qué pasaba, tratando de no imaginarme lo peor. Me dijo que había temido todos estos días que mi padre se enterara de lo que sucedía, por lo que decidió contarle todo. Él se había enojado tanto de que lo hubiéramos engañado que le pegó, cosa que acostumbraba a hacer, y le había dicho a Ignacio que si no se iba en ese instante lo mataría. Me di cuenta de que si no lo buscaba en ese momento nunca lo encontraría. Salí corriendo de la estancia, estoy segura de que Fermín me vio pero no me hizo nada porque mi padre no se lo había ordenado. Sólo habrá atinado a salir corriendo a contarle.
A lo lejos vi una silueta y enseguida reconocí a Ignacio. Lo llamé y cuando me vio una sonrisa iluminó su rostro y me abrazó. Nos dimos cuenta de que si no nos escapábamos enseguida nos encontrarían. Los dos pensamos lo mismo: irnos a España, su país de origen, aprovechando que él tenía un contrato de trabajo con una orquesta de Barcelona y que mi padre no podría entrar al país por razones políticas.
Fue así como nunca más supe de mi familia y lo agradezco porque luego de lo que hizo, no hubiera querido ver nunca más la cara de mi padre  y menos la de mi madre quien me decepcionó enormemente.

Un capricho más, Gabriela U.

Ya hacía mucho tiempo que los dias no eran como hace un par de años, ya no tenía todo lo que quería cuando quería, ni podía hacer todo lo que quisiera, cosa que me molestaba demasiado. Papá decía que debía hacer lo que me ordenaran por mi bien, pero yo no estaba acostumbrada a eso.
 
Tampoco las cosas en mi casa eran iguales, mamá estaba más triste que nunca, ya no era ella si no que era lo que papá quería que ella sea. Por un lado admiraba a papá, tan solo con mover un dedo todo estaba a su alcance, pero definitivamente las cosas que hacía no eran buenas para nadie. Él decía que no debía entrometerme en temas de adultos, que todavía era una niña tonta que tenía que seguir aprendiendo de mis clases, que por supuesto, eran dictadas en mi casa.
 
No podía dejar de mirarlo, por más que para papá no pasaba nada, todos en la casa ya se habían dado cuenta de cómo miraba a mi profesor. Pero Juan no miraba más que los libros sobre la mesa, lo cual me hacía enfurecer y decirle cosas malas sin sentido como ¡Te odio Juan! ¡Voy a hacer que Papá te lleve lejos! 
No importa lo que pasara, tarde o temprano, quiera o no, Juan se enamoraría de mí. 

-¡Es un simple empleado! De ninguna manera Julia, andá borrando ese capricho de tu cabeza!- Dijo mi madre algo enojada.
 
-Ya es tarde mamá, estoy enamorada de él, y el casi de mí.

-Sabés muy bien lo que es capaz de hacer tu padre si se entera de esto Julia. Ya basta de este capricho. 

¿Qué sabía mi madre lo que yo sentía por Juan? Nada, absolutamente nada. Que va a saber ella de amor, si siempre vivió en las mentiras de mi padre. ¿Un capricho? La verdad que papá tenía razon, mamá era un tonta. 
Esa noche escuché más disparos y ruidos que nunca, tenía miedo de que algo le hubiese pasado a Juan. Solo quería que sean las cuatro para ver entrar a Juan con los libros de matemática en las manos, listo para empezar la clase.
Juan y yo cada día estabamos más enamorados, yo sabía que esto iba a pasar, todo lo que deseo lo tengo.
Pillo, el criado, nos estaba observando más de lo común, cada media hora interrumpía nuestras clases con alguna de sus estupideces y yo, obviamente, lo echaba más que furiosa.
Era un domingo por la tarde, y estaba sola y aburrida en mi cuarto como todos los domingos, cuando veo la sombra de papá acercarse por mi puerta.
-Hijita, niñita mía- Dijo con dulzura mi padre
-¿Qué pasa papi?-Le pregunté con curiosidad.
-Encontré un chico que me agrada mucho para vos-
Me quedé helada, no me podía imaginar con otra persona que no fuera mi Juan.
-Pero…papito, no creo que esto sea una buena idea-Respondí tímidamente.
-No te preocupes hijita linda, todo estará bien, hoy a la tarde vendrá a conocerte.
La verdad que José Felix era bastante agradable, obviando que tenía 15 años más que yo y que no paraba de hablar de cosas aburridas. Pensándolo mejor no me gustaba para nada el hombre que mi padre había elegido para mi, pero hasta que se fuera tendría que fingir que me caía bien.
Me dolía muchísimo la cara de Juan al verme en esta situación, pero pronto todo se acabaría.
Nuestro plan estaba armado, nos escaparíamos de este horrible lugar el miércoles por la noche cuando todos durmieran, teníamos todo listo, y todo lo habíamos arreglado con sumo cuidado.
Ya era martes, estábamos planeando los últimos detalles y de repente me di cuenta de que Pillo estaba atrás de la puerta escuchándonos. Estábamos muy preocupados de que le contara a alguien de nuestros planes, tampoco sabíamos qué tanto había oído, asi que hicimos como si no hubiese escuchado nada y le pregunté qué hacía allí y me contesto que acababa de llegar pero ya se iba.
Faltaban apenas horas para irme, y andaba caminando por la casa esperando que pasara el tiempo.
-Hija, ¿Por qué estás tan contenta? ¿Es por la visita de tu prometido? – Preguntó mi madre
-No, mamá es por que hasta acá llegó esto, hoy me voy de acá- Dije decidida.
-¿De qué hablás, Julia? Dejá de lado tus caprichos y andá a cambiarte que está por llegar Jose Félix.
-No mamá, no voy a ser como vos. Estoy cansada de no poder salir de casa, de hablar nada más que con las personas que papá quiere, quiero vivir mi vida, no la tuya-Le respondí entre llantos.
-Julia por favor te lo pido, recapacitá. Todo es muy complicado afuera.
-Basta mamá, me voy. Tengo 20 años, no soy una niña. Estoy harta de que me escondan cosas.
La hora había llegado, y Juan nunca vino a buscarme. Estoy muy preocupada por él, y sé que mi padre tiene algo que ver con esto, y con mucho de lo que está pasando allá afuera.
Lo único que espero es que todo esto termine, para poder volver a encontrarme con Juan.
  

El silencio grita, Catalina

En un amplio salón se encuentra en su diván el importante empresario Juan María López. Delante de él hay una estufa de mármol en donde estaba encendido un acogedor fuego, sin embargo, esto no es suficiente para contrarrestar el frio que reina en la habitación. A su derecha una mesa pequeña de roble en la cual se encuentra un vaso con whisky seco.
López suspira, claramente algo le está molestando, estaba a punto de tomar su vaso cuando un celular comienza a sonar, suspira otra vez, saca su i-phone del bolsillo de su bata granate y atiende, era su esposa. La expresión de López cambia, ahora  pasa de estar preocupado a estar molesto.
-Querido perdón que te moleste, pero…-
-¿Qué querés?- La interrumpe López
-Es que llegó un hombre que quiere presentarse para ayudar en la cocina, ya sabes porque tuvimos que echar al anterior-
- Si, ya sé- López corta la llamada y oprime un botón rojo que se encuentra también en la mesa de roble. Apenas López presiona el botón, entra un hombre de espalda ancha vestido de traje, se para erguido a dos pasos de la puerta.
-¿Me llamó señor?-
-Sí Luis, hacé pasar al hombre que vino para ayudar en la cocina-
-Está bien señor- El mayordomo se dispone a marcharse cuando López agrega,
-Espera, antes de hacerlo pasar fijate que sea como lo pedí, bien feo-
Luis sonríe y contesta -¿No quiere más problemas señor?-
-No quiero que mi hija escabulla a la 1 de la mañana con un sirviente y que mi mujer lo mire sin descaro-
-¿Y si no es feo?-
-Entonces… entonces sacá a los perros-
Luis vuelve a sonreír, pero esta vez con malicia –De acuerdo señor-
Cuando el mayordomo vuelve a entrar en la habitación lo hace acompañado de un joven nada atractivo y con ropas muy gastadas. López sonríe, se para en la ventana y sin mirarlo le dice – Estás contratado, decime tu nombre y cuándo naciste-
El joven sorprendido pregunta – pero, ¿Así nada más?, ¿no me quiere probar en la cocina aunque sea?-
-Limitate a hacer lo que te digo de ahora en adelante, querés el trabajo ¿sí o no? –
-Por supuesto que sí, discúlpeme, mi nombre es Esteban y nací el 5 de octubre de 1986-
-Ósea que tenés 25 años, muy bien, empezás mañana, Luis, traé a mi mujer y a mi hija-
Luis sale y luego de un momento vuelve acompañado de dos mujeres, una que no supera los 22 años y la otra que difícilmente tiene menos de 50.
-Quiero que conozcan al nuevo ayudante de cocina, como verán elegí a uno que estoy seguro que será de su agrado- dijo López con tono sarcástico.
-Veo- Dice la más joven, ahora gira hacia el joven, lo examina y dice -Quiero que sepás que solo te eligió a vos por ser feo- Luego con una sonrisa macabra agrega- A mi papá no le gusta que socialice con el personal-
La mujer más grande la agarra del brazo y dice – Sol, por favor…-  La joven se zafa de la mano de su madre y le grita
-Soltame, ¡idiota!- Se va corriendo de la habitación dejando solos a los tres personajes, López llama a su mayordomo nuevamente y le ordena que le muestre su habitación al nuevo empleado. Al retirarse Luis y Esteban, López agarra violentamente a su mujer del brazo y le dice -¿Te das cuenta lo que me hacés hacer? No tenés que mirar a nadie más que a mí, ¿me escuchaste?, no podés mirar a nadie más que a mí- La madre forcejea y se quiere soltar, pero entre más trata de zafarse su marido la agarra más fuerte
-Me hacés mal, soltame-
-Te voy a soltar cuando se me cante- apenas termina de decir esto le da una cachetada y la suelta, luego le da una beso en el cachete y le dice –Me pone contento que me entiendas, nos vemos en la cena-
Al día siguiente, muy temprano, Sol va a la cocina
-A vos te estaba buscando- Le dice Sol a Esteban
-¿Por qué?-
-Porque basta con que mi padre me prohíba una fruta para que a mí me tiente comerla, ¿me entendés?-
-No, y no quiero, ahora por favor si no le molesta tengo que seguir trabajando, con permiso-
-No, no tenés mi permiso- y le bloquea el paso- Además las chicas lindas como yo se pueden enamorar de feos como vos-
-Pero afortunadamente los feos como yo no se enamoran de hipócritas como vos, ahora correte que tengo que seguir trabajando-
-¿Me estás diciendo que no te gusto ni un poquitito?-Esteban se la queda mirando un rato y no sabe qué contestar, se pone nervioso. En eso cuando está comenzando a modular algunas palabras, entra López, los mira y enrojece. Está furioso
-Vos- La mira a la hija y continúa- Te voy a moler a palos- y se abalanza sobre ella, pero entonces Esteban se interpone y recibe la cachetada por ella.
-¿Qué hacés pedazo de estúpido? Vas a pagar por esto - está a punto de pegarle cuando Sol se interpone entre los dos y lo interrumpe
-No papá, no entendés, yo vine a buscar algo para comer, tenía mucha hambre porque anoche no cené y le pedí que me preparara el desayuno- El padre se para en seco y se encoge de hombros, está avergonzado y algo abrumado, pide disculpas y se retira de la cocina. Apenas sale de la cocina los dos personajes restantes se miran por varios segundos y besan.
-Hoy mismo, hoy a la noche nos tenemos que ir- Esteban estaba parado y Sol sentada.
-Hoy mismo nos vamos, te voy a esperar en la entrada a las 12 de la noche, nos vamos a ir, no importa a donde, a algún lugar en donde nunca nos encuentren- Nunca- repitió Esteban-Nunca.-
Eran las 12.20 de la noche y Sol aún estaba esperando a Esteban, seguro se le había hecho tarde en la cocina, ¿pero qué importaba? Después de esa noche iban a ser libres, con tal de lograrlo hubiera esperado toda la noche.
-Mejor andá a dormir- Una voz entre las sombras la hizo sobresaltarse.
-Mamá, es que no me podía dormir, vine a buscar un vaso de leche, nada más-
-Mejor andá a dormir- Repitió- No va a venir
-¿Qué?-
-Esteban, no va a venir-
-¿Cómo…? ¿Por qué…?- Sol tenía muchas preguntas en la cabeza, pero no era capaz de finalizar ninguna en voz alta.
-Tu padre se enteró, te imaginarás que…-
-¿Cómo se enteró? Porque al parecer ahora todos los sabían, ¿fue Luis?
-No, bueno, yo los escuché hablar en la cocina y…-
-No, ¿Sabés qué mamá? Callate, ya me dijiste todo, lo único que quiero saber es en dónde está Esteban, ¿Qué le hicieron, le pegaron?
-Bueno él…-
-Acá está- de la oscuridad apareció Luis cargando el cuerpo sin vida de Esteban, tras él venía el señor López
-Vos- le dice Sol que no siente sus piernas- Vos me lo sacaste, me sacaste todo, no permitís que nadie sea feliz si vos no lo querés así, ¿pero sabés qué? Ya no te tengo miedo, a ninguno de los tres, ¡A ninguno! Espero que su conciencia no los deje pensar de día ni dormir de noche, y si no es así yo misma me voy a encargar de hacerlo, les voy a sacar todo lo que más quieran ¡todo!
-Luis, sacala de acá, cuando estés calmadita hablamos, ¿Me escuchaste?-
-Nunca me voy a calmar y quizás me calle, pero el silencio grita papá-mientras Luis y su madre la sacaban de la habitación a la rastra repitió -¡El silencio grita!