miércoles, 31 de agosto de 2011

Cómo olvidarlo, Macarena


Era el 6 de Septiembre, como olvidarlo. Lo recuerdo con lujo y detalle, como si fue fuese ayer.
 Era un día como cualquier otro. Como todos los días, me levante a las 7 en punto, a las 8 entraba a trabajar. Me levante, cepillé mis dientes y vestí mi típico traje negro. Mi Liliana ya se había levantado, ya me había preparado las tostadas como a mi me gustaban, bien doraditas; mi café con leche y el periódico al lado. Ella se bañaba, mientras la escuchaba cantar con su dulce vos, todo era perfecto, era feliz junto a la mujer que amaba.
Finalmente se hicieron las 7:45, ya era hora de ir a trabajar. La besé en la puerta y crucé la calle viendo como me saludaba con una sonrisa de punta a punta. Así subí al auto y me marché.
Ya eran alrededor de las 3 de la tarde y ansiaba con que sean las 4 para llegar a casa. No sé porque, habrá sido el destino no lo sé, pero justo ese día mi jefe me ordenó que me retirara a eso de las 3 para que revisara algunas fotos que iban a ser publicadas en el diario. A eso de las 3.15 llegué. Lo primero que note fue que la manija de la puerta principal estaba forzada. Rápidamente bajé del auto y corrí hacia adentro. Al entrar ví  manchas de sangre por doquier. Cuando finalmente entre a mi habitación, nuestra habitación, donde la encontré. Estaba ella, mi Liliana sin ninguna reacción sobre la cama, sin ropa, llena de sangre. Ese momento fue el peor momento de mi vida. Me desvanecí. Llore y lloré, llore más fuerte de lo que un nene podía llorar cuando le sacan su chupetín, llore más de lo que un hombre puede llorar cuando la mujer a la que amas, muere. Pero no que muere de un accidente o una enfermedad, muere, como peor cosa, por una persona tan hija de mil puta como lo había sido ese hombre, ese monstruo.
No podía verla así, no podía, me resignaba pero a la vez sentía impotencia, sí impotencia,  por tener al asesino enfrente mió y poder hacer que sufra todo lo que mi Liliana sufrió. Ese día no dormí, tenía a policías por todo la casa, vecinos asomándose, dando sus testimonios y queriendo saber mas sobre el tema, parientes llamando y lamentándose por lo sucedido. Pero mas que nada, no dormí porque se me venía el recuerdo de Liliana todo el tiempo a mi mente, se me venia especialmente su sonrisa, la cual vi  por última vez.
Las primeras semanas según todos, son las más dolorosas, y a fin de cabo, resultaron así. Por 6 días no fui a trabajar, me quedaba en casa ordenando y viendo una y otra vez fotos de ella. A eso del octavo día de lo sucedido, me llego una carta del juez Báez, quien me citaba a una declaración.
Al día siguiente fui al juzgado. Allí me presentaron a mi abogado, el cual me dio el Estado por no tener la plata suficiente como pagar uno. Él era Chaparro, Benjamín Chaparro. Apenas lo vi note que era una persona trabajadora y muy atenta, confié en que iba a ayudarme. Entre a la sala donde me esperaba Báez.
En esa reunión me hicieron declarar todo lo que había visto, y me dijeron que se iban a sostener en los testimonios de mis vecinos y de mí, que no habían pistas, no habían huellas.
Estaba harto de escuchar noticias sobre la muerte de mi esposa, estaba harto de escuchar los lamentos de la gente una y otra vez: “pobre de vos, contás conmigo siempre, para cualquier cosa”. Muchos lo decían por compromiso, y solo unos pocos porque realmente lo sentían.
Lo pensé por bastante tiempo y decidí marcharme e irme a Salta donde tenía parte de mi familia. No aguantaba más Buenos Aires.
Allí me sentí resguardado, no quería escuchar mas nada sobre el tema, aunque todas las noches tenía el pensamiento de encontrar a ese monstruo. Los meses pasaron y yo no daba ni noticias ni ellas me llegaban a mí. Lo que no permite que yo me haya olvidado de ella, su recuerdo estaba latente, nunca la olvidaría, la seguía amando, esté o no esté. Así pasaron 4 meses de aquella vez, de aquello sucedido en la calle Belgrano al 1590.
 Cuando un día, me llego una carta de Chaparro, donde decía que nunca mas había oído algo de mi, pero que estaba intentando abrir el caso nuevamente, para descubrir al asesino. Termine de leer la carta y supe que lo mejor era volver a Buenos Aires, a hacer justicia por mi mujer.
Finalmente, volví. Al día siguiente, nos encontramos con Chaparro a tomar un café y a hablar de lo que pensábamos hacer sobre el caso. Definitivamente, mucho no se podía hacer, pistas no habían. Así que decidí ir a mi casa y averiguar lo que podía.
Llegue y lo primero que hice fue buscar en la habitación, con solo ver esa cama se me venía su recuerdo. Pero en fin, busqué y busqué. Así fue donde encontré una pequeña caja. La abrí y noté que estaba llena de papeles y muchas fotos. Tenía cartas de cuando éramos novios, nuestra acta de matrimonio, lloré y lloré devuelta, fue más fuerte que yo, no me pude contener. Cuando secándome las lágrimas comencé a ver fotos del  secundario y noté que en todas las fotografías, se encontraba un hombre mirando a mi Liliana con una mirada de obsesión. Rápidamente quise saber quien era y acudí a mi abogado para que me ayude.
Llegó Chaparro y le mostré las fotos. Yo nunca en mi vida lo había escuchado, pero si Liliana me había nombrado varias veces acerca de un chico, compañero de la secundaria que siempre había estado enamorado de ella; hasta me mostró cartas que le mandaba cuando se entero que nos habíamos casado. Sería ese? No lo sabía, cuando encontré una carta que decía:

     Mí querida Liliana:
           
           Últimamente acá en el pueblo andan  comentando que te casaste. Ayer, me encontré a tu padre y me lo confirmó. No lo puedo creer, no puedo creer que no me hayas esperado para comenzar una vida conmigo, sos la peor Liliana Emma Colotto. Te deseo lo peor, si lo peor. No puedo creer en lo basura que te convertiste, casándote con es infeliz, finalmente te convertiste en una hija de perra como tu mama, no cambias mas. Ya cuando pueda me voy a ir a hacer una vueltita por allá, por Buenos Aires y te voy a ir a visitar mi amor. Te voy a buscar y vamos a huir juntos, como mi mujer. Te amo Liliana, sos el amor de mi vida y espero que pienses lo mismo de mí. Nos estamos viendo y espero que todo esto a tu maridito no le cuentes nada, sino sos boleta mi amor.
Te amo.                                                                                    
                                                                         I.G

La leí y quede shockeado, como un hombre podía tratar así a una mujer y mas a  mi Liliana, no lo podía creer. ¿Quien era I.G.? ¡Quería buscarlo ya!
Rápidamente llame a mi suegro, que vivía en Tucumán y le conté sobre la carta. Así el me afirmó que se trataba de Isidoro Gómez.
Chaparro me sugirió que buscáramos información de el, para luego citarlo a una declaración.
Así lo hicimos, mi suegro nos pasó información acerca de donde estaba, últimamente había viajado a Capital Federal en busca de trabajo. Además nos dijo que allá por el pueblo de Tucumán, se comentaba que estaba trabajando de obrero en una obra que había comenzado hace unos 4 meses. La obra era de la empresa “Monzón”.Esos habían sido los datos de Néstor.
Sin más, con Chaparro decidimos ir al local de esa misma empresa para que nos averigüen donde se encontraba esa obra. La obra se encontraba en la calle La Rioja al
3.500. Al día siguiente decidimos ir, Chaparro me acompañaba a todos lados, era mi fiel amigo al cual todo le podía confiar.
Llegamos y nos encontramos con el jefe de obra. Le preguntamos sobre Gómez, y nos dijo que exactamente hace 4 meses había renunciado y se había ido a Puerto Madryn.
No lo dude un minuto, ese mismo día fui a la  Terminal y saqué un pasaje para esa misma noche. Chaparro prefirió quedarse e ir contándome las noticias que ocurrían en Buenos Aires. Así, es día viaje con la suerte de encontrarlo, de saber quien era y que quería de mi esposa.
Al fin, llegué. Puerto Madryn era una cuidad pequeña. Pintoresca. No sabía para donde buscar, parecía un loco, con mi valijita, solo, caminando por el medio de las calles sin rumbo, con una foto de Isidoro en la mano.
Ya habían pasado 5 horas desde que yo estaba caminando. Por lo que me senté en una plaza y comencé a observar a las personas que se encontraban. Lo primero que me atrajo fueron dos ancianos caminando de la mano, que hermosa que era la vida, pensar que yo hubiera podido estar así con mi Liliana. Cuanto mas me acordaba de ella más impotencia sentía.
Cuando algo muy curioso me llamo la atención, los barcos que zarpaban, nunca en mi vida los había visto, por lo que decidí ir a verlos. Me quede un buen rato observando a los marineros; cuando uno de ellos le grito a uno: “Dale Isidoro que sino el jefe se enoja”. Ese comentario me hizo abrir bien los ojos hacia el muchacho al que le estaban hablando. Lo miré, miré la foto y un aire parecido tenía. Ese era el momento, o lo llamaba o dejaba ir la oportunidad de encontrarlo. Sin más decidí gritarle: “eu vos, te hago una consulta”, apenas me vio salió corriendo. Mis reflejos en ese momento me ayudaron y motivaron a que yo salga corriendo también. Corrió, corrí, corrimos. No creí que podía correrlo mucho más, estaba cerca, lo que me motivaba a correr más rápido. Finalmente se metió en un callejón, donde no tuvo mas salida. Lo agarré y pregunte su apellido: con miedo me dijo Isidoro. “Apellido, pregunté”, dije; donde me contesto: “que te importa quien soy, que queres de mi”. En ese momento me saqué. Lo agarre de los brazos e hice presión, para que sufriera y me dijera la verdad, insistí una y otra vez, cuando una lagrima le estaba por caer dijo: “Isidoro Gómez, ya esta, déjame en paz”. En ese momento, sentí por un lado alivio, lo había encontrado pero por otro lado bronca, ganas de matarlo. Pero, no sabía si verdaderamente había sido él, el asesino.
Por lo que decidí llevármelo a la casa donde estaba parando. Una vez ahí, lo senté en una silla y lo até, de forma que no pudiera escapar. Así, le pregunte si conocía a Liliana, el respondió que no. Me dio bronca, porque no me dijo la verdad. Le pegué una trompada en la cara, si suena muy feo, pero créanme que por hacer justicia por la mujer a la que amas uno hace cualquier cosa. Seguí insistiendo con esa pregunta, cuando decidí sacar esa bendita carta y mostrársela en la cara, no me podía mentir. Cuando me dijo:
“si, la conozco ¿tu esposa, murió no? Jajajaja pobre de vos.”
Esa risa tan falsa que hizo, me volvió loco. Le pegue no una, 2 trompadas en la cara, Él sangraba y yo quería descubrir si la había matado.
Era obvio que si le preguntaba si era el asesino me iba a decir que no, por lo que tuve la idea de decirle:
“vos no mataste a mi esposa, si ni huevos tenes. Si los tuvieras darías la cara, pero sos un cagon al que no se lo puede llamar hombre. Sabes que te voy a dejar ir pero te voy a tener siempre como el cagon, mas cagon, de todos los cagones.”
Evidentemente se sacó, me escupió en la cara y me afirmo de haberla matado diciéndome:“¡sí la mate! ¡La maté! Tengo bien puestos los huevos no como vos. Ese día estaba hermosa, la pasamos muy bien juntos por ultima vez, ay dios, lastima que estabas trabajando y no pudiste venir, sino eras boleta también.”
Como a todo hombre que le dijeran eso sobre su mujer, hubiera echo lo que yo hice, cagarlo a trompadas.
Tenía el arma cargada, pero no quería hacerlo, quería que sufra. Así, lo cargué en mi auto y me lo llevé a 200 km. De Puerto Madryn. Donde paramos en una estancia que tenía un amigo antes de morir, supe que era el lugar perfecto. Entramos y lo primero que decidí hacer fue, atarlo a una silla, amordazarlo y dejarlo encerrado en el sótano.
Tenía varios cambios que hacer. Uno de ellos trasladar mis muebles desde Buenos Aires hasta acá, y quien mejor para ayudarme, que Chaparro. Le mande una carta contándole lo sucedió. Me juro que no iba a decir ninguna palabra a nadie y que los muebles me llegarían dentro de  1 semana. Además de decirme que en unas semanas viajaría a visitarme y a hablarme del tema.
Esa semana paso rápido, hasta que llegaron mis muebles. Acomodé la casa, la ordené, la limpié y la decoré, parecía un nueva.
Isidoro seguía bajo tierra, con 1 trozo de pan y 2 vasos de agua por día. No le hablaba.
No se merecía nada, ni mi interés por darle de comer.
Al los dos días llego mi amigo Chaparro. Quien no quiso ver a Isidoro. Charlamos por horas contándole todo lo sucedido. El me comentó que en Buenos Aires no se estaba investigando nada y que el caso lo estaban por cerrar devuelta. Me juro una y otra vez que esto iba a quedar acá entre los dos, y así le creí. Chaparro se quedo unos 3 días en casa, cuando se fue devuelta a Buenos Aires. Al fin solo, va, el y yo. El en la parte subterránea sufriendo y pagando lo que debía y yo tratando de componer mi vida normal, me levantaba a eso de las 7, ya no en punto; me hacia mis propias tostadas que me salían todas negras y quemadas, mi café con leche y el periódico al lado. 

Un casamiento extraño, Maxi


Finalmente llegue al casamiento de Liliana collotto y Ricardo Mórales, digo finalmente porque Sandoval se tardó todo el tiempo del mundo en pasarme a buscar. Discutí con el durante todo el viaje, y el solo reía. Si hay algo que puede rescatar de mi amigo Sandoval es su oculta inteligencia y su humor para sacarme una sonrisa hasta en los peores momentos.

Recuerdo que estuve toda la fiesta sentado en esas sillas de plásticos que te dan en general en cada evento, y que siempre hay que estar atento porque en cualquier momento se rompen. No me gustaba bailar, para entonces ya era un hombre grande y estaba hasta la frente de trabajo, no dejaba de pensar en trabajo, creo que eso fue lo que me llevo a investigar este caso, además era la primera vez que vivía en carne y hueso un crimen, me sentía como un protagonista mas, al igual que todas las personas de la fiesta.

Había llegado el memento de cortar la torta, esa enorme torta de 3 pisos y que con tan solo verla se te hacia agua la boca, Liliana había ido a buscar los platos para servir la torta, mientras tanto yo hablaba con el pelotudo de romano que me estaba “careteando” un caso que había resuelto, seguramente hizo lo que le convenía, lo mas fácil posible. Durante la conversación insoportable, se oyó un grito desde la cocina, segundos después el grito de morales, un grito que no llegó a todos. Hasta el día de hoy no me puedo olvidar del grito de ese pobre hombre, todo su mundo, sus planes, la vida que tenía pensada para su futuro, todo se había ido junto con ese grito, al ver el cuerpo de su mujer tirado en el piso, una gran marca de sangre que cada vez era mas grande y que cubría casi todo el piso de la cocina.

Uno de los invitados llamo a la policía, todos los demás estaban en la cocina y con el mas grande silencio mientras morales lloraba arrodillado, en medio del silencio se escucho al ebrio de Sandoval cantando el himno nacional, que tipo por dios, estaba solo en el patio sentado en una mesa y con su botella de ron. Fui corriendo a pegarle un cachetazo para callarlo. La policía llego de inmediato y no dejo salir a nadie hasta no terminar de revisar la lista de invitados. Haci fue como empezó el comisario Báez a nombrar uno por uno en voz alta, al igual que en la escuela cuando toman asistencia.

Faltaban solo dos en la lista, Julio López e Isidoro Gómez. Báez me encargo a mi para investigar las razones por la cual no estaban en la fiesta después del asesinato. López Directamente no había ido, tubo un problema familiar y por ello no pudo asistir al casamiento. Mientras tanto Gómez si había ido y, sin embargo, después del asesinato el ya no se encontraba en el salón. Entonces fui a la casa de la madre y me dijoq que desde esa noche no lo había visto mas, estaba muy preocupada por su hijo. El no era asi, Nunca llegaba demasiado tarde y era muy responsable.

Había pasado ya un mes de lo ocurrido en aquel casamiento, busque información por todos lados sobre Gómez y no obtuve nada, Ricardo Morales seguía destruido y estaba yendo a clases de psicología, Estaba apunto de rendirme cuando un viernes por la noche me sonó el celular, Era Sandoval, ya me imaginaba que me estaba por pedir, seguramente que lo fuera a buscar porque no podía caminar por el pedo que tenía. Pero esa noche me sorprendió, me dijo que a pesar de su estado esa noche, recordó que había oído a Gómez hablando con su madre y decirle que se iba a vivir a la capital y que dijera nada  a nadie, Con esta información que me había dado Sandoval fui nuevamente a la casa de la madre de Gómez, pero esta vez no iba a ser tan bueno con la señora.

Golpeé fuertemente la puerta y dije “Abra la puerta señora, ya sabemos que usted sabe dónde está su hijo”. Espere un rato y no respondió nadie, Tiré la puerta abajo y asomó la vieja tratando de huir por el patio trasero, Fui corriendo y me le tire encima, la esposé y me la lleve a la comisaría.

En el interrogatorio la madre de Gómez aceptó saber dónde estaba su hijo, nos dijo que se estaba escondiendo en una casa abandonada que pertenecía a su tío, a la vuelta del único supermecardo que había en el barrio san Pablo. Terminado el interrogatorio fui con una unidad policial a buscar a Gómez, esta vez ni siquiera golpeamos la puerta, la tiramos y fuimos directamente a atraparlo. Busqué por toda la casa y no había nadie, luego vi que había un pequeño galpón al fondo del patio, entre cuidadosamente y me encontré con Gómez colgado del techo co una soga en el cuello. Note que en la silla donde se paro antes de quitarse la vida, había una carta.

La Carta decía:

Toda mi vida amé a Liliana, sin embargo,  nunca lo noto, ella me había matado por dentro, ahora solo soy un hombre vacío de amor. El día del casamiento observé toda la noche a Liliana con ese vestido blanco que le quedaba hermoso.
No podía tolerar que el hombre que estaba a punto de casarse con ella no fuera yo. Mi furia crecía cada vez más y más. Seguramente se preguntarán por qué matá a Liliana y no a morales, simplemente porque el no tenía nada que ver con que Liliana no me amase.
Ahora nada más me queda encontrarme con Liliana en el paraíso o en el infierno, pero finalmente estaremos juntos.

Esa carta estaba escrita por una persona demente y como dice él, llena de vacío.
Creo que no hay nada mas para escribir sobre este caso. Por lo menos de mi parte ya no queda mas nada, Todos los sábados me junto con morales y Sandoval en el bar de la calle 9 de julio, y siempre hablamos sobre el tema.

UNA TRISTE HISTORIA ARGENTINA. Gabi


Aquella tarde de lunes, era como todos los lunes  y todos los días: aburridos, grises y deprimentes. Estábamos todos en el juzgado mirando el piso, es ahí cuando suena el teléfono y las miradas se encontraron preguntándose quién sería el que lo contestara, sin más remedio decidí contestar.
Liliana Emma Colotto era definitivamente linda, todavía no podía entender la causa de su asesinato, el cual se me había informado aquel deprimente lunes. El día en que visité (junto con un grupo de policías), para investigar el caso de Liliana, a aquella casa vieja convertida en varios departamentos de los que se ingresaba por un pasillo amplio que daba a una sala, pude ver una foto de una persona que marcó hechos importantes en mi vida: Agustín Morales.
Una de las cosas más doloras que pasé en mi vida fue ver la cara de Morales al notificarle (en la oficina en la que trabajaba de contador público), la muerte de su hermosa esposa, sentí que su vida se derrumbaba frente a mí. Creo que fue el amor que le tenía a su esposa el que me impulsó a ayudarlo lo más posible a este pobre tipo.
Habían pasado más de dos semanas de la muerte de  Liliana Emma Colotto. Me hallaba en un sucio y oscuro bar, esperando que callera en mi cabeza algún motivo para entender quién podría haber sido el responsable de la infelicidad de Morales.
 Ya descartada la hipótesis de que eran los jóvenes universitarios, que la mañana del crimen se encontraban durmiendo alcoholizados en la casa abandonada de al lado, ya no sabía que pensar. Yo siempre supe que no habían sido ellos ya que luego de varios testigos que hablaron se determino que el asesino fue un solo hombre (de baja estatura y morocho) que no vivía en el barrio.
Los jóvenes acusados recibieron muchos golpes por eso decidí tomar medidas por apremios ilegales, que había realizado Romano, un compañero mío del juzgado de instrucción n°41. Me preocupaba que dejaran de lado el caso de Liliana, debido a que cada día aparecían muchos más, el tiempo que quedaba era poco, así que decidí ponerme en marcha.
Quedé con Morales en encontrarnos en su casa para que pudiera aportarme algún dato sobre el crimen. La segunda vez que vi a este hombre alto, rubio de tez blanca me pareció verlo con una expresión de vacío. Decidí preguntarle si sospechaba de alguien, si tenía algún enemigo o algún indicio, pero sus respuestas cargadas de sinceridad decían que no o que no sabía. Luego de contarme sobre cómo se conoció con Liliana, historia que me pareció muy aburrida, reconocí una imagen sobre un escritorio que me llamo la atención, en ella se veía  un grupo de amigos en el cual se encontraba un chico bajo, de pelo oscuro, ojos oscuros y un particular lunar debajo del ojo, que no miraba a la cámara si no a  Liliana la cual se veía tan hermosa como siempre, le pedí que me mostrara más fotos de su esposa junto a ese hombre. Pude observar que este hombre sólo miraba a Liliana. Decidí preguntarle al viudo quién era el hombre de la imagen y rápidamente me dijo:  
    -Un amigo de Liliana no recuerdo el nombre, solo sé que su apellido era Gómez.
 Le pedí a Morales si podía obtener algún dato de ese hombre que por favor se contactara.
Ya era muy tarde, el tren me esperaba. Me despedí de Morales, y partí pensando en aquel misterioso hombre que por ver a la mujer que amaba con otro, hizo lo que hizo.
A los pocos minutos de irme de la casa de Morales, recibí un llamado de él con información reciente.
Fue un dato muy importante el que consiguió Morales, Gómez estaba en Buenos Aires. Le comenté a uno de mis pocos hombres de confianza, que era compañero mío de trabajo, Sandoval, la información que había obtenido, creo que a él  no le pareció información muy relevante, pero igual se comprometió a ayudarme para poder convencer al estúpido juez Fortuna de culpar a Gómez como un acusado.  
Sandoval consiguió convencer al juez Fortuna de que detuvieran a Gómez, pero ahora habría que saber donde se encontraba.
Pasó un año en el que no volví a ver a Morales. Hasta que recibí su llamado, diciéndome  que fuera urgente a su casa. Pude ver en su rostro el terror que tenía, le pregunte qué pasaba, y me dijo que estos últimos días al llegar del trabajo, hay un hombre parado en la esquina mirando hacia su casa, pero que esta noche no lo había visto. Inmediatamente pensé que era Morales, pero, ¿Qué querría ahora? ¿Querría matar a Morales? ¿Estaba buscando venganza por haberse casado con la mujer de su vida? Morales tenía razones para tener miedo.
Decidí por esa noche quedarme hasta más tarde acompañando a Morales en su casa, mientras tanto hablábamos sobre donde estaría este hombre decidí en ese instante decirle a Sandoval que viniera con nosotros, él era muy inteligente, seguro nos sería de mucha ayuda. De repente se escucharon fuertes ruidos en la parte delantera de la vieja casa de Morales. Es él pensé. Estaba en lo cierto. Pude ver por el amplio pasillo la cara del hombre sin que él me viera, rápidamente le dije a morales que apagara todas las luces y se escondiera, que del resto nos encargaríamos nosotros. Pasó un minuto, que para nosotros fue una eternidad, y escuchamos un fuerte ruido del forcejeo que ejercía Gómez a la puerta principal, hasta que por fin la abrió. Sus pasos eran firmes y decididos por el comedor, nosotros estábamos detrás de una biblioteca, no podíamos esperar más, había que actuar.
Sandoval saltó repentinamente sobre Gómez dándole un fuerte golpe en la espalda. Luego Gómez le pega fuertemente en la cara a Sandoval dejándolo en el piso, cuando vi que el asesino se abalanzaba sobre Sandoval decidí agarrarlo por detrás para evitar que lo golpeara de nuevo, pero él se adelanto a mi movimiento y me pego una patada en la nariz, en modo de defensa, le volví a pegar en el estómago y Sandoval, aun mareado por el fuerte golpe que había recibido, lo agarró fuertemente de la remera y le dijo: -Caíste, Isidoro Antonio Gómez.
Isidoro se mando al frente, gracias a la ayuda de Báez, un hombre muy honesto, dijo que una mujer hermosa como Liliana nunca se acordaría de un vecino de hace tanto tiempo de Tucumán, que este enano no sería capaz de matarla, también dijo que deberíamos buscar a alguien pintón, alto capaz de dejar huella en una mujer tan hermosa, es así que Gómez agresivamente dijo que Liliana se acordaba perfectamente de él, y que él la había matado.
Le aseguré a Morales, que la condena de Isidoro sería cadena perpetua, pero algo ocurrió.
Isidoro Gómez pasó un mes preso en Devoto, hasta que una fuerte pelea con unos de sus compañeros de celda que hizo que lo enviaran a un Penal.
Definitivamente, no lo podía creer. No sabía cómo iba a hacer para decirle a Morales que habían liberado a Gómez, pobre tipo. Sandoval me había comentado que lo habían liberado por ser un preso político, y el responsable de esto era Romano.
Los ojos de Morales, me miraron con ese vacío de la primera vez que lo vi, sentía que nada podía hacerle daño ya. Estaba tan sorprendido como yo cuando le conté la novedad. Tanto tiempo esperando para encontrarlo, y estuvo tan poco preso. Morales no quería matarlo, ¿Qué sentido tendría? ¿Cuánto dolor sentiría un hombre que le peguen un tiro en el pecho? No mucho.
Aquel chico rubio que me acompañaba término su cigarrillo, me agradeció por todo lo que hice en estos años por él, y me dijo que volvería a tener novedades de su persona.
El 28 de Julio de 1976 recibí un llamado de Sandoval invitándome al bar a los que solíamos ir las mayorías de las noches, allí mi amigo me contó que lo llamó hoy por la tarde su tía Dolores, diciéndole que ayer se lo llevaron a su primo José. Dolores cree que fueron civiles, pero no estaba segura,
- Me pregunto si sabía algo y le dije que no. Siento que la engañe- Dijo Sandoval con la vos entrecortada.
-Hiciste bien Pablo, ¿Qué podías hacer?-me atreví.
Con Sandoval solíamos hablar sobre el tema de la represión y la violencia política. Siempre nos llegaba el dato de que detenían a personas, sin embargo estos detenidos jamás subían a declarar a los juzgados ni a alcaldías.
Me despedí de Sandoval, ya era muy tarde.
Camino a la estación me tope con dos hombres muy altos que no paraban de decirme: “¿Dónde está Chaparrito eh? ¿Dónde lo tenés guardado, eh? No tenía ni idea de lo que me decían, en un momento, uno de los hombres entre risas burlonas me dijo: -Decime donde está Gómez, que la próxima sos boleta. Pasaron unos minutos en los que recibí varios golpes, y después me soltaron advirtiéndome de que si no hablaba me iba a ir mal.
Gómez había desaparecido. Se había esfumado.
Al día siguiente recibí una carta de Morales diciendo que sabía dónde estaba Gómez, y que haría pagar a este hombre todo lo que hizo, que no debía preocuparme. También me dijo que compró una propiedad en las afueras de Buenos Aires y quizás no lo pueda contactar, pero que  volvería a comunicarse algún día. Me agradeció por todo lo que hice en este tiempo, y que me cuidara mucho.
Le comente a Báez el incidente que había tenido ayer por la noche, e inmediatamente me hizo un contacto para que pudiese alojarme en la casa de un primo de él en Jujuy. A pesar de que no me gustaba la idea de irme a Jujuy, no me quedo otra opción.
Paso un año desde que me fui a vivir a Jujuy y no recibí ninguna noticia de Morales, pero estoy seguro de que está haciendo pagar a Isidoro todo lo que hizo. 

“Ojo por ojo, diente por diente.” Sabrina


Yo ya no estaba en la gran ciudad de Buenos Aires, me había ido, fugado a decir verdad. Tenía demasiado miedo de que algo me pasara, y la verdad que me sentía más seguro en el interior donde no suceden cosas tan macabras como el asesinato de Liliana Colotto. Ese asesinato... cada vez que lo re cuerdo se me pone la piel de gallina, me costó resolverlo pero quedé satisfecho cuando al fin le pude decir a Morales “Yo, Sandoval, pude resolver el caso tan solo con que me respondieras unas preguntas; Gómez, ese es el asesino”.
No fue un caso fácil, en todo el tribunal se hablaba de eso y nada más que eso. Fue muy astuto de parte de Gómez, nadie pensó que él la había matado.
No me acuerdo la fecha exacta pero sin embargo, no se por qué tengo muy en claro que era sábado. Estaba lloviendo y yo miraba el noticiero, cuando el cartero me tocó la puerta, en ese momento yo me sorprendí, casi nunca me llegaban cartas y menos con urgencia como aquella. La carta era concreta y sencilla. Estaba escrita en computadora con papel barato, color mate y fino. En ella estaban escritas seis oraciones.“1. Te necesito. 2. Llámame a mi número, lo agendé antes de despedirte en la terminal. 3. Esto es una urgencia. 4. No pude cumplir la promesa, el cigarrillo me está matando. 5. Me quiero ir con mi esposa, la extraño. 6. Nunca voy a terminar de agradecerte por todo lo que hiciste, te doy las gracias por décima vez.” La carta no tenía firma, ¿se suponía que yo tenía que saber quién era? Revisé contacto por contacto de mi celular, resulta que al releer la carta por tercera vez, pude identificar de la promesa que aquella persona hablaba en la oración cuatro, y ahí fue cuando tuve la certeza de que era Morales. En ese preciso momento bajé del departamento y me dirigí al kiosco más cercano del lugar, me cargué 50 pesos de crédito y lo llamé. Llamé cinco veces y nadie atendió. Al ratito me llega un mensaje, “deberías haber llamado hace un mes, ya no puedo hablar, como dije antes el cigarrillo me está matando” apenas leí ese mensaje tuve una cierta intuición que lo que Morales me quería comunicar era verdaderamente importante y que si se había comunicado justo conmigo era con respecto al asesinato, ya hace  largos años que no hablábamos. Le respondí su mensaje diciendo: “Recién hoy me llego tu carta, desearía que puedas hablar, le tendrías que haber hecho caso a tu esposa, ella te lo anticipé. ¿Por qué querías que te llame? ¿Pasó algo?” No pasaron 5 minutos que me respondió “Te necesito acá, necesito que me hagas el último favor antes de mi muerte.” Mi intuición me decía que Morales traía algo no muy bueno entre manos. No respondí el ultimo mensaje, fui directo al aeropuerto a sacar un pasaje para estar allí, con él, lo antes posible. Apenas llegué a Buenos Aires no supe hacia dónde ir, entonces le mande un mensaje preguntando por su dirección. Pasaron horas y Morales no contestaba. Entonces decidí pasar el tiempo y fui a ver cómo andaban todos mis ex-colegas en el tribunal y ahí fue donde me llegó una segunda carta; esta era más larga que la anterior y decía así: “Yo sabía que tarde o temprano volverías a visitar Tribunales, pasaste un largo período de tu vida aquí, por eso decidí mandar la segunda carta justo a este lugar. Me anticipé a mandar la carta con miedo a que mi muerte te haya ganado, vos siempre me decías hay que estar un paso adelante. No sé lo que sabrás hasta ahora, no se hasta donde te habré dado información, por eso, tal vez repita cosas que vos ya sepas. Te pedí que me visites y supongo que si sigues tan alcohólico como antes no debes recordar mi dirección –La prida 77- no queda lejos del tribunal, pero por favor te pido que lleves el auto, tal vez lo necesites. Es el ultimo favor que te voy a pedir, mi muerte se acerca y hay algo que quiero que sepas... por favor ven a mi casa, aquí te lo mostraré”. Mi mente quedó pensando… ¿Qué me tiene que mostrar?
Al día siguiente fui a visitarlo. Toqué timbre varias veces pero nadie respondió, entonces me tomé el atrevimiento de pasar sin que nadie me lo permita. Apenas traspasé la puerta me encontré en el living de la casa, un ambiente muy amplio. Allí había una gran cantidad de sillas ubicadas en hilera que se dirigían hacia la cocina, donde estaba Morales tirado en una de ellas con una pistola en la mano y sangre en el estómago, no podía creer lo que ví. Me alejé del cuerpo y seguí recorriendo toda la casa hasta que finalmente llegue al “cuarto de fotos”. Así lo llamaba Morales, era donde se pasaba la mayor parte de su tiempo viendo fotos de su hermosa esposa. Había una luz que dirigía hacia un video. Lo metí en la disquera y puse play. En el video aparecía Morales. Estaba muy cambiado, se había dejado crecer la barba y era pelado, estaba muy destrozado, se ve que el cigarrillo verdaderamente lo estaba consumiendo. Casi irreconocible. En el video me dijo que visite el altillo que me tenía una “sorpresa” de la cual se quería deshacer hace mucho tiempo pero no tuvo las agallas. Me pidió por favor que deje las cosas como estaban si no lo iba a hacer desaparecer. Yo ya no sabía qué imaginarme, podría ser cualquier cosa. El video finalizo con Morales diciendo ojo por ojo, diente por diente.
Dudé en dirigirme hacia el altillo, no quería líos pero finalmente la curiosidad me ganó.
Cuando abrí la puerta no podía creer lo que veía, no entendía cómo Morales pudo ocultar esto. Recién en ese momento se me vino a la mente todo lo que el pobre viudo sufrió con la muerte de Liliana. En el altillo estaba Gómez atado a una columna que irrumpía el paso. Al lado de Gómez había una pastilla con una carta que decía; “se traga esto y él ya no existe más. Hacelo por mi.” No podía hacerlo, la culpa me iba a matar con el tiempo si lo hacía. Así que decidí alejarme de a poco, pero una voz me detuvo. Gómez me estaba pidiendo que le diera la pastilla, tarde o temprano moriría. Yo tomé aire y dije: “Esta bien.” Se la metí en la boca y el solo la trago, al instante ya no tenía pulso. Llamé a la policía haciéndome el sorprendido de todo lo que había visto. Sabía que no investigarían quien habría sido el culpable. En ese momento Gómez no tenía nadie que se preocupara por él, y la policía, sin presión, no funciona. Así es la justicia, al fin y al cabo el que verdaderamente quiere justicia, lo debe hacer por mano propia.
No entiendo de donde saqué las agallas para darle la pastilla a Gómez, pero pienso que hice feliz a mi amigo quien me confió uno de los más grandes secretos. Nunca voy a olvidar ese día. Es una mancha en mi vida; no sé si hice bien o mal, solo me dejé guiar en ese momento. Pero por sobre todo me sorprendió cómo la policía no hace nada si no se lo pone en aprietos. Pero bueno, no se puede culpar a nadie, todos somos responsables.

Una carta para mi tan querido hijo. Giuli


Hoy 2 de Enero de 1980 he decidido dejarte escrita esta historia hijo, no sé cuánto tiempo más me quede de vida y hoy he soñado con un gran amigo y compañero, Benjamín Chaparro, recordé un caso en el que trabajamos juntos y como vos querés trabajar de lo mismo que yo, me pareció que estaría bueno que conozcas este ámbito.
El 30 de Mayo de 1968 me llamaron a mi oficina por un caso de homicidio. Acudí inmediatamente a la escena, era una casa vieja y grande que estaba dividida en departamentos, en uno de ellos vivía un matrimonio joven, ella se llamaba Liliana Colotto y tenía aproximadamente 23 años de edad, él trabajaba en una sucursal de banco, se llamaba Ricardo Agustín Morales y yo creo que jamás hubiera imaginado que aquella mañana iba a ser la última vez que viera a su esposa. A mí, recuerdo que me tocó tomarle la declaración a la vecina del departamento  3, quien era muy chusma, nos había dicho que Ricardo era alto y rubio y que él había salido a las 7:10, 7:14 y ella había escuchado gritos más tarde, además de que había visto salir del departamento a un hombre petiso.
Estaba en la habitación cuando Benjamín llegó, le estreché la mano, abrí mi libreta de anotaciones y le leí la declaración de la vecina. Recuerdo que en ese momento estaba muy enojado porque el tipo de las pericias no había llegado y hacía 3 horas que lo estábamos esperando. Cuando el médico llegó Chaparro y yo nos dirigimos hacia la sucursal del banco para informarle lo sucedido al esposo. Ahora me estoy acordando de que fui yo quien le tuvo que contar y realizar el interrogatorio al pobre hombre.
Un par de días más tarde me llamó Chaparro para contarme lo que había sucedido: Romano, había encarcelado a los 2 albañiles que estaban trabajando en el departamento 8, me pareció extraño ya que algunos vecinos me habían dicho que ese día los albañiles no habían ido a trabajar. Recuerdo que Benjamín, muy enojado, me dijo que los habían golpeado brutamente, pero que ya estaba todo bien y ya los habían largado. Días más tardes me contó que lo había echado del juzgado a Romano.
Un mes más tarde Chaparro vino a verme a homicidios, y me contó que había hablado con Ricardo y le había mostrado un par de fotos de cuando Liliana estaba en la secundaria. En una de las fotos se podía ver a Liliana bailando y un hombre de estatura muy baja mirándola, parecía que se la estaba comiendo con la mirada. Recuerdo que al ver la foto le pedí a mi compañero Leguizamón que buscara inmediatamente a ese hombre llamado Isidoro Gómez porque si él era el asesino probablemente ya había desaparecido. Le expliqué a Benjamín mi hipótesis sobre lo ocurrido y antes de las 7 de la tarde lo llamé y le di las noticias que me había dado Leguizamón, estas eran que Isidoro había desaparecido hacía 3 días, y le había dicho a su jefe que se volvía a Jujuy porque su madre estaba muy enferma, la otra noticia fue que Isidoro nunca llegaba tarde a trabajar y este año había llegado tarde solamente un día, el día del asesinato de Liliana, que había llegado 2 horas y media más tarde.
Luego de unos años, Isidoro Gómez estaba viajando en tren sin boleto, cuando el policía se lo pidió, Isidoro le dijo que seguramente se le había caído en la calle, el policía lo subestimó e Isidoro le pegó una piña, los policías lo mandaron a investigar y fue así como lo encontramos. Vos eras muy chico y nosotros nos habíamos ido de vacaciones a España a ver a tu tía Regencia. Como nosotros no nos encontrábamos en el país, Chaparro tuvo que interrogar a Isidoro. Sandoval, su gran amigo y compañero, lo había ayudado y habían logrado que Isidoro contestara, 70 minutos había estado declarando, me contó Chaparro cuando volvimos del viaje, también me contó que Isidoro no paraba de mirar a Sandoval.
Unos años después me encontré a charlar con Chaparro, las cosas iban muy mal; Isidoro estando en la cárcel se había mandado una de las suyas: se metió en una riña que casi lo deja frío. Al parecer, se había hecho el malo con los dos tipos más buenos del pabellón y lo cagaron a goles, pero dentro del penal habían armado como un centro de inteligencia y quien estaba a cargo de ese asunto se hacía llamar Peralta, él fue quien en las listas de amnistía colocó a Gómez. Isidoro había entrado en la cárcel poco menos que rugiéndole a los leones según lo que nosotros pensamos esa había sido la razón por la que lo habrían colocado allí.
El 29 de Julio, Benjamín me llamó muy asustado y me pidió por favor que nos juntáramos en una plaza cuyo nombre no logro recordar, recuerdo que estaba en la calle Pueyrredón. Cuando nos encontramos me dijo que la noche anterior él estaba en un bar con Sandoval y alguien había entrado a su casa y le había roto todo, pero que al ir al baño se dio cuenta de que en el espejo había una nota que decía: “Vamos a reventarte, esta vez te salvaste de casualidad”. Luego de pensar unos minutos, le ofrecí mi ayuda ya que él no podía volver a su casa por que desaparecería. Le preste un poco de plata y le alquilé una habitación en la pensión “Lasiumf”, las habitaciones eran muy simples, un baño, una cama, un comedor, balcón con vista a la placita del barrio y, además, tenían limpieza todos los días. Alquilé la pensión con el nombre de Abel Rodríguez por las dudas de que alguien lo haya visto entrar o salir. Una semana más tarde, le dejé un recado con el secretario de la pensión para que nos encontráramos en un pobre bar para contarle lo que había logrado averiguar: Romano estaba comandando un grupo de secuestradores, uno de sus matones preferidos se llamaba Isidoro Gómez y lo estaban buscando a Chaparro para matarlo, por eso me atreví a ir a la terminal de ómnibus y sacarle un pasaje para San Salvador de Jujuy, que saldría ese mismo día a la medianoche. Chaparro quedó sorprendido hasta que le expliqué que Romano lo estaba buscando porque hacía unos días Isidoro había desaparecido y creía que era él quien lo había secuestrado. Cuando se tranquilizó un poco fuimos hasta la estación y nos sentamos en un banco. Charlando llegamos a la conclusión de que Morales había sido quién secuestró a Isidoro, pero por lo que él había hablado con Benjamín supusimos que no lo mataría.
Le di la dirección del tío Aguirregaray, en olivos, él tenía contactos allí y me dijo que le iba a conseguir el mismo puesto que tenía aquí en Buenos Aires. Apenas despedí a Chaparro lo llamé al tío y le dije que mi amigo estaría llegando en unos días.
Es el día de hoy que no sé nada acerca de Benjamín Chaparro, sólo sé que está viviendo en Jujuy y por lo que me contó el tío, se casó con una muchacha. Hijo, espero que esto te sirva para que sepas que algunas personas pueden tomar las cosas para mal. Además espero que el día de mañana esta carta te sirva para aprender a suponer algunas cosas.
Te amo, tu papá
Alfredo Báez.

La pregunta de sus ojos: Un cuento policial, Maite.


Miré la hora, habían transcurrido diez minutos desde la llamada de Chaparro, “Lo tenemos, está en la comisaría, lo vamos a interrogar, cuando termine voy para allá” había dicho. ¿Cuánto duraría un interrogatorio? ¿Una hora? ¿Dos?, me pregunté.
Chaparro me había citado en la Plaza Once, un martes 1 de Mayo de 1972, para darme las novedades del caso. Eso a mí me volvía loco, porque las novedades podían ser tanto buenas como malas, era cierto que lo habían detenido, pero no sabía con certeza si iba a confesar su crimen, ni siquiera sabía si él era el culpable del asesinato de mi esposa.
Pensé en ella, en Liliana, en el día en que la conocí y en el último día en que la ví, esa mañana mientras desayunábamos juntos, lo recordaba con detalles, había repasado esa escena cientas de veces en mi cabeza durante los últimos tres años.
Pero también recordaba el momento en el que vi llegar a los oficiales a mi oficina en el banco “Tenemos que hablar con usted, hay algo que tenemos que comunicarle” habían dicho, se veían nerviosos, incómodos “Su esposa Liliana fue encontrada asesinada hoy”. Pero prefería no pensar en ese momento, había sido demasiado triste, el momento en que toda mi vida se había derrumbado. Recordaba específicamente las palabras de uno de los hombres “Soy Benjamín Chaparro, prosecretario del Juzgado de Instrucción, mucho gusto, lo voy a ayudar en todo lo que pueda, cuente conmigo para eso” había dicho. Y era a ese mismo hombre a quien estaba esperando ahora, ese hombre quien, efectivamente, me había ayudado muchísimo durante los años posteriores al asesinato de Liliana.
Recordaba la primera vez que me había citado en el bar de la calle Tucumán al 1400, me habían llamado a su casa para decirle que tenían novedades sobre el caso. Luego Chaparro me diría que no era así, que en realidad Sicora y Romano, según él unos pelotudos con los que desafortunadamente tenía que trabajar, habían acusado a dos albañiles y los habían molido a palos, para después enterarse que los pobre hombres no habían ido a trabajar ese día, pero que me quedara tranquilo porque ya había hecho la denuncia.
La siguiente vez que vi a Chaparro fue los primeros días de Diciembre, en el mismo bar, cuando le comuniqué que iba a deshacerme de las fotos de Liliana, y que quería compartirlas con él porque me parecía que sería una buena forma de despedirme de ella. En ese momento no sabía cuánto cambiaría mi vida ese día.
Comenzamos viendo las fotos de Liliana cuando era chica, luego las del cumpleaños de 15, y así seguimos hasta las del casamiento, pasando por cuando Liliana se recibió, en el río con amigos, en un pic-nic y las de cuando éramos novios.
De repente ví que Chaparro se había puesto serio “¿Conoce a este pibe?” me preguntó señalando una de las fotos del cumpleaños de 15, “Sí, Isidoro Gómez, era amigo de Liliana”, le contesté. “Esta mirada…Morales, me parece que este puede ser nuestro hombre…” me había contestado sin dejar de observar a Gómez en la fotografía, “¿Sí? ¿Le parece? ¿Por qué lo dice?” pregunté, “No sé, esa mirada…me dice algo, no se… ¿usted puede averiguar dónde se encuentra Isidoro Gómez ahora?. Le contesté que  le podía preguntar a mi suegro, que si él no sabía alguien del pueblo seguro que sí, me dijo que sí, que hiciera eso y que lo llamara.
Y eso hice, Delfor Coltotto me llamó al día siguiente, había hablado con la madre de Isidoro y le había dicho que éste se encontraba en Buenos Aires.
Llamé a Chaparro para comunicarle esto y me dijo que lo esperara un par de días, que iba a consultarlo con un tal Báez, que trabajaba con él.
Diez días después, Chaparro me volvió a llamar, el día anterior había hablado con Báez y habían acordado en detener a Gómez para hacerle algunas preguntas, pero que los habían llamado para comunicarles que, como se esperaba, Gómez se había ido de la pensión donde se alojaba hacía tres días, sin dejar ningún dato. Le había dicho a su capataz que se volvía a Tucumán, cosa improbable, pero que estaban seguros de que Gómez podría haber matado a Liliana: había llegado tarde por primera vez al trabajo el día del hecho.
Fue ahí cuando me dije que si la justicia no lograba encontrar a Gómez, yo lo haría. Me decidí a buscar todos los días en las distintas terminales de la ciudad, cambiando todos los meses hasta que lo encontrara, y confiaba en poder reconocerlo en caso de verlo.
Unos días después recibí un llamado de Chaparro diciéndome que  la investigación seguía, que no iba a darse por vencido y que había conseguido una orden de averiguación de paradero de Isidoro Gómez.
Luego de eso, no volví a oír de Chaparro hasta que tres años después recibí ese llamado diciendo que lo habían encontrado y que lo estaban por interrogar.
Volví a mirar la hora, había transcurrido hora y media, “¿Cuanto más se irá a tardar?” me pregunté.
-Morales-escuché.
-Chaparro, ¿cómo anda tanto tiempo?-contesté nervioso- ¿hay novedades esta vez?
-Sí, déjeme que le cuente todo. A Gómez lo agarraron de una forma muy estúpida, se peleó con un policía en la estación de subtes por querer viajar sin boleto, la policía lo detuvo, se enteraron que tenía una orden de arresto por homicidio y nos lo mandaron a nosotros. Bueno, le cuento lo importante, el interrogatorio. Al principio Gómez negó tener cualquier relación con el caso, por lo que le pregunté directamente si había matado a Liliana y lo volvió a negar, a esa altura yo ya había perdido la esperanza, si Gómez no confesaba lo íbamos a tener que soltar ya que no teníamos ninguna prueba sólida contra él.
Y entonces entró mi compañero Pablo Sandoval, y a él es a quien le debe el éxito de esto. Comenzó a decir que él no podía haber sido porque no era lo suficientemente fuerte ni lo suficientemente hombre como para haber violado y matado a  una mujer así. Y ahí es cuando Gómez saltó, al parecer no aguantó que lo subestimaran así, y confesó todo, tal como nos lo habíamos imaginado. ¡Ah! El juez ya firmó la prisión preventiva por homicidio calificado.
-¿Y ahora?- pregunté.
-En un año o dos le darían prisión perpetua definitivamente, pero no se preocupe, tenemos su declaración, no se nos puede escapar- acabó Chaparro con una sonrisa.
Me quedé en silencio ¿Así de fácil había sido?, ¿En verdad había terminado?, ¿Podía ser posible que en un par de años el asesino de mi esposa estuviera cumpliendo su sentencia?. Me sentía confundido, por un lado estaba feliz de que al hijo de puta ese lo fueran a meter a la cárcel, pero por otro lado me sentía…vacío, como si mi vida ya no tuviera sentido…¿Qué me quedaba ahora? Nada.
-Gracias-fue todo lo que dije- y agradézcale también a su amigo Sandoval, gracias a los dos por toda su ayuda-dije casi sin pensar.
Alcé apenas la mano y me perdí en el gentío.

Un asesinato, por venganza, Gustavo


Voy a contar una historia sucedida en 1968, la cual a pesar de mi experiencia en temas delictivos me causó una profunda sensación de impotencia y amargura ya que la vida de una hermosa pareja recién casada se vio destruida por un asesinato. Soy Benjamín Chaparro trabajaba como prosecretario del Palacio de Justicia, si bien ya estoy jubilado este caso acude a mi mente cada tanto.
Un día de Mayo de 1968 asesinaron en un departamento de la calle Olazábal del barrio de Belgrano a Liliana Colotto. Ella se había casado con Ricardo Agustín Morales, empleado del Banco Nación, sucursal Belgrano. 
El caso me correspondía a mí, llegue al departamento junto con Báez que era inspector de Policía. Al entrar encontramos el cuerpo de Liliana con seis tiros en el pecho. Me sorprendió la cantidad de disparos y esto me llevó a pensar que no era un asesinato cuyo objetivo hubiese sido el robo, ya que además no había desorden dentro de la vivienda.
Era una época dura en Argentina donde el terrorismo interno y le gobierno militar cometían toda clase de atropellos sobre la sociedad civil. Al no encontrar ninguna pista consulte con Romano, que tenia en su juzgado las causas mas importantes y también  fama de resolverlas en forma rápida. Pasaron los días y en uno, este me llamó y me dijo que me quedara tranquilo que el tema estaba resuelto, le pregunte como lo sabia y me dijo que unos pintores que trabajaban el en departamento de al lado habían ingresado a la casa de Liliana con el objetivo de violarla, y que los seis disparos en su cadáver había sido una manera que eligieron para despistar las investigaciones. Me pareció demasiado simple y seguí investigando otras posibles causas.
En el mismo edificio un piso abajo del departamento de Liliana vivía un joven que había enviudado tempranamente, esto lo descubrí luego de unas investigaciones no se porque pero me llamó la atención, decidí ir a hacerle unas preguntas a esta persona. Llegue a su departamento junto a Sandoval que además de trabajar conmigo era mi amigo. Tenia un defecto muy evidente y era que le justaba mucho el alcohol, pero se movía en el mundo de los bajos fondos de la ciudad, prostíbulos, etc, con natural maestría y muchas causas las habíamos podido esclarecer gracias a sus informes e informantes. Así  es como llegamos al departamento de un tal Isidoro Gómez, tocamos el timbre era aproximadamente las siete de la tarde y nos abrió. Le hicimos algunas preguntas sobre el tema la cual respondió, no me pareció que tendría que profundizar más y estaba casi dispuesto a aceptar lo que me había dicho Romano.

Al otro día Sandoval me comentó sino había detectado en Gómez algo raro, cuando le formulaba las preguntas, trate de hacer memoria pero no encontré nada que me permitiera dudar, Sandoval me dijo dame unos días voy a averiguar en el ambiente el estilo de vida de este tipo.
Mientras tanto fui a hacerle unas preguntas al marido de Liliana, note que a partir de ese momento su vida iba a cambiar para siempre ya que el dolor que este sentía era muy fuerte y desgarrador, más teniendo en cuenta que el siempre  creyó que su esposa era mucho mas de lo que  merecía, continuamente me repetía “porque a ella… porque a ella”. De todas formas logró contarme la historia de su vida y de su esposa.
Me encontraba en un dilema ya que no había nada que me llevara a esclarecer el caso, y no me cerraba del todo la rápida investigación de Romano.
Luego de varias semanas sin mayores novedades Sandoval pidió hablar conmigo, nos encontramos en un restauran, lo invite a cenar y ahí me empezó a contar lo que había descubierto sobre Gómez el vecino de Liliana. Este era un tipo la cual su joven mujer había muerto estando embarazada de un cáncer que se le declaro rápidamente, hace mas o menos un año, y murió enseguida, fue fulminante. Conocidos de Gómez  le  relataron que desde ese momento  vivía atormentado de rabia, resentimiento, dolor, por lo sucedido a su joven esposa y le echaba la culpa de todo a la vida, a Dios, etc. Sandoval me dice “no te parece que un tipo así resentido de todo se enloquezca  viendo una pareja recién casada y feliz y quiera resolver su tema descargando su bronca”. Al principio me pareció demasiado cruel el argumento, pero todo podía ser, además Isidoro luego que yo lo entreviste se fue de su departamento y no había forma de ubicarlo.
Ahí reforme  mas la posibilidad que podía ser cierto que este tipo hubiese matado a Liliana.
Decidimos con Sandoval hacer guardia en el departamento hasta que este regrese, si bien no podía asegurar  algo me decía que iba a aparecer.
A las doce de la noche unos días después de la guardia, lo vi entrar a Gómez al edificio, instintivamente baje del auto, este al verme comenzó a correr, empecé a seguirlo le pedí ayuda a un policía que estaba haciendo su rutina y lo pudimos alcanzar, llamamos a un patrullero y lo llevamos a la comisaría, también llame a Sandoval para que me acompañe.
El tipo estaba sentado en una silla mientras nosotros le hacíamos preguntas las cuales no respondía solo nos decía que quería un abogado, en un momento Sandoval le dice que le había pasado a su mujer, Gómez quedo blanco y se lo notaba que se había puesto muy nervioso. Me di cuenta que por ahí venia el tema y decidí profundizar las preguntas mas allá que sabia que si el tipo me seguía diciendo que quería un abogado debía aceptarlo, para que no se pase el tiempo, me jugué y le dije “sabes que hay algunos tipos que son tan miserables que si ellos no pueden ser feliz no quiere que nadie lo sea”.
Por la mirada que Gómez me dirigió entendí que estaba casi al borde de la verdad pero ya no tenía mas preguntas para hacerle, solo le sostuve la mirada unos segundos que me parecieron eternos hasta que al fin me dijo, “usted sabe lo que es vivir sabiendo que una mujer joven llena de vida y embarazada de nuestro primer hijo muera en menos de un mes consumida por un cáncer”, le dije “debe ser horrible pero eso no da derecho a quitarle la vida a otro”, en ese momento se hizo  un silencio y los dos nos dimos cuenta que todo había sido aclarado, entonces mirándolo fijamente pero sin dureza le dije “por favor cuénteme lo que sucedió”, este se puso a relatar como había conocido a su esposa, como habían planificado tener al hijo y que todo se derrumbó al momento de su muerte. Lo último que me dijo fue “cuando vi a Liliana saludar con amor a su esposo, al irse a trabajar me lleno de bronca y de rabia pensando lo que me había pasado a mí,  apenas Ricardo se fue agarre un revolver y golpee la puerta de ella, esta me abrió supongo que pensando que Ricardo se habría olvidado algo, me metí adentro del departamento y le disparé todas las balas que tenía en el cargador”. Yo lo miraba y no podía creer  ya que por un lado todo se había aclarado de la manera mas  inusual y al mismo tiempo era duro  ver tanta brutalidad y lo que es capaz de llegar una persona.
El caso estaba resuelto, al día siguiente fui a ver a Romano le conté lo sucedido y no lo podía creer además lo deje expuesto ante sus superiores del  error que había cometido por querer  resolverlo  rápido sin profundizar demasiado, cuantos habrá resuelto así.
Este episodio además me enseño a que todo en la vida es relativo y que no se pueden sacar conclusiones apresuradas más en este tipo de casos.
A Gómez le dieron perpetua, los albañiles fueron liberados, Ricardo siguió trabajando en el Banco, pero toda su vida fue un calvario ya que no pudo superar la ausencia de su esposa, murió hace poco de cáncer, creo que la vida en este caso le hizo un favor.

Los cuerpos hablan, Manuel.


Me encontraba en Tigre, un Sábado frío en Junio de 1980. Me dirigía hacia un bar donde pensaba emborracharme para ahogar mis penas cuando, recibí un llamado de un tal Morales. Ah, por cierto mi nombre es Benjamín Chaparro y me encargo de resolver crímenes de cualquier tipo; vivo en Capital Federal y en lo posible realizo mi trabajo por la zona.
El motivo del llamado era que había sucedido un asesinato en Capital, finalizada la llamada emprendí viaje hacia el lugar del hecho. El tráfico era pesado y largo, esto me dio tiempo para pensar en cosas personales; una de ellas era mi ex-esposa Irene, la muy maldita se casó conmigo para ganar el juicio en el divorcio y, obviamente, llevarse toda la guita. Lo único que me dejo fue el auto. De repente mi pensamiento fue interrumpido por un choque entre una moto y una camioneta; los conductores comenzaron a pelear en medio de la avenida pero la policía los redujo rápidamente y se los llevo, vaya uno a saber a dónde y si volvieron…
Llegué en 40 minutos a destino. Entré a la escena del crimen, era un departamento pequeño, tenía living, cocina, un baño y un cuarto. El asesinato se produjo en el living a las 8 a.m. Una hora después de que el esposo saliera a trabajar, el lugar del crimen se encontraba hecho un quilombo, había sangre en puertas, ventanas y techo; también estaba tirada la mesa, una escalera, cubiertos, platos y muchísimas cosas más. Alrededor del cadáver se encontraban 4 o 5 policías, logré observar que uno de ellos le pisaba el dedo meñique de la mano izquierda (por torpeza, obviamente), apenas vi eso dije: Ese debe ser  Baez. Y efectivamente, era él. Me acerqué y pregunté quién se encontraba a cargo, ¿quién podría ser? El Boludo de Baez. Le pregunté:
-          ¿Revisaron el lugar?
-          Sí capo, lo revisamos de arriba abajo.
-          ¿No tocaron el cuerpo no?
-          No, me dijeron que se lo dejásemos a usted, –sabía que estaba mintiendo porque vi pisar el dedo de la víctima, pero bueno la dejé pasar- ¿está bien?
-          Sí todo impecable, si se corren así puedo revisar el cuerpo estaría bárbaro
Se corrieron con movimientos lentos y largos como para no molestarme.                      Comencé a revisar el cadáver de Liliana Colotto, vi que era una morocha con ojos marrones pardos de aproximadamente 1,70 m. También note que tenía un cuerpo de película, era simplemente, hermosa y tenía una particularidad; había muerto mirando para arriba y eso me llamó la atención.
En un rincón del cuarto se encontraba el esposo, el del llamado, Morales. Era un hombre relativamente pequeño, pelo color castaño claro y nariz aguileña. Entre sollozos me dijo:
-          Por favor, encontrá al asesino así paga por lo que hizo, solo quiero justicia.
-          Quedate tranquilo, voy a hacer todo lo posible por encontrarlo.

En el momento saqué fotos del lugar para analizar bien los movimientos que podría haber realizado el asesino. Esa noche (al igual que las semanas siguientes) observé las fotos durante horas, pero no pude conseguir ninguna respuesta. Un día miércoles recibí un llamado de Romano, el Oficial de la Policía Federal que me dijo:
-          El asesino fue Pablo Sandoval, ¿viste ese al que le tenés mucha confianza? Bueno ese el viernes chupo toda la noche, el sábado a la mañana no sabía lo que hacía y la cocinó; te recomendaría que lo investigues.
-          Dudo mucho que se trate de él, pero nunca se descarta ningún sospechoso.
Me dirigí hacia los bares que Pablo frecuentaba, pasé por tres y todos estaban cerrados, el cuarto también estaba cerrado pero Sandoval se encontraba afuera esperando a que abra. Me bajé del auto y le dije empujándolo contra la pared:
-          Me dijeron que vos fuiste el que asesinó a Liliana Colotto, ¿puede ser?
-          Benjamín, vos me conoces lo suficiente como para saber que nunca haría eso. Sabes bien que casi siempre me agarro pedos melancólicos, muy pocas veces violentos y cuando así son me agarro con hombres de mi tamaño, no con alguien que no puede defenderse.
-          Ah… ¿Y tenés alguna información que puedas darme?
-          Mira, según los testimonios de los vecinos se escuchaban gritos que decían: “¡Isidoro!”.
-          ¡Uh! Buenísimo me viene de 10 – mientras me alejaba hacia un teléfono público - ¡Gracias Pablito!
Llegué al teléfono y llamé a Morales, rápidamente le dije:
-          Necesito que me busques a todos los Isidoros que pueda haber conocido.
-          Llamo al padre de Lili y te aviso, en 30 te tengo la data.
Mientras esperaba el llamado de Morales, seguí observando las fotos. No sé qué, pero algo había en esas imágenes que tenía que descifrar. Al rato recibí la llamada esperada.
-          Según el padre el único Isidoro que conocía es Isidoro Gómez, un amigo de la infancia de Liliana. Por lo que me contó, Isidoro siempre anduvo atrás de Lili pero ella lo rechazó cuando confesó su amor.
-          Ajá, entonces no se descarta el crimen pasional.-supuse- Pero todavía tengo dudas sobre Romano.
Fui hacia la comisaría en la que se encontraba Romano, esperé dos horas para que nos quedemos a solas; cuando lo hicimos tuvimos una breve charla.
-          ¿Por qué mentiste sobre Sandoval? -pregunté casi empujándolo-
-          Pensé que eras más estúpido, pero bueno. Ya no tengo razón para vivir, mi familia me abandonó, mis padres murieron, amigos no tengo y me descubren la complicidad con el asesinato-se acerca el arma a la sien- ¡Fallé Isidoro, Perdón!-al instante gatilló el arma-.
Corrí hasta un teléfono público y avisé a Morales lo sucedido, después de eso fui a la escena del crimen y escuché detenidamente en silencio, los ruidos venían de arriba. Golpeé el techo hasta romperlo, de ahí salió Isidoro Gómez; tuvimos una pelea en la que él me tiró al piso pero cuando quiso salir corriendo en la puerta lo esperaba Morales que le embocó tal trompada que quedó tumbado en el piso. Luego de esa acción casi heroica le dije:
-          ¿Y ahora, que pensás hacer con él?
-          Yo me encargo, ¿vos no sabes nada de esto no?
-          No, quedate tranquilo.
Al otro día me pidieron declaraciones de todos lados, de si había encontrado al asesino, que había hecho. Pero yo con mi firme postura “no sabía nada”. Al final entendí por qué el cadáver miraba hacia arriba y comprobé que realmente los cuerpos hablan.