Ya hacía 5 o
6 meses desde que Jason había recibido a sus últimas víctimas en el campamento
de Crystal Lake. Con el frío helado del invierno ni siquiera aquellos atrevidos
adolescentes iban a acampar. Pero la primavera y el calor ya habían llegado y
con estas los campistas. Él estaba muy ansioso por ver a sus nuevos amiguillos.
Mark, Maxi,
Susan y Roberta acaban de llegar. Mark y Maxi se pusieron a armar las dos
carpas e instalar la música, mientras Susan y Roberta bajaban la ropa y la
bebida. Jason, escondido detrás de unos árboles, planeaba su ataque de aquella
noche. “Todo será muy sencillo, ya lo tengo todo fríamente calculado” se dijo.
Eran casi las
2 de la mañana y los chicos ya estaban completamente ebrios. Mark y Susan
fueron a dar un paseo por el bosque; fue entonces cuando Jason se les apareció
con sus dos armas favoritas, el machete y el hacha. Ambos cayeron al suelo de
risa, obviamente no entendiendo nada de la situación en la que estaban. Furioso
Jason dejó caer su hacha sobre la cabeza de Susan, pero ésta rodó como un fideo
enjabonado por el piso una milésima de segundo antes y el hacha se quedó
atascada en un tronco. Cuando intentó sacar su machete, se dio cuenta de que
Mark lo había tomado sin que se diera cuenta y éste ya no recordaba dónde lo
había dejado. Intentó entonces con una guadaña, pero para cuando quiso
rebanarles la cabeza ambos estaban muchos metros adelante brincando como
conejitos. Corrió tras ellos y antes de dar cuatro pasos se resbaló con lodo y
¡Plaf! Su cabeza estaba sumergida en tierra y agua. Realmente no podía creer lo
que le estaba sucediendo.
Llegó al
lugar donde se encontraban Maxi y Roberta, a los otros dos ya los había perdido
de vista. Se deslizó silenciosamente detrás de Roberta y con un cautivante -“Hola”
– esta se dio vuelta y le dio en la cara con un bate de beisbol. –“¿¡Le di a la
piñata!?” gritó Roberta, quien al quitarse las vendas vio que no era lo que
esperaba. – “No sabía que teníamos un nuevo compañero” le dijo a Maxi. – “Yo
tampoco” le respondió. Jason recuperó la consciencia y, sin esperar, les tiró
un dardo a ambos pero este se desvió y cayó sobre la cabaña del otro lado del
lago en donde vivía Jason. –“ ¡Woooooooow, otra, otra!” gritaron los chicos
sorprendidos por la llama brillante que se veía.
Jason,
resignado, se paró y comenzó a alejarse de ellos diciéndose a sí mismo –“Malditos
ebrios, la próxima vez voy a asegurarme de tirar todas y cada una de sus
botellas al lago”, y luego desapareció entre la oscuridad de los árboles.