Valentina Quiroga
¡Por
fin había llegado el día tan esperado para mí! La fiesta que había estado
esperando desde hace mucho tiempo, estaba por realizarse. Iba de aquí para
allá, con Emilia (la mulata) decorando la casa, movíamos sillones, sillas, macetas
e incluso iluminamos el patio. En un momento, mi hijo Benjamín había entrado a
la casa, desesperado. Preocupada le pregunté:
-¿Qué
paso hijo?-
-Nada,
nada- Me respondió Benjamín.
Tras
su respuesta, me despreocupé y fui tranquila a hacer una torta de sandía para
los invitados, aunque cuando se cocinaba pasó algo raro, la sandía había
explotado dentro del horno. Así que llamé a la mulata para que se encargara de
eso. Mientras tanto me fui a cambiar; me puse un vestido amarillo brillante,
unas alpargatas negras, y un tapado de plumas.
Cuando
ya me había terminado de cambiar,
escuché algunos ruidos provenientes del aposento de Benjamín, yo me asusté y
fui a averiguar… Pero justo cuando estaba entrando, mi hijo salió rápidamente.
-Hijo
¿Qué son esos ruidos?- Pregunté.
-Madre,
te tengo que decir algo- Me respondió.
-Cuéntame,
mijito-
-¡No
podré asistir a tu fiesta!-
Yo
me eché reír
-¿Cómo
que no podrás? ¿Por qué?-
-No
te puedo decir, me voy… ¡Adiós madre!- Él ya había empezado a caminar.
Yo,
desesperada, lo agarré del brazo.
-Suéltame
madre, debo irme, vendrán a prenderme- Me dijo Benjamín desesperado.
-¡No!-
Le había contestado-¡Ven rápido Emilia, ayúdame a sostener a Benajmín para que
no se vaya!-
Benjamín
se escapó de mis brazos, y me empujo… Se fue corriendo a su aposento; desesperada
le pedí a la mulata que me ayudara a encerrar a Benjamín. Así que juntas
movimos el sillón que se encontraba en el pasillo, hacía la habitación y lo
encerramos.
-¡Déjame
salir loca! Vamos mujer, vendrán a prendarme por todo lo que he hecho ¡déjame!-
Me gritó desesperado.
Ya
en el patio, alguien tocaba desesperadamente la puerta. Era el alcalde, seguido
de cuatro soldados… Eran los primeros invitados.
Junto
a la mulata fuimos a liberar a Benjamín para que los reciba, pero cuando
abrimos la puerta él ya no estaba. Al enterarse, el alcalde y sus acompañantes
echaron a correr desesperadamente. Luego de un rato, sentí que alguien me
tocaba la espalda, me di vuelta y ahí estaba él ¡Mi querido hijo, mi querido
Benjamín!
Está muy bueno. Es claro en lo que quisiste transmitir. Un cuento divertido.
ResponderEliminarMariano Parra