Se acercaba el martes y
aún no había terminado de concretar todos los detalles. Sólo restaban tres días
para poder repartir las tarjetas, elegir la decoración y mi vestimenta para el
gran evento. No tenía que cargarme de grandes preocupaciones, ya que la mulata
podría resolver cierta parte de ellos.
Esos últimos días de
preparación para la fiesta había estado notando actitudes raras en Benjamín, mi
hijo. Pasaba gran parte del día fuera de la casa y, cuando aparecía por aquí,
solo se encerraba en su cuarto, sin ni siquiera dirigirme la palabra.
Al llegar el viernes, el día de la fiesta, Benjamín llegó a la casa temprano. Lo encontré en el segundo patio, pensativo y deslumbrado al observar la decoración para aquella noche. Estaba muy emocionada por su futura presencia en mi fiesta. Al toparnos, quebró mi ilusión diciendo:
Al llegar el viernes, el día de la fiesta, Benjamín llegó a la casa temprano. Lo encontré en el segundo patio, pensativo y deslumbrado al observar la decoración para aquella noche. Estaba muy emocionada por su futura presencia en mi fiesta. Al toparnos, quebró mi ilusión diciendo:
-Madre, no podré estar
en la fiesta. Tengo que partir enseguida para el Norte.
¿Al Norte? ¿El mismo
día de mi fiesta tenía que partir para el Norte? E insistió:
-Madre, tiene usted que
comprenderme, debo irme ahora sin perder un segundo.
Sin lugar a dudas, no
quería asistir a la fiesta.
-¡No te puedes ir hoy,
Benjamín! ¡No te vayas hijo!- Respondí. Sin embargo, su decisión ya había sido
tomada. Tenía que hacer algo al respecto.
Benjamín se dirigió hacia su aposento y cerró las puertas. Con ayuda de la mulata, movimos una silla muy pesada contra la puerta, para que la salida quedara trabada.
Al darse cuenta, Benjamín intentó salir, pero no pudo lograrlo. Desde su habitación me gritaba cosas absurdas y delirantes.
Miré hacia la entrada y ya se asomaba el primer invitado, el alcalde de segundo voto.
Eufórica, con ayuda de la esclava, quité el sillón de la puerta para que Benjamín recibiera al huésped.
En el camino desde el cuarto hacia el patio, mi hijo no levantó la mirada del piso. Al llegar a destino, el alcalde observó detenidamente a Benjamín. Sin decir palabras, lo tomó del brazo y se lo llevó. Enseguida, el resto de los invitados comenzó a llegar.
Desde ese día que no veo a Benjamín, se perdió de una fabulosa fiesta.
Benjamín se dirigió hacia su aposento y cerró las puertas. Con ayuda de la mulata, movimos una silla muy pesada contra la puerta, para que la salida quedara trabada.
Al darse cuenta, Benjamín intentó salir, pero no pudo lograrlo. Desde su habitación me gritaba cosas absurdas y delirantes.
Miré hacia la entrada y ya se asomaba el primer invitado, el alcalde de segundo voto.
Eufórica, con ayuda de la esclava, quité el sillón de la puerta para que Benjamín recibiera al huésped.
En el camino desde el cuarto hacia el patio, mi hijo no levantó la mirada del piso. Al llegar a destino, el alcalde observó detenidamente a Benjamín. Sin decir palabras, lo tomó del brazo y se lo llevó. Enseguida, el resto de los invitados comenzó a llegar.
Desde ese día que no veo a Benjamín, se perdió de una fabulosa fiesta.
Me gusto mucho la historia, el uso del vocabulario y sobre todo el final. En mi opinión merece un "Excelente". Josefina Gunzinger
ResponderEliminarExcelente. Me gusto mucho, mas que nada el final del cuento. Un posible titulo puede ser "El ultimo adiós". Julia Gimenez
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