martes, 26 de junio de 2012

Eugenia Fernández

¡Oh no! Se me acabó el tiempo. Estuve horas y horas decorando el patio con velas por ahí, velas por allá, para recibir a mis importantes invitados y así celebrar un día fundamental en mi vida, mi cumpleaños, sí señores, mi cumpleaños; tenía que terminar de enviar las invitaciones para la fecha y ya no tenía tiempo, debía apresurarme.
-          Por favor, tráeme el sillón aquí- ordené a la mulata, que con gusto obedecía mis órdenes.
En cuestión de minutos tenía el sillón dónde lo quería, y a mi hijo cruzando el umbral con cara de preocupación. Vino con el cuento de que nadie vendría a mi fiesta y que él tenía la necesidad de huir enseguida - ¿En el día de mi cumpleaños? – Pensé - ¡No!, inaceptable, de ninguna manera, este chico estaba chiflado, y se atrevió a decirme que el evento que había estado planeando arduamente iba a fracasar, inaudito.
Obviamente, lo único que hizo fue ignorarme y seguir con sus planes de huir sosteniendo firmemente su posición ante el planteo de que nadie concurriría; permitirlo no era opción, decidí tomar una medida algo drástica, debía imponerme, por lo tanto lo encerré en una habitación,  sonó desquiciado, lo sabía, pero no podía permitir que me enfrentara y mucho menos de esa manera, ¡Es una falta de respeto!
Gritó, pataleó, lloriqueó pero nada iba a moverme de mi postura inicial, no iba a liberarlo para que cumpliera su cometido. ¡La fiesta se iba a llevar a cabo! ¡Gente importante vendría! Unos minutos más tarde, alguien pulsó la puerta, y resultó ser el Alcalde de la ciudad. Con ayuda de la mulata quité el sillón de la puerta y, acto seguido, Benjamín acogió al huésped.
Entré al cuarto cautelosamente intentando descifrar dónde se encontraba mi hijo, puesto que luego de varios minutos de haber quitado la silla para que pudiera salir no hubo respuesta alguna.  Exasperada por la repentina desaparición de Benjamín comencé a tambalearme y caí de rodillas al suelo.
Pasé días enteros, acompañada por los oficiales de la policía, intentando localizar por cielo y tierra a mi joven hijo. Pasada una semana, caímos en la cuenta de que no íbamos a encontrarlo, se había esfumado de la faz de la tierra.
Años después, lúcida como nunca, recibí una notificación en la que me comunicaban que mi hijo, mi pequeño Benjamín, había fallecido. Estuve varios días sumida en una inmensa agonía hasta que decidí dar fin a mi vida. No es un adiós, es un hasta pronto. 

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