martes, 26 de junio de 2012

Julia Giménez

Estaba sentada en el patio de mi casa, toda iluminada con flores que sonríen cuando se me ocurrió organizar una fiesta para invitar a todos mis amigos y vecinos. Sin pensarlo, empecé con los preparativos. Las invitaciones parlantes, que entregue a cada uno de mis invitados a través de mi elefante volador de colores, estaban recién impresas.
Todavía quedaban muchos detalles por resolver y muy poco tiempo. Un día antes de mi fiesta tuve que ir por mi vestido, que estaba realizado con arroz y fideos (mis comidas favoritas) y después fui por la torta que Juan, el perro del vecino, se comprometió a hacer.
Cuando el día de la fiesta llegó, yo me encontraba parada junto a mi mulata, quien me ayudo con la organización de mi fiesta, esperando a que alguno de mis invitados tocara la puerta para disfrutar un buen momento.
En ese momento, vi la sombra de un hombre que paso rápido por el pasillo y se iba acercando a la puerta de salida. Empecé a gritar, lo pare para que no se fuera, el se dio vuelta y me di cuenta de que es mi hijo Benjamín. Me dijo, muy asustado, que no se iba a quedar en mi fiesta ya que la policía lo estaba buscando porque lo acusaban de trafico de frutas y negros. Yo, pensando que me trataba de loca, le pedí a mi mulata que me ayudara a encerrarlo en la habitación más cercana.
   Para olvidarme de este mal momento me fui a la cocina sola a danzar con mis amigos los cerámicos, que también estaban invitados a mi fiesta. En eso, escucho que suena el timbre de la puerta principal, salí corriendo de la cocina para abrirla.
Me encontré con el Alcalde de la ciudad. Muy alegre me acerque hacia donde se encontraba Benjamín, lo presente, pero el Alcalde lo reconoció y lo arresto. Muy desilusionada cancele mi fiesta y sin pensarlo dos veces fui corriendo a mi habitación, subí el volumen de la música y toda la tristeza terminaría al correr una silla y quedar colgada de una soga.

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