Estaba sentada en el patio de mi casa,
toda iluminada con flores que sonríen cuando se me ocurrió organizar una fiesta
para invitar a todos mis amigos y vecinos. Sin pensarlo, empecé con los
preparativos. Las invitaciones parlantes, que entregue a cada uno de mis
invitados a través de mi elefante volador de colores, estaban recién impresas.
Todavía quedaban muchos detalles por
resolver y muy poco tiempo. Un día antes de mi fiesta tuve que ir por mi
vestido, que estaba realizado con arroz y fideos (mis comidas favoritas) y
después fui por la torta que Juan, el perro del vecino, se comprometió a hacer.
Cuando el día de la fiesta llegó, yo me
encontraba parada junto a mi mulata, quien me ayudo con la organización de mi
fiesta, esperando a que alguno de mis invitados tocara la puerta para disfrutar
un buen momento.
En ese momento, vi la sombra de un
hombre que paso rápido por el pasillo y se iba acercando a la puerta de salida.
Empecé a gritar, lo pare para que no se fuera, el se dio vuelta y me di cuenta
de que es mi hijo Benjamín. Me dijo, muy asustado, que no se iba a quedar en mi
fiesta ya que la policía lo estaba buscando porque lo acusaban de trafico de
frutas y negros. Yo, pensando que me trataba de loca, le pedí a mi mulata que
me ayudara a encerrarlo en la habitación más cercana.
Para olvidarme de este mal momento me fui a
la cocina sola a danzar con mis amigos los cerámicos, que también estaban
invitados a mi fiesta. En eso, escucho que suena el timbre de la puerta
principal, salí corriendo de la cocina para abrirla.
Me encontré con el Alcalde de la ciudad.
Muy alegre me acerque hacia donde se encontraba Benjamín, lo presente, pero el
Alcalde lo reconoció y lo arresto. Muy desilusionada cancele mi fiesta y sin
pensarlo dos veces fui corriendo a mi habitación, subí el volumen de la música
y toda la tristeza terminaría al correr una silla y quedar colgada de una soga.
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