Todo empezó aquel día en los
preparativos para mi fiesta de cumpleaños. Benjamín estaba paseando por el
patio cuando decidió desaparecer rumbo a Santa Fe porque sino vendrán a
arrestarlo por contrabando de mercancía.
Al dia siguiente, me acerqué a él rápidamente
para decirle que se fuera a vestir y que se pusiera la chaqueta morada. Sin
detenerme volví a mi tarea. Al rato, mi hijo me dijo que no podrá estar en mi
fiesta porque tenía que partir al norte. Yo pensé que mi hijo estaba bromeando.
Pero finalmente me dijo: “tiene que comprenderme madre, debo irme ahora sin
perder un segundo”. Me besó angustiado, me abrazó y le grite:
- ¡No te puedes ir hoy Benjamín, eres mi hijo! Es un dia
especial para mí, vendrá el gobernador.
- Me voy madre, me voy.
Él se fue a su aposento y arrojó las
alfombras sobre la cama. La mulata se quedó junto a mí enloquecida; Benjamín
volvió al patio, nos empujó hacia la puerta y quedé balanceándome en el medio
del patio. Murmuré: “no se irá”.
Benjamín estaba furioso, arremetió las
hojas pero los duros cuarterones resistían. Me dijo:
- Madre, déjeme salir que vendrán a buscarme para
arrestarme.
No lo escuché.
- Madre, que no vendrá nadie, no habrá tal fiesta.
Llegó el alcalde y trajo el bastón en
la diestra y lo escoltaban cuatro soldados.
Benjamín ya se había ido, y cuando
llegó al norte me comentó que era contrabandista y por ese motivo se tuvo que
ir. Volvió a casa y se entregó a la policía porque no resistía la presión,
entonces quedó cuatro meses en la cárcel y se suicidó allí.
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