martes, 26 de junio de 2012

Tomás Angriman


Caminaba de aquí hacia allá con mis masetas de geranios, organizando todo para la fiesta que había planeado hace tanto tiempo. Mi mulata había corrido los muebles y obedecido todas mis órdenes, deseaba que todo saliera perfecto ya que Benjamín vendría a mi fiesta de cumpleaños y quería que se sintiera orgulloso de mí. Desde hacía 10 años días que venia repartiendo las invitaciones, lo único que faltaba ese día eran los invitados, y Benjamín, por supuesto.
_He invitado a todos no falta ni uno solo-dije
De pronto llegó Benjamín por la puerta de entrada y recuerdo haberle dicho – Vete a poner la chupa morada. Pronto llegara el gobernador – y regresé a los arreglos.
Ya me había puesto mis plumas pintorescas; mientras que le indicaba a mi esclava los últimos detalles que él debía hacer.
Inesperadamente Benjamín me había dio:
-Madre, no podré estar en la fiesta debo partir enseguida para el norte; Madre tiene usted que comprenderme, debo irme ahora sin perder un segundo.
Noté que Benjamín tenía un gran apuro por irse y abandonar la casa y yo no podría permitir ya que todavía no había llegado nadie y no podría enterarse de que mi fiesta había sido un éxito; por lo que procedí a agarrarlo y encerrarlo en una habitación con la ayuda de mi esclava, atascando la puerta con un sillón viejo.
A los pocos minutos llegó a la casa el Alcalde; estaba asombrada frente a su presencia, entonces me puse a hablar del primer tema que se me vino a la cabeza con él.
Sin embargo no se notaba muy interesado en la conversación ni tampoco los cuatro soldados del Fuerte con los que me sentía medio intimidada con sus trajes tiesos y sus insignias plateadas. Por lo que procedí a presentarle a mi hijo, así quizás se sentirían más cómodos y aparte también mi hijo se sentiría orgulloso de mí. Entonces, con la ayuda de la esclava, quité el sillón de la puerta para que Benjamín recibiera al huésped.
Luego de haber corrido el sillón, entré a la habitación donde se suponía estaba Benjamín. Me encontraba muy desorientada y apenas pude dar una mirada de reojo y noté que Benjamín no se encontraba en la misma. Y que mi mulata trataba de decirme algo con preocupación, la miré a los ojos y noté que tenía una mirada con una expresión muy peculiar. No sabía si era miedo, compasión o lástima. Al fin di vuelta la cabeza y entré, y tras hacer el primer o segundo paso , estalló en mi cabeza ,como si hubiese sido una bomba ,una gran e implacable jaqueca que violentamente dominó toda mi cabeza .
Nunca había sentido una sensación tan pavorosa, me mantuve con los ojos cerrados por 5 minutos, podía sentir como la presión me bajaba repentinamente cada 15 segundos aproximadamente, repetidas veces; y en un momento todo el dolor que me atormentaba desapareció como si nunca lo hubiese sufrido.
Abrí mis ojos y advertí que Benjamín no se encontraba en la habitación, tampoco estaba el Alcalde de segundo voto con su bastón y ni siquiera sus cuatro soldados del Fuerte, que lo acompañaban en un principio; mi mulata se encontraba tras una de las puertas del armario espantada de mí.
-¿Qué es lo que le sucede a usted señora?-le pregunté en un tono despectivo y grotesco.
-¿Se…se …señora acaso se encuentra bien ¿-me pregunto muy temerosa y  humilde .
-¡yo si, lo que no me explico qué haces tú en ese placar sin seguir mis órdenes!, ¿y en dónde es que se encuentra el infeliz de Benjamín que debería estar acogiendo al Alcalde?-le pregunté ya en un tono más atemorizante.
-Doña Concepción, no quiero que se alarme pero acá no está Benjamín, ni tampoco el Alcalde. Es mas no sé si usted recuerda pero ayer él mismo dejó una carta comunicando que no podría estar presente hoy porque debía seguir rumbo a Santa Fe. Sin embargo lo está mencionando desde hoy a la mañana y el Alcalde desde aproximadamente una hora…-me respondió en un tono calmo, como tratando de explicarme una cosa que ya tendía que saber.
- No quiero faltarle el respeto ni mucho menos pero yo traté de explicarle esto en varias oportunidades durante el transcurso del día y usted lo único que hacía  era insultarme y regañarme repetidas veces cuando no cumplía con su ordenes de ordenar las cosas para la fiesta- agregó mi esclava.
Entonces decidí disimular lo más posible respondiéndole:
-          Podría dejarme sola un rato, creo que estoy empezando a recordar todo.
Apenas mi mulata abandonó la habitación comencé a llorar desconsoladamente, dándome cuenta de que todo lo que creía que había vivido solo había sido una de mis tantas ilusiones; el sueño que tenía de que mi hijo estuviera el día de mi cumpleaños, que se sintiese orgulloso de mí y que pudiese conocer al Alcalde solo había sido un hilo de imaginación y deseo desprendido de me cabeza.

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