Ya no sabía en quién podía confiar. ¿Qué haría mi padre si se enteraba? Yo sabía que no todo era como decía mi madre. No sólo estaban matando a la gente que “se portaba mal”. Cada noche se oían disparos, gritos y chirridos de las ruedas de autos al frenar.
Mi amiga Malena me había contado que su prima estaba embarazada también, y que unos hombres habían llegado a su casa y se la habían llevado, diciéndole que le iban a hacer un tratamiento para ayudarla con su bebé. Ella había aceptado sin rechistar. Ana decía que no la veía desde hacía dos semanas, el día en que se la habían llevado para hacerle el tratamiento.
Nadie lo sabía. Excepto él, claro. Le había dicho apenas me había dado cuenta. Se había puesto tan contento como yo, pero inmediatamente se dio cuenta de algo de lo que yo no me había percatado hasta que él lo mencionó. Mi padre, ¿cómo haría para decirle que estaba embarazada? Y del profesor que él me había asignado. Creo que ni siquiera sabía que estábamos enamorados. Mi padre era tan ciego. Hasta Pablo, el sirviente sabía. Yo sabía que Pablo le había comentado a mi padre sobre sus sospechas, pero él no lo había escuchado. Estaba muy ocupado tratando de que mi madre se pusiera anteojos de sol en pleno invierno.
A mamá ya se lo había confesado también. No había tenido opción. Había empezado a notar mis cambios de humor y las miradas que nos dirigíamos con Federico. Lancé un suspiro mientras acariciaba mi panza con aire ausente. Lo amaba, no cabía duda. De pronto, todo estuvo claro. Nos tendríamos que ir, fugarnos a otro lugar, a otro país. Mi padre no me permitiría tener al bebé. Otra idea asaltó mi mente: mi madre podría decirle en cualquier momento, yo sabía que no quería usar tanto tiempo los anteojos oscuros, ni tampoco guantes. Estaba sumida en mis pensamientos cuando escuché que alguien golpeaba la puerta. Me levanté del asiento frente al tocador y tomé mi tejido. Me senté en la silla junto a la ventana y dije “Adelante.”
-Hola querida-dijo mi mamá mientras cerraba la puerta-¿Volviste a tu tejido?-preguntó observando mis manos.
-Sí, quiero poder saber tejer para cuando llegue el bebé-le respondí mirándola fijamente, tratando de descifrar algo a través de su cara llena de moretones.
Se sentó en mi cama sin perturbarse.
-Creo que…-empezó.
-Ya sé lo que vas a decir mamá, pero quiero tener a este bebé. Me lo quiero quedar. Ya está decidido. Vamos a…
-¿Vamos? ¿Vos y quién más? Porque cuando se entere tu padre va a echar a Federico, lo sabés. Eso, si te deja tener al bebé, cosa que dudo.
La miré con horror. ¿Qué estaba diciendo?
-¿Que no me va a dejar tener a mi bebé? ¿Qué decís mamá? Por supuesto que lo voy a tener-la miré significativamente-Él no va a saber del bebé.
Echó un vistazo por la ventana. En el medio del silencio se escuchó un grito desgarrador que cortó la noche. Apartó la vista y miró mis manos que estaban apoyadas en mi vientre, y otra vez a la ventana. Creí ver una lágrima en su mejilla, pero cuando estaba por pedirle perdón por mi conducta, se levantó sonriente. Me miró con ternura y se fue de la habitación.
Un día, sólo faltaba un día y saldría de esa horrible casa, a la que ya no podía llamar mi hogar. Me levanté de la cama y salí al baño. Antes de que pudiera abrir la puerta para entrar me interrumpió una mano en mi cintura. Sonreí y me di vuelta, preparada para alejarme de Federico: le había dicho muchísimas veces que no se acercara tanto a mí en la casa, pero me agradaba su contacto. Levanté la vista y pegué un chillido de miedo.
-¡Pablo!-dije enojada, alejándome de él-¿Qué hacés? Le voy a decir a mi papá que te eche ¡eh!
Sonrió con aire arrogante. –Disculpe señorita, me confundí. Pensé que los que trabajan para usted también pueden gozar de su cercanía.
Lo miré con sospecha, pero no dije nada.
-Y bueno, ¿por qué seguís ahí parado? ¿No tenés que ir atrás de mi papá haciendo algo o… o manejando ese oloroso Falcon?
-Hoy, no. Quiere verla en su despacho en media hora, dijo que esté bien arreglada y que sea puntual-y se marchó.
Exactamente treinta minutos después estaba golpeando la puerta del despacho de mi padre.
-Adelante-dijo.
Entré y mi encontré a mi papá tachando una lista de nombres, que alcanzó a guardar en su cajón antes de que pudiera leerla. Me hizo una seña para que me sentara y me lo dijo:
-Hija querida, ya no tenés por qué llorar más. Te conseguí el mejor candidato: trabaja conmigo, está en el ejército, en un puesto muy alto, y sólo tiene treinta años.
¡¿Treinta?!
-Eh, papá, muchas gracias-asintió satisfecho-pero no ¿creés que soy muy chica para casarme con un hombre de treinta años?
-¡Qué insolencia! Claro que no. Todos los jóvenes de ahora son…son… unos idealistas. Unos vándalos, no sirven para nada. Lo único que hacen es quejarse del gobierno. Se llama Adolfo y va a llegar en cualquier momento, así que relajá ese ceño fruncido y no te pongas nerviosa: él sabe que sos joven y no espera hablar de nada importante con vos-rió con ganas.
Asentí en silencio y me levanté para irme.
-¿A dónde creés que vas?-me preguntó furioso.
-Con Federico. Si va a llegar mi futuro esposo, tengo que tratar de aprender algo más para no aburrirlo con mi conversación.
Sonrió satisfecho.-Ésa es mi Guadalupe. Andá, andá-dijo haciendo un gesto con la mano-y decile a Federico que cuando termine con vos se acerque a mi despacho, tengo que hablar con él.
-Vamos a seguir con el plan. No te preocupes-le dije a Federico después de contarle lo que había hablado con mi papá.
Sonrió y me tocó la cara con dulzura.- ¿Estás segura? Puede ser peligroso para vos si se entera tu papá.
-No me importa-le dije-Sé lo que quiero, y lo voy a tener.
Lanzó una carcajada.
-Ya lo sé, sos muy malcriada.
Hice una mueca, entonces puso su mano en mi vientre y sonrió.
-Vamos Guadalupe, bailá con él-insistió mi papá mirándome medio enojado.
Me di cuenta de que no tenía otra opción, así que me levanté de mala gana y acepté la invitación de Adolfo. Bailamos unos minutos hasta que entró Pablo muy alarmado. Pasó por nuestro lado mirándome atónito y fue derechito hacia mi papá.
Mi papá lo miró un poco enfadado, pero se acercó para escuchar lo que le decía Pablo. Traté de concentrarme en lo que me decía Adolfo, pero no podía. Quería saber lo que Pablo le murmuraba con tanta urgencia a mi padre. Al parecer, algo sobre un nuevo embarazo. Me sobresalté al principio, pero como pasaron los minutos y mi papá no explotó, me tranquilicé. Otro niño había nacido para el gobierno, no para mi familia. O ninguna otra.
-¡Pero Pablo, no es tan importante!-gritó mi papá-Dejá de interrumpir este gran encuentro con el oficial y andá a hacer algo por ahí. ¿No tenés alguna mascota por ahí que alimentar?-le preguntó mirándolo con los ojos entrecerrados.
Pablo lo observó muy pálido, pero salió de la habitación en seguida.
-Oficial-dijo mi mamá luego de un momento-¿es verdad que usted es cercano a nuestros tres gobernantes?
-¡Callate Ana! ¿Cómo le vas a preguntar eso al oficial?-la reprendió mi papá-Él nos va a contar lo que quiera. Vos no tenés que preguntar, tenés que seguir con tu tejido. Sea lo que sea que estés haciendo ahora-y agregó en voz baja para Adolfo-Es lo único que hace todo el día, es lo único que sabe hacer. Además de las cosas que corresponden a la noche, por supuesto-agregó divertido.
Nos sentamos a la mesa a comer y entró Pablo con dos platos.
-¿Dos platos?-dijo enojado mi papá-Hay que traerlos todos juntos Pablo, si no se enfrían. Decile a Federico que te ayude-agregó guiñándole un ojo.
Pablo se fue y a los pocos segundos volvió a entrar con Federico. Cada uno traía un plato y dos pares de cubiertos.
-Éste es Federico, Adolfo-lo presentó mi papá-el que le enseña a mi hija. Es bastante guapo para ser un maestro ¿no?
-¡Papá!-murmuré.
-¿Qué? Es un cumplido.
-Ciertamente-asintió Adolfo.
-Vení, vení-lo llamó mi papá cuando terminamos el postre-traenos algo para beber. A Ana traele un té, capaz así se le pasa el dolor que siente siempre en sus manos. Yo digo que es por todo lo que teje.
Cuando Federico estaba abriendo la puerta para traer el té y el whisky para mi papá y Adolfo, Pablo se acercó para salir e hizo que Federico se volcara todo encima. Pegó un salto para atrás y se quejó en voz baja.
Papá comenzó a reír con todas sus ganas, pero en el medio de sus carcajadas reprendió a Pablo y le dijo a Federico que podía ir a cambiarse.
Estaba escondida debajo de la mesa de la sala, esperándolo. Me había abrigado bien y había dejado una nota en mi cama, para mi madre. Escuché un sonido de botas afuera seguido de llantos y platos rotos. Cerré mis ojos y traté de relajarme.
-¿Guadalupe?-escuché una voz que murmuraba.
-¿Fede? ¿Sos vos?
Salí de debajo de la mesa y alguien encendió las luces. Me quedé totalmente inmóvil. Al lado de la puerta estaba Federico, agarrado por mi padre y varios de sus amigos. Detrás de ellos estaba mi madre parada. La miré con sorpresa, luego con odio, y al fin con angustia. Me había delatado. Era demasiado tarde. Mi papá bajó su mano para tomar su arma y apuntó hacia la cabeza de Fede mientras sus amigos lo rodeaban. Sin darme cuenta, mi mamá también se estaba moviendo. Había agarrado la cuchilla de la cocina y se acercaba a la espalda de mi padre. No podía creer lo que veía. Los ojos de mi padre reflejaron incredulidad mientras mi mamá clavaba el cuchillo en la parte de su corazón. Los amigos de mi padre dejaron de rodear a Federico y se lanzaron sobre mi madre. Ella me miró mientras mi padre caía al suelo, me miró de la misma forma que me había mirado en mi habitación cuando le había dicho que iba a tener al bebé sin importar nada. Escuché un sonido de armas, pero no pude ver nada: Fede me había agarrado de la mano y huíamos hacia la puerta de salida de aquella casa, que había sido alguna vez mi hogar.
Muy buena la trama. Genera suspenso hasta el final y trata distintos temas , embarazo adolescente,aborto, violencia de género y social, desigualdad social, machismo, apropiación/rapto de personas, de una manera ingeniosa. 3 (tres)
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