“Niña secuestrada a la salida del colegio, no se conoce el paradero de ella ni hay pistas de lo que puede haber pasado”, lee Alberto Flores en el diario mientras bebe el café de todas las mañanas. Mientras la esposa, encogida de hombros mira a Ariadna, su hija, desayunar. Es increíble como el significado del nombre puede ser todo lo contrario a la persona, piensa la madre refiriéndose a su hija.
- Ahora ves porque no es buena idea mandar a la nena a una escuela- dice Alberto muy enojado a su esposa.
- Eso es solo un casualidad no significa que le pase a ella- responde suavemente la esposa.
- ¡Te estoy diciendo que no y es no!, yo sé por qué te lo digo- responde el marido apretándole el brazo.
De golpe se abre la puerta, era Largo, el sirviente que anunciaba la llegada de Facundo Piaranca. Este se presentaba a darle la primera lección de piano a Ariadna, ya que había sido contratado hacía solamente un día. La “nena”, ya bastante crecidita, se levantó y se dirigió hacia la biblioteca junto al profesor. Allí se encontraba un gran piano blanco de cola, Facundo quedó plasmado al verlo.
- Veo que sos el nuevo, me parece que tenemos algunas cosas que aclarar- dijo Ariadna al maestro.
- Decime, yo te escucho todo lo que quieras- respondió muy tranquilamente Facundo.
- Primero y antes que nada, no me tutees, segundo me gusta que la gente me mira cuando le estoy hablando- dijo muy soberbiamente.
- La estoy mirando señorita- dijo el profesor.
- Entonces quítate esas gafas porque no debes ver nada con ellas- responde enfurecida.
- Aunque me las quite no veo nada, soy ciego es por eso que las uso- le dijo él.
- A mí no me interesa lo que seas, te las quitás. Además, me gustaría saber qué otras cosas te pidió mi padre que me enseñaras.
- El me contrató específicamente para que te enseñe a tocar el piano, para que te enseñe dibujo y, además, quiere que aprendas inglés- dijo Facundo mientras se quitaba sus lentes.
- Qué raro de mi padre, lo único que he aprendido hasta ahora son cosas insignificantes.
A Ariadna no le interesaba aprender nada de todo eso, por eso mismo siempre lograba que echasen a sus profesores una semana después de que los contrataran, con excepción del último. Alberto lo despidió ya que sospechaba que su esposa lo engañaba con este y que su hija se sentía atraída. Es por eso que contrato a Facundo, porque este no tenía posibilidad alguna de ver a su mujer o a su hija, y sabía que ellas no sentirían atraídas a él por el hecho de que no es muy atractivo. Facundo se acercó al piano, se sentó junto a Ariadna y comenzó a tocar.
- Bastante bien para ser un ciego inservible- lo despreció Ariadna- pero no entiendo cómo pretendes enseñarme si no podés ni siquiera ver lo que te ponés.
- Mire, señorita, podré ser ciego pero eso no amerita tal desprecio. Créalo o no, los ciegos somos mucho mejores que todos ustedes.
- ¿Sabes qué te puedo hacer echar por hablarme así, no?- lo amenazó ella.
- No te tengo miedo, sos solo una chiquilla malcriada. Ahora por favor repetí lo que toco yo- respondió el maestro.
- Me parece que te deje muy en claro que no me interesa aprender todo esto y menos de alguien que no ve, me parece ridículo.
- Ridículo es que me discrimines así, la visión va más allá de los ojos. Siendo ciego veo las cosas más claramente que vos, eso es seguro- se defiende Piaranca- así que por favor repetí lo que estoy tocando.
- No lo voy a hacer, te crees superior y solo sos un ciego mal educado y pobre, que por primera vez en su vida tiene un trabajo decente. Mañana mismo haré que mi padre te eche, ahora por favor andate que necesito descansar.
Facundo se fue y al verlo salir la madre le preguntó a Alberto por qué había contratado a un ciego. Este respondió de la forma más cruel posible: “porque de esa forma no podrá aprovecharse de mi nenita, desnudándola con la mirada”. Al día siguiente. Facundo llegó a la casa y nuevamente fue recibido por Largo que lo condujo hasta el matrimonio y, cuando le abrió la puerta para que pasara, le metió el pie provocando que se cayera. La mujer, muy preocupada, se levantó y el marido no hizo más que guiñarle un ojo a Largo, su mano derecha. Alberto le gritó al profesor que se pusiera de pie y que se retirara a las lecciones, ya que Ariadna lo estaba esperando. Este, dolorido por la caída, entró a la biblioteca.
- Veo que no le dijiste nada a tu padre- dijo con asombro
- No, no le dije nada. Me parece que te sobreestimé.-contestó Ariadna- Escuchá el teléfono, suena todos los días a la misma hora y lo único que dicen es “tenemos blanca menor”, no sé qué tendrá que ver eso con el cargo de gobernador.
- Eso no es de mi incumbencia, así que te pido por favor que comencemos la clase inconclusa de ayer.
- Hay algo de vos que me llama la atención, no sé qué es. Por ahí es tu misterio, o tu sabiduría, o simplemente el hecho de que no me puedas ver- le dijo mientras le agarraba la mano.
En ese momento Largo interrumpió pidiéndole al ciego que saliera de la habitación. El ciego obedece las ordenes, pero al salir “ve” a Alberto junto a un grupo de matones que le impedían el paso. Sin decir palabra alguna, le empezaron a pegar en la pierna ya que, además de la falta de visión, Facundo tenía más corta su pierna izquierda.
Luego de que le pegaran, tirado en el suelo, escuchó el teléfono, a la misma hora de siempre. Por suerte logró escuchar la conversación y ahí fue cuando notó que el responsable de los secuestros a menores era Alberto. Se puso de pie sin que nadie lo notara y se marchó a la cocina. Allí se encontraba la esposa del diablo, quien al verlo todo golpeado no hizo más que preguntarle “¿te dolió mucho?, perdóname por no evitarlo pero… vos entendés”. En ese momento sintió el brazo de la mujer sobre su mano, y logró sentir como huevos; ahí fue cuando notó que la mujer era solo otra pobre víctima de ese maldito, una buena mujer que vivía con miedo a hablar por lo que le podía pasar. Cuando volvió a la biblioteca, Ariadna se largó a llorar al verlo.
- ¿Por qué llorás?- exclamó sorprendido.
- Lloro por lo que te han hecho, y por una carta que he recibido de mi prometido- dijo Ariadna entre sollozos.
- Pero eso es una buena noticia, te vas a casar- contestó ignorante del asunto Facundo.
- No, no para mí. La realidad es que no me quiero casar, y menos en una semana, la realidad es que me he enamorado de vos. No sé por qué ni cómo, solo sé que la única vida que realmente vale la pena vivir es aquella por lo que sientes pasión, y eso es lo que siento por ti, pasión- exclamó Ariadna, soltando un suspiro de alivio.
- Esperaba que dijeras eso, yo siento lo mismo por vos. Tu destino, dicen, ya está escrito, el mío tengo que escribirlo yo y no lo haré sin vos a mi lado. Nuestro amor es como el viento, no puedo verlo pero si sentirlo- respondió Facundo.
- Pero mi padre no lo permitiría jamás, él quiere un yerno con quien poder hacer negocios y que esté metido en los mismos asuntos que él- gritó Ariadna.- Aunque pensándolo bien, ¡no lo voy a permitir!, ya es momento de que viva MI vida, y no la que los demás planean para mí, se acabó. Nos vamos a ir de este lugar, vos espérame en la entrada de casa a la media noche.
- Está bien, aquí estaré esperándote mi santa.
Exactamente a la media noche, Ariadna se levantó sin emitir ruido alguno, tomó los bolsos que había preparado y prendió la luz para vestirse. De repente vio a su madre sentada en una silla. Esta le dijo que volviera a la cama porque no iba a ir a ningún lado. Ariadna, muy enojada y conociendo a la familia, le gritó preguntándole que es lo que había hecho. La madre, con lágrimas en los ojos, le pidió perdón y le dijo que no le podía mentir o si no la mataría a ella. Ariadna desesperada la agarró fuertemente de la cara y le dijo:
- Mírate, llorando como una estúpida luego de haber arruinado la felicidad de tu hija, espero que estés orgullosa de lo que acabás de provocar, desearía no tener que decirte madre cada vez que te veo, me das vergüenza.
Luego lo llamó a Largo y le ordena que trajera a Facundo inmediatamente. El tonto sirviente obedeció y apareció cargando una bolsa negra con una gran sonrisa en la cara. Depositó el cuerpo en el suelo y empezó a reír a carcajadas, Ariadna se acercó y le pegó una cachetada que enseguida le borró la sonrisa de la cara. Pero, sin detenerse a pensarlo le pegó nuevamente y otra vez y una más.
- Qué es todo este ruido, por favor, es la hora de dormir. Ariadna metete ya en la cama que mañana estarás muy ocupada con tu casamiento, y vos dejá de llorar y andate de una vez a demostrar que servís para algo- le dijo a su mujer.
- ¿O qué padre, qué me vas a hacer, me vas a matar, como hacés con todo aquel que te desobedece, o me vas a secuestrar y usar para la trata como hacés con todas esas nenitas desaparecidas?; Si, yo sé muy bien que el responsable de todo eso sos vos. Pero para mí esto se acabó, aprendí que no se puede dar marcha atrás, que la esencia de la vida es ir hacia adelante. La vida, en realidad, es una calle de sentido único y voy a empezar a avanzar de una vez por todas antes de que pase más tiempo, la vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla. Asique olvídense de mí, de quien soy y de quien un día fui, porque de ahora en más no van a tener noticias, acá termina todo. A partir de ahora voy a vivir como yo quiera, de la forma que quiera y me voy a enamorar de quien yo quiera, pero lejos de aquí, para que no pague el mismo destino que el pobre de Facundo- gritó Ariadna, roja de rabia, mientras tomaba sus pertenencias y se marchaba.
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