Acá me encuentro sentada frente a los jueces. En unos momentos me llamarán y tendré que dar mis testimonios. La sala es enorme y su capacidad está colmada. Todos los rostros nos observan, tanto a los testigos, entre quienes me encuentro, como a los acusados. Y ahí están ellos, mi padre con su cara de superioridad, razón por la que yo lo quería tanto, sin importarle nada, mirándonos a todos como pequeños seres a quienes pisaría sin remordimiento. Y claro, también esta él, como siempre, pegado a mi padre, observándolo, pareciera que sigue esperando una orden, para decir “si señor” y salir corriendo para cumplirle sus deseos. Alberto, un ser servil y alcahuete, nació y seguramente muera así, porque es un papel que le sale perfectamente.
Esta espera hace que mis recueros vuelvan a momentos vividos años atrás. Ese día me despertaron los gritos de mi padre, tenía una voz tan fuerte que parecía un trueno, las paredes temblaban cuando él abría su dulce bocota. Bueno no solo ellas, sino mi madre, Alberto y cualquiera que lo sintiera. Bajé de mi cuarto para ver qué pasaba, y ahí estaba el, con su uniforme impecable sentado indicándole a Alberto cómo debía ponerle sus botas. “Un cordón así, un cordón asá” repetía y repetía con tono cada vez mas áspero. Mi madre estaba con la bandeja del desayuno en sus delicadas manos, se sentía como tiritaba la loza y la cucharita que no dejaban de moverse. Estaba tan asustada que esa imagen nunca se va a borrar de mi mente. Ella era una mujer de mucho carácter nada más que ese día estaba algo inhibida.
Como este se repetían todos los días. La mañana comenzaba con los gritos de mi padre, Alberto que siempre estaba ahí como un perrito faldero, husmeando y sirviendo, y la tonta de mi madre tratando de complacerlo, sometiéndose a humillaciones y malos tratos. Hasta el día de hoy me pregunto cómo hizo ella para soportar todo, por qué no se escapo de él, pero claro en aquella época todo era más difícil. Hay un día en especial que está más grabado que otros en mis recuerdos y ahora, en el juicio, es inevitable recordarlo
Era un día lunes, como cualquiera, cerca del medio día llegó Miguel, médico y compañero de mi padre. Los dos trabajaban en el mismo lugar, cada uno con su profesión. Papá preparaba soldados para la patria y el doctorcito los atendía.
Miguel era un hombre arrogante, soberbio y que siempre dejaba bien clara su profesión. Cada vez que lo veía me parecía que tenía escrito en su frente la palabra “doctor”. Que hombrecito tan pequeño.
Miguel: Buenos días Estelita, un gusto verla, siempre tan bella
Estela: Y usted siempre tan tan tan, bueno lo que es docto. ¿Qué le trajo de regalito a mi padre hoy? Apropósito su jefecito
Padre: Estela no seas desubicada
Miguel: Hoy te voy a sorprender a vos Estela, en la cocina hay un presente para la niña más linda. Alberto y tu madre lo están observando, ve y sorpréndete, pero antes voy a darte unas pistas.
Estela: ¿Y a que se debe el regalo? Hoy no es mi cumpleaños
Miguel: Solo quería ser amable con vos. Tiene pelo y mucho ja ja ja, tiene boca, nariz, cuatro extremidades y lo mas curioso un ojo y medio ja ja ja, parece que la otra mitad no le funciona ja ja ja
Estela: ¿Un perro?
Miguel: Si, así es, ahora ve
Corrí ansiosa. Hacía tiempo que quería uno. Yo era hija única y no tenía esperanza de tener un hermano, ya que mi padre decía que no correría el riesgo de tener otro hijo como mi madre y que se pareciera a ella. Gracias a Dios yo era su viva imagen. Cuando llegué a la cocina, vi que mi madre y Alberto rodeaban un canasto. Ella sin mueca alguna y él con cara de asco e impresión. Ahí estaba, dormía tranquilo y estaba ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor y no era precisamente un perro, era un ser humano, un bebé. Con todo lo que decía el doctor, boca nariz, extremidades y sobre uno de sus ojitos un pequeño bulto y mucho cabello. Desde el primer momento supe que lo iba a querer y proteger de las bestias de mi padre y Miguel, pero muchas dudas invadieron cada unos de mis días durante siete años, hasta el ’83, año en el que logré comenzar a despejarlas .¿Quién sería ese bebe? ¿Dónde estarían sus padres? Lo habrían abandonado.
Durante ese periodo lo cuidé, como había prometido, por más que mi padre quería que yo me entretenga con él, me encariñé y compartimos muchos momentos juntos. También lo eduqué y le enseñé a leer y escribir. No podía ir a la escuela, pero yo veía en él un gran futuro, era un niño con muchas capacidades. Y no me equivoqué. Ahora lo miro, el está del mismo lado de la sala que yo, tenemos la misma postura, y veo en el un importante escritor, reconocido y admirado en el país.
Estaba muy orgullosa y lo amaba como a mi propio hijo y seguí preguntándome quien habría sido capaz de abandonarlo y como Miguel había conseguirlo tenerlo. ¿Adoptarlo?, imposible, era un hombre soltero y en ese país no se tenía en cuenta a ese tipo de personas.
Pero llegó el día. Era una mañana lluviosa del ’84 cuando llegó mi padre a casa, empapado y rabioso. Revoleó el diario sobre el sillón y se encerró en su habitación. Ya estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones por lo que no me conmovió. Preparé mi café y me senté a leer las noticias. En primera plana estaba esas frases que me llenaron de sensaciones muy extrañas, dolorosas y esperanzadoras al mismo tiempo. “Investigan el robo de bebes durante el periodo militar” ”Incontable cantidad de mujeres marchan en busca de sus nietos” “Nadie sabe el paradero de, estimativamente, 156 bebes capturados entre el ’76 y ‘83” Fue inevitable pensar en él, en mi pequeño Tobías. No me extrañaba para nada que mi padre y Miguel estuviesen involucrados en esa tragedia. Pero qué podría yo hacer, Tobías apenas era un adolescente de 15 años que nada podía entender de ese asunto y no contaba con la ayuda de nadie. No quería que me lo quitaran pero sabía que alguien podría estar buscándolo.
Cuando todo en el país estaba mejor, logré irme de mi casa, empecé a trabajar y alquile una habitación para vivir con Tobías. Mi padre debió haber estado muy triste el día que me fui. Cinco años habían pasado desde aquella mañana en que leí el periódico hasta el día que tome la decisión. Tuve una larga charla con mi niño, que ya tenía 20 años, era tan inteligente y maduro que no le costó mucho entender la situación. Después, fui al juzgado y conté todo
Debo suponer que ya queda claro el motivo por el que hoy estoy aquí, aun esperando, sentada frente al juez. En la banca de adelante está Tobías. Después un pasillo. Otra banca. En ella mi padre y Alberto. Mi madre atrás. Se darán cuenta que alguien falta. Si, Miguel. Logró escapar, no sé a dónde ni cómo pero inmediatamente pudo salir del país habiendo ya sido citado. Claro las injusticias siguen, pero no me preocupa. A mi lado hay una anciana, la miro de reojo y ella a mí. Es la abuela, una abuela que ama a su nieto al que conoció un mes atrás. Después del día que conté todo no tardó en aparecer esta señora quien quería ver la compatibilidad con Tobías. Y no hubo dudas, era ella.
Ha llegado la hora, el juez me llama. “Estella Rodríguez, a declarar” no puedo creer tener el mismo apellido que ese hombre de allí enfrente. Ese al que durante mi niñez y años de inocencia llamé amado padre.
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