Era un primaveral lunes de Septiembre de 1978. La Argentina no estaba pasando por su mejor momento, había mucho autoritarismo, poca libertad de expresión y la economía seguía sumando pobres al país.
Juan, el sirviente de la familia Videla, cortaba el pasto del jardín de la casa como todos los días. Su deber no era solo este, sino también hacer feliz a la niña Soledad, la menor de cuatro hermanos, todos forjados a imagen y semejanza del padre. Todo lo que quería, pedía, o le hacía falta Juan corría a conseguirlo. Luz, la madre de los cuatro hijos, mostraba siempre una conducta pasiva, de respeto hacia todo lo que decía Salvador, su marido, un oficial del Ejército Argentino con tradición familiar por la armas.
Soledad (rezongando y con mala cara): -Mamá, ¿dónde has estado? Me aburrí todo el día!!
Madre: -Tuve que acompañar a tu padre a resolver unos problemitas mi niña, pero ya estoy acá. Quisiera recostarme un rato y luego vamos al patio a jugar si así lo deseás, mi dulce princesa.
Soledad: -No mamá! Quiero que juguemos ahora mismo (la agarra del brazo bruscamente) Ay Ma! ¿Qué te pasó en el brazo? Está todo moretoneado y sangrado... diuuuu que asco.
Madre: -(intentando no darle importancia a ese tema) Me caí de las escaleras hija, nada grave. Me voy a descansar y luego jugamos.
Apenas llegó al cuarto, Luz se acostó e intentó dormir, cosa que no pudo ya que al ratito llegó su marido. Torpemente, abrió la puerta del cuarto y Luz se despertó de golpe y asustada. Salvador se acercó muy despacio a su mujer y le dijo que debían hablar, ya no había escuelas donde Soledad no corriera peligro por ello, ha decidido contratar a un profesor particular. Luz, confundida, balbuceó que si se toma esa decisión Soledad no podrá pasar tiempo con los amigos. Furioso, Salvador la toma del cuello mientras le dice: - Yo ya tomé la decisión, tu opinión es insignificante para mí, ¡ya deberías saberlo! Y la soltó bruscamente, empajándola a la cama.
Padre: -¡Juan! Ya puedes decirle al nuevo profesor que venga el próximo lunes.
Soledad, que había escuchado los gritos del padre, corrió hacia la habitación de ellos y vio el maltrato que sufría su madre
Soledad: -No necesito a ningún profesor, soy inteligente. Yo quiero estar con mis amigos!
Padre: -Tu opinión tampoco vale.
Los días pasaron en silencio hasta la llegada de ese día lunes. Tocaron el timbre a la puerta, Juan atendió e hizo pasar a Lihuen, el nuevo profesor de Soledad. El joven, de unos 30 años, tenía varios defectos físicos, un dato que el padre siempre tenía en cuenta para que su hija no se le ocurriera enamorarse.
Las semanas y los meses transcurrieron armónicamente entre Lihuen y Soledad. Las sonrisas y los comentarios por fuera de lo educativo, se hacían cada vez más frecuentes. Esta situación llegó a oídos de la madre, quien al hablar con su hija se dio cuenta de que estaba enamorada.
Soledad: -Madre estoy muy feliz, pero por favor no le digas nada a papá.
Madre: -Querida mía no te preocupes, tu padre nunca se va a enterar.
Sin embargo, a través de Juan, Don Salvador se hizo eco de la situación. Rápidamente fue al cuarto donde se encontraba Luz y le exigió que le contara toda la verdad.
Padre: -¡¡¡¡¡¡ Si no quieres que te golpee, comenzá a hablar!!!!!!
Madre: - (con lágrimas en sus ojos) No sé de lo que me hablás…
Enfurecido Salvador la tomó de los pelos con una mano y con la otra la golpeaba en la cara. Así estuvo durante casi media hora, propinando duros golpes, hasta que finalmente Luz habló.
Madre: - Tu hija está enamorada, déjala vivir.
Padre: - Callate (empujándola contra la cómoda del dormitorio).
Salvador, muy enojado, llamó a Juan para qué le averiguara qué era lo que en verdad sucedía.
Al enterarse de todo, Soledad le propuso a Lihuen que se fueran lejos. Lihuen aceptó, pero el problema era planificar cuándo y cómo se irían. Ninguno de los dos tenía suficiente plata para poder alquilar un pequeño cuarto de hotel y menos una casa para pasar las noches de soledad que les esperaban. Para ello, Soledad acudió a la ayuda de su fiel madre. Sigilosamente se acercó a la madre.
Soledad: - Mamá, necesito tu ayuda, lo último que te voy a pedir por un buen tiempo… necesito 5.000 pesos.
Madre: - ¿Para qué hija?
Soledad: - Nos escaparemos de aquí con Lihuen. Comenzaremos una nueva vida los dos lejos de aquí…
Madre: -Te daré plata, pero espero que no hagás una locura. No quiero perderte para siempre.
Soledad, feliz, se fue a contarle a Lihuen que ya podían partir. Él le propuso escaparse ese mismo día, pero ella le pidió 24 horas más para poder despedirse de su padre, de Juan y su querida mamá.
Lihuen: - No podemos correr riesgos. Tu padre no entrará en razones. Ya se acabó el tiempo, es hora de partir.
Angustiada por la partida, Soledad le dejó una carta al padre que decía: “Querido Papá, espero que no me busques, porque no me vas a encontrar. Así son las cosas, amo a Lihuen y no me voy a separar de él para casarme con un ricachón cualquiera al que vos querés, no yo. Te amo y te voy a extrañar. Tu hija, Soledad”.
El padre, enterado de lo sucedido, no soportó la ofensa de su hija y decidió pegarse un tiro con el arma reglamentaria que tenía del Ejército.
Soledad se enteró de este hecho mucho tiempo después. Lloró mucho, pero también sintió alivio por su madre.
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