La familia Brennan vivía su pacífica vida a expensas de Mario Brennan, el esposo, el padre, el único sostén familiar. El hombre era dueño de una marca de gaseosas muy prestigiosa y tenía un convenio con otra en EE.UU. por lo que sus ventas se expandían por todo el mundo. Afortunadamente, sus buenos negocios no habían impedido que estableciera fijamente su residencia en Buenos Aires, y al poco tiempo de casado encontró un lindo country donde construir lo que él llamaba “su humilde casa”. Tuvo una hija, Ema, que por supuesto fue enviada a las mejores escuelas que el dinero pudiera pagar y que siempre obtuvo lo que quiso. Hasta entonces todo había estado en perfectas condiciones. Pero Ema quiso aprender a tocar el piano. Él, que había pagado por las clases de danza, de equitación, de violín, de tenis (incluso había mandado a hacer su propia cancha, al igual que con los establos para los caballos), le consiguió el profesor particular y el mejor piano de cola.
Ema estaba encantada con su nuevo instrumento, pero más aún con su profesor. Mario tuvo suerte esta vez de que García, su cocinero, los escuchara haciendo planes para huir juntos. Sin perder tiempo hizo lo único que pudo hacer debido a su ligero problema de control de la ira y quizás porque esa noche no había tomado su medicación regular. Entró en la cocina donde sabía que el hombre se iba a encontrar, y como quien no quiere la cosa notó el cuchillo que estaba apoyado en la mesada donde García había estado picando. Estaba ligeramente cubierto con sangre por la carne cruda, pero pensó que no importaría. Le asestó una certera puñalada en la espalda y el joven cayó retorciéndose de dolor al piso.
-Mirá cuánta sangre por picar carne solamente- comentó Brennan de buen humor a García que se rió y mandó a llamar a las sirvientas para que limpiaran.
Así creyó que iba a terminar la idea de Ema de huir. Porque… ¿qué otra razón podía tener que ese profesor? De todos modos, no era ningún tonto, el próximo que pasara no iba a resultarle nada tentador a su hija.
Cuando comenzó a buscar a un nuevo profesor, encontró algo más conveniente a sus ojos. Conoció al hijo de su mayor socio: Ezequiel O’Connor, un chico de unos 25 años, un excelentísimo abogado bastante atractivo, que de inmediato enganchó con su Ema, viendo que su seguridad futura estaba garantizada. Un par de meses más tarde, fechada ya la boda, hizo traer a un tal Diego Carmini. Ezequiel le había comentado en una junta particularmente aburrida que lo había visto tocar en un pub y no había podido contener la risa de lo tonto que se veía. “En serio,” le había dicho “el hombre parece el perfecto estereotipo del nerd yankee que se la pasa jugando videojuegos todo el día, con los anteojos y la remera de Superman, todo”. Con esa descripción le parecía ideal después del modelito que era el otro, y al simple momento de abrirle la puerta se le rió en la cara. Un flaco alto, con anteojos exageradamente grandes para su cara, la misma remera de Superman, barba prolija y nada de músculos, además de su franca cara de estúpido.
-¡Luisa, traé a Ema!- le gritó a su esposa que salió corriendo a hacer lo que le pedía.- Estás contratado, tenés buenas referencias, ¿todavía querés el trabajo, no?
-Sí, claro, Sr. Brennan. ¿Ema es su hija?
-Y su alumna- en ese momento entró la aludida-. ¿Y? Ema querida, ¿Qué te parece?- le preguntó y empezó a reírse.
Diego extendió la mano para saludarla. Ema lo miró a la cara unos segundos y se volvió hacia a su padre.
-¿Puede apretar las teclas o no tiene fuerza suficiente?-preguntó con ese desdén característico de ella.
-Eso hay que ver. Diego tocáte lo que quieras.
El muchacho se sentó al piano sin levantar la cabeza y empezó a sonar música clásica por todo el gran salón.
-Parece que sí sabe lo que hace, ¿ahora te conformás?- le dijo Mario satisfecho a su hija.
-Se ve que tanto mover los dedos por el joystick le dieron fuerza-dijo como única respuesta.
Las semanas que faltaban para el casamiento se pasaron rápido para Ema, ahora que se entretenía tocando.
-Esto es un Si sostenido. Probá hacerlo- le dijo Diego.
-No, ya me cansé de practicar, por hoy. Ahora, como todavía no terminaron las horas que te pagan, te tenés que quedar para entretenerme. Así que contestame, como soy buena te voy a hablar de lo que te gusta, ¿qué película de Star Wars es tu favorita?
-¿No es demasiado suponer que por mi remera del otro día me gustan todas esas cosas?
-No es solamente eso, no sos nada lindo, tu aspecto atlético podría decir otra cosa, si fueras atlético, pero no parece por alguna razón, por ahí por los palos que tenés por brazos.
-¿Te cansaste de la práctica? Pasemos a la teoría entonces.
-A ver, ¿alguna vez tuviste novia con ese look de friki que tenés?
- No creo que eso venga al caso, así que…
-¿En quién te inspirás para vestirte así? Porque parece una mezcla de hippie con el vendedor de comics.
-¡Yo no soy ningún friki!, la remera me la regaló un sobrino, y hippie puede ser, por tu punto de vista, seguramente, todos los estudiantes de filosofía deben ser hippies.
-¿Estudiás filosofía?
A partir de entonces, a Ema le empezó a caer cada vez mejor Diego. Filosofía era la carrera que ella quería seguir, nunca iba a poder con tan lindo padre, pero admiraba a cualquiera que compartiera sus ideales. Había encontrado por fin una digna conversación en esa casa.
Un par de días más tarde, Ema le preguntó a su mamá cuando estaban solas qué pensaba de Diego.
-Parece un tonto, ¿viste? –le respondió Luisa afablemente, dándose de entendida de lo que pensaba su hija del asunto.
Ema le quiso seguir el juego.
-Si… extraño a mi profesor.
-Pobrecito, ¡qué espantoso accidente!
-Sí, menos mal que no escuchaste nada, ¿no?
-No, para nada.
-Y esas marcas que todavía te quedan en la cara son porque te tropezaste cuando quisiste atender el teléfono, no llamar a la policía.
-Sí.
-Pobre papá, no puede ni verte de lo tonta y torpe que sos porque cada vez que lo hace se encuentra con el recordatorio que por qué te caíste. De entrometida querías atender a tu amiga para que te cuente los chismes de siempre y porque sos nerviosa te alteraste y te pusiste a llorar y no pudiste ver por dónde ibas…
-Sí.
-Y esa misma noche mi pobre profesor era asesinado…-Luisa puso cara de horror- por ese cuchillo mal puesto. Hay que decirle a García que no los deje tirados en cualquier lado, pero seguro papi ya le dijo.
-¿Me llamaron?- García apareció en la puerta.
-No, no. Apenas te mencionamos, pero qué oído tan fino tenés, para escuchar lo que querés.
-Sí, me lo dijeron antes. Te hice tu favorito, Ema. Pastel de carne picada a cuchillo por mí- le dijo antes de volver a la cocina con una sonrisa amplia.
-¡Ah, acá estaban!-exclamó Brennan- Buscaba a Ema, vino a verla Ezequiel. Luisa, ¿no tenés que estar en otro lado?
-Ah, sí, sí. Ya me voy.
-¿Te gusta mi nuevo traje?- le preguntó Ezequiel a su futura esposa sin siquiera saludarla luego de no haberse visto en un mes.
-Mhh, le queda chico a tu ego, me parece.
Él se rió fríamente.
-No cambiaste nada de nada.
-Te fuiste un mes solamente.
-Entre dos personas que se quieren tanto como nosotros eso es una eternidad.
-O muy poco si se trata de dos personas que no soportan estar en su compañía.
-Tenemos que ir comprando muebles para la nueva casa en la capital.
-Que está muy cerca de la universidad- insinuó Ema mirando a su padre.
-¿Para qué querés estudiar y trabajar si Ezequiel gana muy bien? Tu mamá nunca se quejó de no hacer nada.
-Porque la mandaste a callar como siempre- refunfuñó ella sin que nadie escuchara.
Y ese fue el fin de la discusión. Habiendo apreciado la diferencia, Ema se dio cuenta de lo que sentía por su confidente Diego. Y así se lo hizo saber. Él también se había enamorado de ella y en unos pocos minutos trazaron el plan de cómo escaparse. Diego presentó su renuncia, alegando que su tío le había ofrecido un mejor puesto y Brennan no pudo oponerse.
Así llegó el día del casamiento que se oficiaba en la misma casa. Todo parecía normal, no había muchos invitados, la novia caminaba con su padre hacia el altar, el novio la esperaba ahí y Luisa lloraba sin sonreír. La ceremonia comenzó, pero no llegó a finalizar. Nadie gritó “¡Yo!” cuando se preguntó el clásico “¿Alguien se opone?”, pero en la parte en que Ema debía decir “Acepto” simplemente se dio a la fuga. Corrió hasta la entrada de su casa lo más rápido que pudo con ese pesado vestido, y cuando abrió la puerta vio efectivamente el auto donde Diego la debía estar esperando. Se sentó en el asiento del copiloto, pero, al mirar al conductor, vio que no era su amado sino García. Él miró hacia el asiento trasero, y ella siguió su mirada a un espectáculo que deseó no haber visto en toda su vida. El cuerpo de Diego estaba acostado en el asiento desangrándose de tres puñaladas en el pecho con la remera de Superman puesta. Sus ojos sin vida parecían mirarla. Ema intentó gritar pero no tenía voz. Las lágrimas no paraban de caer en sus mejillas. Sin fuerza se bajó del auto. Brennan estaba ahí parado sonriéndole.
-Siempre recordá que los padres están en las buenas y en las malas, hija.
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