Juan Aurelio Díaz del Solar, era un estanciero perteneciente a la alta sociedad bonaerense. Su vida había transcurrido entre viajes, lujos y una vida social digna de un príncipe. Eso sí, un príncipe muy especial porque se vinculaba con el militar más jerárquico, pasando por el eclesiástico más influyente y también por la regenteadora de cabarets más famosos del país. Y fue en uno de ellos precisamente donde don Díaz del Solar se enamoró perdidamente de Justina Fernández, una niña dulce que perdió su frescura juvenil muy temprano en manos del estanciero, porque su familia padecía la tortura del hambre y el flagelo de padres enfermos.
Al quedar embarazada la obligó a casarse con él y la frágil y dulce jovencita pasó a ser la sufrida esposa de un ser perverso. Cuando nació la hija de ambos, Díaz del Solar exigió ponerle de nombre Zoila Tonta del Pueblo, porque estaba muy decepcionado y ofuscado con el nacimiento de una hija mujer, ya que el quería un hijo varón para llamarlo Juan Manuel, como Rosas
Su esposa padeció todo tipo de tormentos por haber parido a una niña: La maltrataba física y psicológicamente, le hacía pasar hambre mientras la obligaba a ver cómo él degustaba manjares, ocupaba el lecho matrimonial con sirvientas que luego se burlaban de ella; y en ese ambiente se crió y creció Zoila Tonta, creyendo precisamente que era tonta; pero también su padre se encargaba de que así lo sintiera. La ridiculizaba en cuanto momento y lugar podía hacerlo.
La primera vez que acudió a una fiesta, Zoila Tonta se refugió, por timidez, tras su madre; pero un joven alto y de buena presencia la vio y sintió que sus fibras más íntimas vibraron. Se acercó respetuosamente: Soy José Ernesto de la Vega y mucho me placería si me concede esta pieza, dijo.
En ese instante Díaz del Solar, que estaba en el otro extremo del salón seduciendo a cuanta mujer se le cruzara, alzando el revolver y a los gritos dijo que su hija no bailaría con alguien que llevara esa barba (en alusión a la barba candado del joven unitario) empezó a correr hacia el joven y se patinó, trastabilló, y cayó derrapando sobre la mesa larga y maravillosamente servida. Cuando empezó a incorporarse todos estallaron en risa: la cara del cerdo decorado en la fuente estaba colocada en su cara aun con la manzanita roja (como su distintivo) entre los dientes, el resto del cuerpo era mezcla de cremas y colores que chorreaban sobre la panza prominente del estanciero. Cuando se incorporo trató de volver a increpar al joven, pero se volvió a patinar y dio su cabeza contra el filo de un mueble; y allí quedó tendido con la cara del cerdo puesta sobre su misma cara de cerdo, sin aliento y sin vida...él, que se creía dueño de otras vidas.
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