martes, 8 de noviembre de 2011

Un verano diferente, Lu R.

Después de dos años todavía recuerdo aquel verano que pasé en la estancia de mi padre, en Tandil.
Los días eran calurosos y se notaba la falta de agua de los últimos tres meses así que casi que no salía y me dediqué a estudiar piano, algo que siempre había tenido ganas de hacer.
Santiago, mi padre, había contratado a Ignacio Nedra, un profesor recién llegado de Europa, para que me diera unas clases intensivas y fue invitado a quedarse en la estancia durante toda la temporada. Yo sólo tenía permitido verlo durante los ensayos, que iban de 8:00 a 11:00 de la mañana y de 15:00 a 19:00 de la tarde y, por orden de mi padre, mi madre debía estar presente durante toda la clase para comprobar que nada sucediera entre nosotros.
Compartíamos tanto tiempo juntos que empezamos a conocernos mejor y se convirtió en uno de mis mejores amigos.
Cierto día entró en mi habitación Fermín, el capataz de la estancia, y me dijo que había una persona esperándome afuera. Cuando bajé me encontré a mi padre junto con el doctor Javier Montes de Oca, un millonario al que consideraban un buen candidato para mí. Por esto, Santiago me obligó a salir aquella tarde con él. Me apretó el hombro mientras me preguntaba si quería ir con Javier a tomar un café.
Cuando volvimos decidí firmemente que nunca le haría caso a mi padre y no me casaría con él. Solamente hablaba del dinero y de lo que me compraría pero yo estaba más interesada en el amor que estaba segura que Ignacio me daría. Por ello no podía dejar de pensar en él. Fue por esto que, cuando llegué me propuse hacer lo imposible por pasar más tiempo con mi amado. El problema era que Fermín iba cada media hora a mi cuarto para vigilarme y contarle lo que fuera que yo estuviera haciendo a mi padre. La única forma de lograr mi objetivo era contar con otra persona que también pudiera darle órdenes a Fermín. Mi madre era la única esperanza que tenía, por lo que le conté sobre mi amor secreto y juró que me apoyaría en lo que fuera.
Pasaban los días y mi rutina fue cambiando. Luego de mi segunda clase de piano, salía al lugar que mi padre o Fermín eligieran con el doctor Javier. Cuando volvía, mi madre le ordenaba a Fermín algún trabajo por lo que yo tenía algún tiempo para pasar con Ignacio. Esa era la mejor parte del día. Lo disfrutábamos y nos divertíamos  mucho.
Un día, al volver de mi paseo con Javier, encontré a mi madre llorando desconsoladamente y me di cuenta de que tenía la cara golpeada. Le pregunté qué pasaba, tratando de no imaginarme lo peor. Me dijo que había temido todos estos días que mi padre se enterara de lo que sucedía, por lo que decidió contarle todo. Él se había enojado tanto de que lo hubiéramos engañado que le pegó, cosa que acostumbraba a hacer, y le había dicho a Ignacio que si no se iba en ese instante lo mataría. Me di cuenta de que si no lo buscaba en ese momento nunca lo encontraría. Salí corriendo de la estancia, estoy segura de que Fermín me vio pero no me hizo nada porque mi padre no se lo había ordenado. Sólo habrá atinado a salir corriendo a contarle.
A lo lejos vi una silueta y enseguida reconocí a Ignacio. Lo llamé y cuando me vio una sonrisa iluminó su rostro y me abrazó. Nos dimos cuenta de que si no nos escapábamos enseguida nos encontrarían. Los dos pensamos lo mismo: irnos a España, su país de origen, aprovechando que él tenía un contrato de trabajo con una orquesta de Barcelona y que mi padre no podría entrar al país por razones políticas.
Fue así como nunca más supe de mi familia y lo agradezco porque luego de lo que hizo, no hubiera querido ver nunca más la cara de mi padre  y menos la de mi madre quien me decepcionó enormemente.

1 comentario:

  1. El escrito esta bueno, a mi entender se podría contar con un poco más de emoción esa historia de amor, pero esta bueno!. Nota: 2 (dos)

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