Antes de anoche me senté con mi padre a platicar, le conté lo bien que me va en el colegio, lo mucho que quiero a mis amigos, todo lo que extraño ser más pequeña y muchas cosas más. Entre largas palabras, salió el tema de su vida durante la dictadura militar acá, en Argentina.
Debo aceptar que fue muy duro escucharlo, lágrimas corrían por sus mejillas y yo sin poder hacer nada más que decir: “Papá, yo te quiero mucho”.
También, me contó sobre cómo conoció a mi madre. Su historia comenzó así:
-¿Sabes cielo? La época de la dictadura fue muy difícil para todos los Argentinos, más para los que somos de acá, bien porteños. Yo era de clase muy baja, nunca pude vestirme de Armani o de Etiqueta Negra, siempre fui muy gaucho y muy colaborador; en especial en ir a escuelas precarias a compartir mi felicidad con niños más pequeños. Nunca tuve mis estudios terminados, con suerte terminé quinto grado de la escuela primaria, mi madre sufría de violencia doméstica, asique decidí huir. ¿Sabés lo que es eso?¿Sabés lo que es pasar de ser tan feliz a tan infeliz? En la década del 60’ nadie se fijaba en nada, cada uno andaba en su rumbo, en su vida… Pero ya aproximándonos a la década del 70’ u 80’ la Argentina estaba descontrolada. Discriminación en todos lados, diferenciación, quién tenía más quien tenía menos. Por eso mismo, a los 21 años me encontraba solo, sin rumbo, sin nadie que me acompañase o que me brindara un abrazo.
Así fue que empecé a buscar trabajo, nadie me aceptaba por como soy, ves, mi gran diferencia de tamaño entre una pierna y otra, eso influye bastante a la hora de buscar trabajo. No sé cómo ni cuándo, yo, “montonero”, caí en la casa del jefe militar. Había una gran fila para la búsqueda de trabajo, eso me sorprendió muchísimo, encontré a un par de amigos allí, Héctor, no lo debés conocer, pero te lo he nombrado… bueno, la cosa es que el también estaba. Dada la típica humedad de Buenos Aires empezó a llover, todos empezaron a irse, pero yo no, yo decidí quedarme a ver si ese era el día en el que comenzara a trabajar de una vez por todas.
Luego de 3 largas horas de espera, debo aclararte que no estaba en las mejores condiciones, abrió la puerta una mujer de mirada triste y pálida, su rostro apagaba todos los colores de su bella vestimenta. Así fue que oí “Carmencita y Jorge, tenemos visitas”.
“-Ya te escuché querida, no tenés por qué gritar, estoy harta de tus ladridos por toda la casa mujer”- exclamó enfadada su hija.
“-Otro patasucia más me traes acá, igual me puede servir para limpiar los platos, si para ello no necesita mover las piernas feas que tiene- Agregó el padre”
Obviamente, la madre hacía sombra, no hacía comentario alguno. Desde ese momento, comencé a trabajar para esa familia, acepto que al principio no me gustaba mucho, pero me fui acostumbrando; y más cuando me fui encariñando con Carmencita.
Un día, su padre nos vio cerca, charlando, yo supuestamente estaba limpiando la ventana y ella se columpiaba constantemente. Se me acercó, me tiró la oreja y me dijo: Carmencita sólo tiene 16 años, vos ya tenés unos maduros 24, ojo con lo que le haces a mi hija porque te puede salir muy caro.
Pero ¿Sabés? El amor era más y más fuerte, y yo sentía algo adentro, como “maripositas” en el estómago cuando ella me preguntaba qué íbamos a comer, imaginate, una pregunta re estúpida, pero igual, yo moría de nervios. Ella era tan pedante, nunca tuvimos conversaciones muy largas, su seguridad y su personalidad arriesgada nos hizo seguir adelante. Así fue que a fines del 79’ decidimos huir, ella se había hartado de su padre sobreprotector y su madre había fallecido hacía ya 6 meses. Era nuestra oportunidad, recogimos sus maletas mientras su padre dormía y trepamos por un alambrado de unos cuantos metros que había rodeando la mansión. Dejé que ella pasara primero su valija, su tapado de Channel y después pasé yo con mis trapos sucios. Mientras estaba pasando, vi a un guardia de seguridad llamando al teniente, avisándole del asunto. Fue entonces cuando el señor general llegó, empujó a su hija con una gran golpiza y le ordenó que fuese a la casa, mientras que a mí, me miró, me desfiguró la cara a puñetazos y me dijo textualmente “No te quiero volver a ver cerca de esta casa, mucho menos de mi hija”. No me quedó otra opción que volver a hacer mi vida solo.
Llegué a un pueblo llamado Suipacha y vi un terreno que ofrecían regalártelo si ayudabas durante 3 meses a ordeñar vacas, obvio, lo obtuve. Poco a poco fui haciendo la casa que soñaba, que soñábamos (junto con Carmencita), 2 habitaciones, 1 baño, una cocina-comedor y un gran patio para que los niños jueguen.
Un día, la puse en venta, tan bonita y amplia, necesitaba de una buena familia, no de un croto como yo.
Una tarde soleada de verano, viene una muchacha preciosa, un poco más joven que yo, y me dice “Julio, tanto tiempo, ¿No te acordás de mi no?”, hice memoria, y ¡Adiviná quién podía llegar a ser!, Sí, la mismísima Carmencita, renovada, independizada, ya no vestía de Channel y estaba buscando una casa para poder despejar su mente, ya que su padre había sido asesinado 1 año atrás. ¿Cómo le iba a vender la casa que ella siempre había soñado?, le ofrecí que se quedara en ella sin costo, que podríamos convivir juntos, después de todo éramos personas maduras, cada uno con sus ideales y con sus cabezas bien puestas.
Eso no fue necesario, una noche de marzo, la luna llena, las estrellas brillaban, el campo estaba recién sembrado; me ofreció salir a correr desnudos, era la aventura que soñaba desde hace años, le dije que cómo no, y así fue que salimos, corrimos y gritamos. Llegamos con frío, después de todo, no era una noche muy cálida, la fogata estaba prendida y pensamos que no había mejor manera de calentarse que con el cuerpo del otro.
-¿Eso es todo?- Concluí
-Nueve meses después, naciste vos, hermoso ser- Agregó.
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