martes, 8 de noviembre de 2011

Proximamente “monja”, Francisco

Los Eta eran una típica familia normal del momento, se juntaban todos los domingos a ver las peleas de reos y en la mañana iban a misa.
Dolores se acerca a la ventana del patio, el marido la mira con cara de bebé probando limón y baja para salir al jardín.
-Les dije que no me gusta que a los fiambres me los apilen en la glorieta, nos afean la vista.- Dijo Justo a Miguel señalando a los “trofeos de lucha”.
-Dejámelos en  los juegos de los nenes, así se divierten un poco…- Se da vuelta y ríe disimuladamente. Entra en la casa, relojea a su mujer para ver si todo estaba correcto y se dirige a la habitación de la hija, que en unas semanas entraría al convento.
-Mi corazoncito, ¿cómo te preparás? ¡Bueno me imagino que bien!- Especifica rápidamente. En la tarde viene otro maestrucho para que te enseñe algo de… algo de, eh… ¡de lo que te enseñan esos! El anterior no me caía bien, era un peroncho, asique ya sabés dónde está. Por las dudas, te aviso que el nuevo maestro no revise la parte de los juegos de Martin y Matías en el patio…- Dice con una sonrisa en el rostro mirando los posters de la habitación de Ester.
-Amorcito sabés que no tenés que hacer esto… Richi es un buen pibe, yo te di para elegir, o él o el convento… ¡Querida algunos ni tienen para elegir!
Se escucha el sonar de un timbre ronco de desgaste. Es Ricardo que viene a ver si puede convencer al señor Eta que no le dé opción a su hija. Atiende Miguel.
-Buenas tardes Miguel, veo que tenés un poco de trabajo.- Dice risueñamente Richi entrando a toda velocidad a la casa, se tira en el sillón a esperar que baje Justo, se le acerca Dolores, Justo toca planta baja y bruscamente le grita:
-¿Para dónde vas? La visita no es para vos…
-Quería ver quien era…
-¡Vos no ves nada! Y que no se te ocurra salir de la cocina… ba, ba, ¡a la cucha!
Ester escucha los gritos del padre y baja corriendo para ver qué pasa.

-Papá, papá, ¿qué pasa?, ¿qué pasa?
-Otra, que te importa a vos, entrometida, estoy rodeado de boludos yo…
Ricardo se levanta del asiento.
-Richi querido… obvio que no me refiero a vos, si sos un genio, ¡un grande entre los grandes!
Ricardo lo mira a Justo con cara de que ya lo sabía. Ester ve al millonario pretendiente y enfurecida le grita al padre:
-¡No me pienso casar con esta culebra, que se vaya, no tiene nada que hacer acá!
El continuo griterío se escuchaba desde tres largas cuadras. El nuevo maestro de Ester ya estaba en la cuadra pero no se animó a entrar. En la noche el padre lo sigue esperando por las dudas, pero este se aparece al otro día.
-Buenas tardes seños Eta. Dice Jorge con voz temblorosa.
-Hola, ¿me imagino que te equivocaste de día no?
-Si si señor…
-¡Rajá de aca inútil! ¿Te pensás que soy boludo?
-No no señor.
-¿Cómo que no? ¡Te vas!
-Si si señor, hasta luego.
-Ni se te ocurra acercarte de nuevo a mi familia pedazo de infeliz…
La semana fue terrible para Ester. El sábado, antes de entrar al convento, hace sus anotaciones para no olvidarse de nada, a todo esto entra Miguel, espía las anotaciones de la muchacha y va corriendo a buchonearle al padre:
-¡Don Justo! ¡Don Justo!
- No grités que no me dejas escuchar la radio, ¡no escuché de quién era el gol!
-Disculpe señor, la niña, la niña anotó todo en un cuaderno, quiere irse rápido.
-Ja… No se va a ningún lado. ¡Ester!
-Si papito querido. Grita Ester desde su habitación.
-¡Baja ya!


La niña llega a toda velocidad para que el padre no suba y vea sus cosas.
-¡Mira pendeja, no te vas a ir a ningún lado! No voy a tener a ninguna monjita en la familia y punto.
-Vos decidiste eso papá.
-¡Qué decís pedazo de excremento de reo! Monja te voy a dar.
Ester se aproxima a la puerta, la madre mira la escena desde la cocina, Ricardo llegó y espía por la ventana.
-¡Me voy de acá viejo desorbitado!
Abre la puerta, el padre se pone desquiciado, Miguel entra a la casa.
-Pibita insolente, no te atrevas, si no estás en mi casa no estarás en ningún lado.
Justo saca el revólver y apunta a su hija, Miguel se le cruza en el medio y le dispara.
-Correte pelotudo, soldados insolentes… ¡Y vos vení para acá o te vas a arrepentir!
Aprieta el gatillo de nuevo y le da a Ricardo sin querer, se comienzan a escuchar gritos en la calle, una marcha llega y allana la caza, era diez de diciembre del ochenta y tres.
El maestro Emilio había llamado a la multitud. La niña logró escapar, junto a su madre, a un país vecino. 

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