miércoles, 31 de agosto de 2011

La pregunta de sus ojos: Un cuento policial, Maite.


Miré la hora, habían transcurrido diez minutos desde la llamada de Chaparro, “Lo tenemos, está en la comisaría, lo vamos a interrogar, cuando termine voy para allá” había dicho. ¿Cuánto duraría un interrogatorio? ¿Una hora? ¿Dos?, me pregunté.
Chaparro me había citado en la Plaza Once, un martes 1 de Mayo de 1972, para darme las novedades del caso. Eso a mí me volvía loco, porque las novedades podían ser tanto buenas como malas, era cierto que lo habían detenido, pero no sabía con certeza si iba a confesar su crimen, ni siquiera sabía si él era el culpable del asesinato de mi esposa.
Pensé en ella, en Liliana, en el día en que la conocí y en el último día en que la ví, esa mañana mientras desayunábamos juntos, lo recordaba con detalles, había repasado esa escena cientas de veces en mi cabeza durante los últimos tres años.
Pero también recordaba el momento en el que vi llegar a los oficiales a mi oficina en el banco “Tenemos que hablar con usted, hay algo que tenemos que comunicarle” habían dicho, se veían nerviosos, incómodos “Su esposa Liliana fue encontrada asesinada hoy”. Pero prefería no pensar en ese momento, había sido demasiado triste, el momento en que toda mi vida se había derrumbado. Recordaba específicamente las palabras de uno de los hombres “Soy Benjamín Chaparro, prosecretario del Juzgado de Instrucción, mucho gusto, lo voy a ayudar en todo lo que pueda, cuente conmigo para eso” había dicho. Y era a ese mismo hombre a quien estaba esperando ahora, ese hombre quien, efectivamente, me había ayudado muchísimo durante los años posteriores al asesinato de Liliana.
Recordaba la primera vez que me había citado en el bar de la calle Tucumán al 1400, me habían llamado a su casa para decirle que tenían novedades sobre el caso. Luego Chaparro me diría que no era así, que en realidad Sicora y Romano, según él unos pelotudos con los que desafortunadamente tenía que trabajar, habían acusado a dos albañiles y los habían molido a palos, para después enterarse que los pobre hombres no habían ido a trabajar ese día, pero que me quedara tranquilo porque ya había hecho la denuncia.
La siguiente vez que vi a Chaparro fue los primeros días de Diciembre, en el mismo bar, cuando le comuniqué que iba a deshacerme de las fotos de Liliana, y que quería compartirlas con él porque me parecía que sería una buena forma de despedirme de ella. En ese momento no sabía cuánto cambiaría mi vida ese día.
Comenzamos viendo las fotos de Liliana cuando era chica, luego las del cumpleaños de 15, y así seguimos hasta las del casamiento, pasando por cuando Liliana se recibió, en el río con amigos, en un pic-nic y las de cuando éramos novios.
De repente ví que Chaparro se había puesto serio “¿Conoce a este pibe?” me preguntó señalando una de las fotos del cumpleaños de 15, “Sí, Isidoro Gómez, era amigo de Liliana”, le contesté. “Esta mirada…Morales, me parece que este puede ser nuestro hombre…” me había contestado sin dejar de observar a Gómez en la fotografía, “¿Sí? ¿Le parece? ¿Por qué lo dice?” pregunté, “No sé, esa mirada…me dice algo, no se… ¿usted puede averiguar dónde se encuentra Isidoro Gómez ahora?. Le contesté que  le podía preguntar a mi suegro, que si él no sabía alguien del pueblo seguro que sí, me dijo que sí, que hiciera eso y que lo llamara.
Y eso hice, Delfor Coltotto me llamó al día siguiente, había hablado con la madre de Isidoro y le había dicho que éste se encontraba en Buenos Aires.
Llamé a Chaparro para comunicarle esto y me dijo que lo esperara un par de días, que iba a consultarlo con un tal Báez, que trabajaba con él.
Diez días después, Chaparro me volvió a llamar, el día anterior había hablado con Báez y habían acordado en detener a Gómez para hacerle algunas preguntas, pero que los habían llamado para comunicarles que, como se esperaba, Gómez se había ido de la pensión donde se alojaba hacía tres días, sin dejar ningún dato. Le había dicho a su capataz que se volvía a Tucumán, cosa improbable, pero que estaban seguros de que Gómez podría haber matado a Liliana: había llegado tarde por primera vez al trabajo el día del hecho.
Fue ahí cuando me dije que si la justicia no lograba encontrar a Gómez, yo lo haría. Me decidí a buscar todos los días en las distintas terminales de la ciudad, cambiando todos los meses hasta que lo encontrara, y confiaba en poder reconocerlo en caso de verlo.
Unos días después recibí un llamado de Chaparro diciéndome que  la investigación seguía, que no iba a darse por vencido y que había conseguido una orden de averiguación de paradero de Isidoro Gómez.
Luego de eso, no volví a oír de Chaparro hasta que tres años después recibí ese llamado diciendo que lo habían encontrado y que lo estaban por interrogar.
Volví a mirar la hora, había transcurrido hora y media, “¿Cuanto más se irá a tardar?” me pregunté.
-Morales-escuché.
-Chaparro, ¿cómo anda tanto tiempo?-contesté nervioso- ¿hay novedades esta vez?
-Sí, déjeme que le cuente todo. A Gómez lo agarraron de una forma muy estúpida, se peleó con un policía en la estación de subtes por querer viajar sin boleto, la policía lo detuvo, se enteraron que tenía una orden de arresto por homicidio y nos lo mandaron a nosotros. Bueno, le cuento lo importante, el interrogatorio. Al principio Gómez negó tener cualquier relación con el caso, por lo que le pregunté directamente si había matado a Liliana y lo volvió a negar, a esa altura yo ya había perdido la esperanza, si Gómez no confesaba lo íbamos a tener que soltar ya que no teníamos ninguna prueba sólida contra él.
Y entonces entró mi compañero Pablo Sandoval, y a él es a quien le debe el éxito de esto. Comenzó a decir que él no podía haber sido porque no era lo suficientemente fuerte ni lo suficientemente hombre como para haber violado y matado a  una mujer así. Y ahí es cuando Gómez saltó, al parecer no aguantó que lo subestimaran así, y confesó todo, tal como nos lo habíamos imaginado. ¡Ah! El juez ya firmó la prisión preventiva por homicidio calificado.
-¿Y ahora?- pregunté.
-En un año o dos le darían prisión perpetua definitivamente, pero no se preocupe, tenemos su declaración, no se nos puede escapar- acabó Chaparro con una sonrisa.
Me quedé en silencio ¿Así de fácil había sido?, ¿En verdad había terminado?, ¿Podía ser posible que en un par de años el asesino de mi esposa estuviera cumpliendo su sentencia?. Me sentía confundido, por un lado estaba feliz de que al hijo de puta ese lo fueran a meter a la cárcel, pero por otro lado me sentía…vacío, como si mi vida ya no tuviera sentido…¿Qué me quedaba ahora? Nada.
-Gracias-fue todo lo que dije- y agradézcale también a su amigo Sandoval, gracias a los dos por toda su ayuda-dije casi sin pensar.
Alcé apenas la mano y me perdí en el gentío.

2 comentarios:

  1. Original planteo de la situación al hacer el relato en primera persona por parte del marido de Liliana. Detalles y emociones muy bien descriptas. Muy bien secuenciado, excelente ortografía y puntuación.
    Excelente------3

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  2. Maite; el juego temporal que se plantea al inicio,la analepsis, convoca a la incertidumbre que como un gancho nos engancha y nos envuelve en los enigmas de este caso. El título, "La pregunta de sus ojos", se me vuelve pregunta y, también, constatación; claro son mis ojos de lector.
    "¿Qué me quedaba ahora? Nada", se pregunta y responde el narrador; y esa sensación de vacío, a breves renglones del final, es la que nos asalta a los lectores; la certeza de saber que llegamos al final de una historia, pero con ganas de seguir leyendo.
    Atrapado en la letra, me quedé con ganas de leer más. Hay un momento en donde el narrador dice: "Pensé en ella, en Liliana, en el día en que la conocí y en el último día en que la ví, esa mañana mientras desayunábamos juntos, lo recordaba con detalles". Me gustaría leer los detalles, los aromas de ese último día. Maite, tu cuento me pareció excelente.

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