miércoles, 31 de agosto de 2011

“Prisión Perpetua”, Malena


    Ricardo Agustín Morales era un hombre completamente normal. Nunca se había destacado en nada, se describía a sí mismo, y con acierto, como una persona que no había marcado en nada a alguien o algo en toda su vida. Nunca había tenido nada bueno. Nunca le había sucedido algo interesante.  Nunca había hecho algo remarcable. Ricardo Agustín Morales era un hombre aburrido, se podría decir, hasta el 16 de noviembre de 1966. A partir de ese día todo fue diferente, o más bien, él fue diferente. No importó lo tímido que era, cuando vio entrar a Liliana Colotto al banco decidió que el resto de su vida dependía de lo que hiciera frente a esa joven. Y lo que él hizo fue sobreponerse a su timidez, cambiar su forma de ser, para conquistarla.
    Morales realmente no podía creer que Liliana fuera su novia, que Liliana fuera su esposa, ni que él fuera tan feliz junto a ella. Por eso, no pudo sorprenderse demasiado cuando el 30 de mayo, dos años más tarde de haberla conocido, le comunicaron su muerte. Pensaba que en cierto modo era algo así como que el universo hubiera querido mostrarle cómo podía ser su vida de maravillosa, al contrario de lo que había sido hasta el momento. Él sabía que tanta alegría no podía estar bien, pero se confió. Y antes de que se diera cuenta, su felicidad había desequilibrado la dosis que le corresponde a cada uno de cosas buenas, y para compensar en lo que se había pasado debía quitársela de una manera más que cruel.
     Un inspector llamado Báez y un prosecretario de un juzgado, un tal Chaparro, fueron a su trabajo a darle la trágica noticia. Liliana había sido asesinada y violada en su casa, y Morales se enteraba de esto en la sucursal del banco a los pocos minutos de que pasara. El entonces joven y alto bancario había vuelto a la nada que era antes, pero peor.  Ese día, no sólo murió Liliana, sino también su marido.
     Por alguna razón que Morales no sabía, el único vínculo que pudo establecer después del asesinato con otra persona fue con el tal Chaparro. Benjamín Chaparro. El viudo por alguna razón quiso mostrarle fotos de Liliana. Y de alguna manera este hombre notó algo que nadie que había visto esas imágenes había notado: en cada una en la que aparecía ella, en su pueblo, con sus amigos, había alguien que se repetía y que siempre salía igual. Un joven, de pelo negro y tez pálida, que siempre la miraba.
     Morales no descansó hasta saber el nombre de ese joven. Y luego de eso, no descansó hasta encontrar a Isidoro Gómez. Cada tarde salía de la sucursal y se iba a una estación de trenes diferente, los lunes y miércoles en Constitución, el jueves en Once, y el martes y el viernes en Retiro, a esperar verlo bajarse o subirse a algún tren. Nunca lo vio. Pero sí, un martes Chaparro lo encontró a él. Habían atrapado a Gómez y éste había confesado. Le correspondía cadena perpetua.
     La próxima vez que se encontró con Chaparro fue en un bar. Pero no le dijo nada que no supiera. A Gómez lo habían soltado por amnistía hacia unos días. “Si yo fuera usted, la verdad que…” intentó decirle Chaparro. Pero Morales ya lo había pensado y le parecía demasiado poco asesinarlo. No ganaba nada más que una venganza sin sentido, y él quería justicia.
     Los años pasaron. Morales se mudó a Villegas, un pueblo en Buenos Aires. Siguió trabajando en el banco, rechazando los ascensos que le ofrecían. Se compró unos campos, con una casa. Nunca se recuperó de la muerte de su esposa y nunca dejó de amarla. Volvió a fumar, lo había dejado por ella. Y esto acabó con sus pulmones.  Tuvo que inyectarse fármacos él mismo para lidiar con el dolor. Y por último tuvo que inyectarse una impresionante cantidad de morfina para suicidarse.
     Chaparro recibió una carta de Morales después de tanto tiempo sin escuchar de él. Entendió que su amigo, porque a fin de cuentas eran amigos, planeaba quitarse la vida. Respetó su decisión y eligió hacer el favor que le pedía. Manejó hasta la casa de Ricardo y lo encontró muerto en su cama. A su lado había una segunda carta. Con otro favor que debía realizar antes de llamar a la policía. La leyó entera y luego volvió releerla porque lo que contaba era algo que jamás se había asomado en su imaginación. Se dirigió casi corriendo al galpón en la parte de atrás de la casa y abrió la puerta quitando el candado rápida y atropelladamente. Antes de que ésta se cerrara tras él tuvo el ademán de retroceder un paso ante la escena que tenía enfrente, golpeando la puerta metálica cuyo sonido retumbó en todo el galpón. Había una jaula. Y dentro de ésta, el cadáver de Isidoro Gómez, cumpliendo su sentencia de prisión perpetua. 

2 comentarios:

  1. El trabajo está bueno pero, tal vez, le faltó un poco más de originalidad al relato. Queda muy pegado a la historia original. Hay que destacar la buena redacción. Bueno (1)

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  2. Concuerdo con marcelo, igualmente me parecio una historia muy buena pese a que se parece mucho a la originl, felicitaciones (2)

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