Aquella fría mañana de 1968, atendí el teléfono. El estúpido de Romano que trabajaba con migo como prosecretario en el Juzgado de Instrucciones de Buenos Aires, se burlaba de mí. Porque al ser las 8:05 de la mañana y luego de una larga pernoctada en el sillón negro, debía hacerme cargo de un caso de suicidio y quién sabe cuánto tardaría.
Me comunicaron que se trataba de una mujer joven de la cual su nombre no se sabía y parecía tener poco más de 20 años.
Me dirigí hacia allá. Cansado y molesto, fui a encontrarme con el oficial a cargo, Alfredo Báez. Era un policía honesto y lúcido, al que le gustaba mucho su trabajo.
Luego de ver ese horroroso desastre que habían hecho con la hermosa mujer, Liliana Colotto, cruzamos un par de palabras y fuimos a encontrarnos con su esposo, Ricardo Agustín Morales. Él trabajaba en un banco muy importante de la ciudad, pero su puesto era en la caja. A pesar de que su sueldo no era el mejor, tampoco era de $2.
Cuando se enteró, no lo podía creer. Era un chico con un cuerpo muy trabajado y se veía demasiado inteligente, en ese momento, todo se le cayó al piso. Sus fuertes músculos terminaron, como si nunca hubiese movido un dedo, sus ojos se cayeron junto con sus lágrimas y sus labios. Su mundo se volvió gris y todos los árboles verdes de su corazón, se pusieron marrones y prácticamente muertos, al igual que sus ilusiones.
Al terminar eran casi las 4:00 hs. de la tarde. Cuando llegue al Juzgado, le comente a Sandobal, mi compañero, lo ocurrido. Él era un chico muy capaz, con muchas ganas de aprender pero, como todo, tenía un problema.
El ALCOHOL.
Romano –el pobre idiota del que anteriormente les hablé- escucho detrás de la puerta. ¿Para Qué? Eso me formuló un grave problema además de los que yo ya tenía.
Al día siguiente, fuimos a buscar testigos. Una señora, vecina del viudo, nos dijo que había unos chicos trabajando por ahí, pero que ese día no habían ido. También comento, que el chico encargado del suicidio era petiso y morocho. Luego de un rato se acordó que él bahía entrado poco después de que Morales se fue rumbo al trabajo.
Esto nos hizo pensar que ese un chico o porque no una chica disfrazada la conocía a Liliana.
Al hablar con Báez, llegamos a la conclusión de que no, porque Colotto se llevaba muy bien con todo el mundo. Al hablar con Morales nos enteramos que el chico al que ella le solía comprar los perfumes, se drogaba, y que cada tanto la asustaba con alguna cosa y tal vez, esta vez llego a un punto extremo.
Al hablar con él e interrogarlo, no nos pudo decir demasiado ya que sus neuronas prácticamente no funcionan así que, por las dudas lo tratamos como prisionero, pero en la comisaría, ya que el caso no era concreto.
Como habían pasado prácticamente 6 meses, le dije al insoportable de Morales que se había comprobado que el culpable era el hippie y dimos el caso por serrado.
6 Meses más tarde, con el aburrimiento que tenía encima, como jubilado, decidí volver tomar el caso, ya que fue el único que no serré, obviamente, las culpables eran mis dos mujeres, como ellas son muy inteligentes y vivas, o por lo menos mucho más que los hombres debía darles lo que correspondía. Tenía que hacer la separación de bienes. Volviendo al tema, era todo muy complicado y no teníamos nada hasta que una vez, en la espantosa parada de cucarachas y algunos trenes me encontré a un chico con las mismas características del autor del crimen.
Le pregunté si me hacia el favor de acompañarme al Juzgado y como buen joven, me lo negó. Yo ya me lo imaginaba. Llame a la policía y le pedí que lo levanten y lo bajaran en el Juzgado. En el transcurso del viaje llame a Morales y a Sandobal para que me acompañen y me ayuden. Porque luego de eso íbamos a descubrir, con mucha suerte, quien era el culpable de ocasionar nuestras infelices vidas, porque todos los “buenos” dependíamos de un “malo” que tal vez hizo lo que hizo, por algo tal vez razonable.
A todo esto, él sin neuronas, seguía preso por las dudas.
Al llegar al juzgado, Morales lo saludo, como si se conocieran y fuesen grandes amigos. Entonces lo llame y le comente que él era uno de los pocos culpables que teníamos. Él me dijo que era imposible porque lo habían invitado a su casamiento, en el cual había solo 70 personas por que el costo no daba para más. El chito era amigo de Lili y solían hablar bastante.
Yo le pregunte si alguna vez entre ellos dos no había habido ningún hecho amoroso. Morales me dijo que francamente que no se acordaba y que no le pareció nunca escuchar a su amada comentarle una cosa así.
En ese momento llego Sandobal que al hablar con la secretaria, se entero que ese morocho era un posible culpable así que procedió a interrogarlo sin consultar a nadie, mientras yo hablaba con el viudo.
Fue algo francamente raro. Su interrogatorio, luego de una noche de resaca en un principio no fue el mejor, pero quien sabe, tal vez él fue el culpable.
Unos 5 años después me llegaron los agradecimientos de Morales, por no haberme dado por vencido y haber seguido con su caso, a pesar de que, yo ya estuviese jubilado. Esto me hizo acordar del pobre Gómez que estaba en la cárcel, fruto de un amor no correspondido. Y a darle las gigantescas gracias a Sandobal, aunque en un principio al enterarme de lo que había hecho casi lo mato.
Dos días más tarde fui a preguntar dónde estaba Gómez, me dijeron que había fallecido. En ese mismo momento fui a decirle a Morales lo ocurrido y a darle las gracias por tenerme en cuenta, cuando me encontré a un montón de personas saliendo de su casa con un Ataúd. Pregunte qué pasaba y me dijeron que iban al entierro. En ese momento no sabía de quién. Los seguí y me encontré con el cuerpo de mi amigo, si se puede decir, Morales.
Su madre me dijo que luego de darme la carta de agradecimiento, se mató. Me da muchísima lástima que allá hecho esto, pero quien sabe. Ahora tal vez ellos pudieran estar juntos y felices, y porque no hacer todo lo que acá no pudieron.
Hay algunos detalles de redacción. 1
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