Yo ya no estaba en la gran ciudad de Buenos Aires, me había ido, fugado a decir verdad. Tenía demasiado miedo de que algo me pasara, y la verdad que me sentía más seguro en el interior donde no suceden cosas tan macabras como el asesinato de Liliana Colotto. Ese asesinato... cada vez que lo re cuerdo se me pone la piel de gallina, me costó resolverlo pero quedé satisfecho cuando al fin le pude decir a Morales “Yo, Sandoval, pude resolver el caso tan solo con que me respondieras unas preguntas; Gómez, ese es el asesino”.
No fue un caso fácil, en todo el tribunal se hablaba de eso y nada más que eso. Fue muy astuto de parte de Gómez, nadie pensó que él la había matado.
No me acuerdo la fecha exacta pero sin embargo, no se por qué tengo muy en claro que era sábado. Estaba lloviendo y yo miraba el noticiero, cuando el cartero me tocó la puerta, en ese momento yo me sorprendí, casi nunca me llegaban cartas y menos con urgencia como aquella. La carta era concreta y sencilla. Estaba escrita en computadora con papel barato, color mate y fino. En ella estaban escritas seis oraciones.“1. Te necesito. 2. Llámame a mi número, lo agendé antes de despedirte en la terminal. 3. Esto es una urgencia. 4. No pude cumplir la promesa, el cigarrillo me está matando. 5. Me quiero ir con mi esposa, la extraño. 6. Nunca voy a terminar de agradecerte por todo lo que hiciste, te doy las gracias por décima vez.” La carta no tenía firma, ¿se suponía que yo tenía que saber quién era? Revisé contacto por contacto de mi celular, resulta que al releer la carta por tercera vez, pude identificar de la promesa que aquella persona hablaba en la oración cuatro, y ahí fue cuando tuve la certeza de que era Morales. En ese preciso momento bajé del departamento y me dirigí al kiosco más cercano del lugar, me cargué 50 pesos de crédito y lo llamé. Llamé cinco veces y nadie atendió. Al ratito me llega un mensaje, “deberías haber llamado hace un mes, ya no puedo hablar, como dije antes el cigarrillo me está matando” apenas leí ese mensaje tuve una cierta intuición que lo que Morales me quería comunicar era verdaderamente importante y que si se había comunicado justo conmigo era con respecto al asesinato, ya hace largos años que no hablábamos. Le respondí su mensaje diciendo: “Recién hoy me llego tu carta, desearía que puedas hablar, le tendrías que haber hecho caso a tu esposa, ella te lo anticipé. ¿Por qué querías que te llame? ¿Pasó algo?” No pasaron 5 minutos que me respondió “Te necesito acá, necesito que me hagas el último favor antes de mi muerte.” Mi intuición me decía que Morales traía algo no muy bueno entre manos. No respondí el ultimo mensaje, fui directo al aeropuerto a sacar un pasaje para estar allí, con él, lo antes posible. Apenas llegué a Buenos Aires no supe hacia dónde ir, entonces le mande un mensaje preguntando por su dirección. Pasaron horas y Morales no contestaba. Entonces decidí pasar el tiempo y fui a ver cómo andaban todos mis ex-colegas en el tribunal y ahí fue donde me llegó una segunda carta; esta era más larga que la anterior y decía así: “Yo sabía que tarde o temprano volverías a visitar Tribunales, pasaste un largo período de tu vida aquí, por eso decidí mandar la segunda carta justo a este lugar. Me anticipé a mandar la carta con miedo a que mi muerte te haya ganado, vos siempre me decías hay que estar un paso adelante. No sé lo que sabrás hasta ahora, no se hasta donde te habré dado información, por eso, tal vez repita cosas que vos ya sepas. Te pedí que me visites y supongo que si sigues tan alcohólico como antes no debes recordar mi dirección –La prida 77- no queda lejos del tribunal, pero por favor te pido que lleves el auto, tal vez lo necesites. Es el ultimo favor que te voy a pedir, mi muerte se acerca y hay algo que quiero que sepas... por favor ven a mi casa, aquí te lo mostraré”. Mi mente quedó pensando… ¿Qué me tiene que mostrar?
Al día siguiente fui a visitarlo. Toqué timbre varias veces pero nadie respondió, entonces me tomé el atrevimiento de pasar sin que nadie me lo permita. Apenas traspasé la puerta me encontré en el living de la casa, un ambiente muy amplio. Allí había una gran cantidad de sillas ubicadas en hilera que se dirigían hacia la cocina, donde estaba Morales tirado en una de ellas con una pistola en la mano y sangre en el estómago, no podía creer lo que ví. Me alejé del cuerpo y seguí recorriendo toda la casa hasta que finalmente llegue al “cuarto de fotos”. Así lo llamaba Morales, era donde se pasaba la mayor parte de su tiempo viendo fotos de su hermosa esposa. Había una luz que dirigía hacia un video. Lo metí en la disquera y puse play. En el video aparecía Morales. Estaba muy cambiado, se había dejado crecer la barba y era pelado, estaba muy destrozado, se ve que el cigarrillo verdaderamente lo estaba consumiendo. Casi irreconocible. En el video me dijo que visite el altillo que me tenía una “sorpresa” de la cual se quería deshacer hace mucho tiempo pero no tuvo las agallas. Me pidió por favor que deje las cosas como estaban si no lo iba a hacer desaparecer. Yo ya no sabía qué imaginarme, podría ser cualquier cosa. El video finalizo con Morales diciendo ojo por ojo, diente por diente.
Dudé en dirigirme hacia el altillo, no quería líos pero finalmente la curiosidad me ganó.
Cuando abrí la puerta no podía creer lo que veía, no entendía cómo Morales pudo ocultar esto. Recién en ese momento se me vino a la mente todo lo que el pobre viudo sufrió con la muerte de Liliana. En el altillo estaba Gómez atado a una columna que irrumpía el paso. Al lado de Gómez había una pastilla con una carta que decía; “se traga esto y él ya no existe más. Hacelo por mi.” No podía hacerlo, la culpa me iba a matar con el tiempo si lo hacía. Así que decidí alejarme de a poco, pero una voz me detuvo. Gómez me estaba pidiendo que le diera la pastilla, tarde o temprano moriría. Yo tomé aire y dije: “Esta bien.” Se la metí en la boca y el solo la trago, al instante ya no tenía pulso. Llamé a la policía haciéndome el sorprendido de todo lo que había visto. Sabía que no investigarían quien habría sido el culpable. En ese momento Gómez no tenía nadie que se preocupara por él, y la policía, sin presión, no funciona. Así es la justicia, al fin y al cabo el que verdaderamente quiere justicia, lo debe hacer por mano propia.
No entiendo de donde saqué las agallas para darle la pastilla a Gómez, pero pienso que hice feliz a mi amigo quien me confió uno de los más grandes secretos. Nunca voy a olvidar ese día. Es una mancha en mi vida; no sé si hice bien o mal, solo me dejé guiar en ese momento. Pero por sobre todo me sorprendió cómo la policía no hace nada si no se lo pone en aprietos. Pero bueno, no se puede culpar a nadie, todos somos responsables.
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