Todo quedó en silencio. Parecía que a partir de ese día gris del entierro de Morales, todo quedaría en paz, la historia había terminado. Para todos los que lo conocían. Había sido un pobre tipo, bueno, inofensivo y cordial, que no había logrado resistir la ausencia de su amada y por ese motivo, sumido en la depresión, se había enfermado irremediablemente hasta llegar a la fatal decisión de quitarse la vida.
Cuando el oficial llamó a Vallejos para decirle que se quede de consigna, debo reconocer que me puse un poco nervioso, ¿sería que descubrirían lo que yo había hecho? Por suerte cambiaron de idea y todos nos fuimos del lugar.
Pasaron los días y no podía sacar de mi cabeza las imágenes que había visto en el campo de Morales. Sabía que debía volver pero no me sentía lo suficientemente fuerte para hacerlo. Para mi sorpresa, recibí un llamado telefónico de la comisaría del lugar, requiriendo mi presencia en la Unidad para hacerme unas preguntas. Obviamente no pude evitar sentir nuevamente ese oleaje de sentimientos encontrados, nervios, angustia, temor, intriga. No me hice esperar y saludé cordialmente al entrar al despacho del comisario. Observé a varios oficiales que conocía de mi época de empleado del Juzgado que me miraban de forma despreciable, también el comisario se mostró poco amable, totalmente diferente a cuando nos habíamos conocido en la casa de Morales. No pude aguantar el silencio ensordecedor y comencé a preguntar qué había sucedido y el por qué de mi citación. Enseguida el comisario hizo salir a todos los oficiales y empleados del lugar y sólo ordenó que quedara uno como secretario, explicándome en ese momento que había surgido algo imprevisto para todos y que yo me encontraba por el momento como imputado, por lo que me iban a fichar y solicitar mis antecedentes, para luego recibir mi declaración indagatoria ante la Fiscalía.
No entendía nada, por lo que conociendo mis derechos, exigí que se me explicara por qué estaba imputado, qué había hecho, supuestamente. El comisario tomó asiento en su enorme sillón, respirando profundamente, mientras me miraba de forma inquisidora. Yo estaba cada vez más nervioso, pero sabía que debía mantenerme tranquilo dado que sabía que todo se observa en ese momento. El comisario, comenzó diciendo que a los dos días del hecho, el Juez había ordenado una nueva requisa en el lugar para controlar que no hubieran quedado pistas o pruebas sin levantar en ese momento donde todo se hace rápido con cierto nerviosismo por la situación. Que para ello, se asignó a un investigador renombrado, que ya había realizado investigaciones para la Brigada y para la Policía Federal , de nombre Juan Almeyda. Este había llegado al lugar y advirtió el comportamiento extraño de los perros del lugar, que ladraban y daban vueltas en la zona de dos gigantescos robles y acercándose más al lugar, vio que el pasto estaba removido. Inmediatamente se ordenó la excavación en el lugar y se descubrió el cuerpo de un hombre de contextura mediana, ligeramente canoso, que por las pericias realizadas, se notaba que había sido enterrado hacía unos días, y quien resultó ser el asesino Isidoro Gómez, el que fue reconocido por Pedro Romano, quien ahora trabajaba en Inteligencia y conocía la historia de hacía veinte años atrás, además lo había sacado como preso político.
Mi corazón dio un vuelco al escuchar ese nombre, ¡¿de nuevo se cruzaba en mi vida?! Respiré profundamente y volví a preguntar que tenía yo que ver con todo eso, y entonces se me explicó que habían surgido dudas respecto de mi persona, dado que fui yo quien llamó a la policía para avisar que Morales se había suicidado, sumado a la carta que yo le había mostrado al comisario, la cual fue cotejada con otra documentación escrita por Morales cuando trabajaba en el Banco y la letra era diferente. Allí entendí que se me acusaba no sólo de matar y enterrar a Gómez, ya que mis huellas habían sido encontradas en su cuerpo, sino también de matar a Morales para quedarme con todas sus pertenencias y que para ello había escrito una carta falsificando la letra y firma de él. No lo podía creer… Pero eso se pensaba de mí, las pruebas estaban todas en mi contra. Todos sabían que yo, por los años que trabajé en el Tribunal sabía de muchos detalles a tener en cuenta, para realizar un crimen y no dejar huellas, pero había sido descubierto, supuestamente, por haber intentado ridículamente imitar la letra de Morales. ¿Qué podía hacer? Era cierto que cuando llegué al lugar nadie me vio, no tenía un solo testigo que pudiera ratificar lo que yo había declarado.
Luego de todo esto, fui trasladado a la celda, ante la mirada acusadora de todos los presentes en ese lugar. Mi confusión era tal, que ya no podía hablar, ni defenderme, ni pensar claramente, por lo que incliné mi cabeza y acepté la situación como si realmente fuera culpable.
Más tarde, para completar mi malestar, se presentó en la celda Romano, quien se dedicó a burlarse de mí, diciéndome que no tenía escapatoria, que por fin había mostrado quien era yo, y que se iba a ocupar de joderme la vida.
Al otro día fui trasladado al Tribunal, donde nuevamente tuve que pasar por la penosa situación de sentirme juzgado por todas las personas que me miraban y hacían que no me conocían. Pude hablar con el Defensor Oficial, quien el verme tan perturbado me aconsejó que me abstuviera de declarar hasta aclarar mis ideas, cosa que hice.
Nuevamente en la celda, se apoderó de mí la angustia y comencé a recordar a mis queridos amigos y compañeros, Báez y Sandoval, sintiendo que si ellos estuvieran con vida, tendría compañía en ese triste lugar y alguien que me creyera y defendiera, pero estaba completamente solo, ésa era mi realidad. ¿Por qué había vuelto Morales a mi vida después de veinte años, para terminar ahora involucrado en un hecho criminal, si mi única intención fue ayudar a ese pobre tipo? ¿Ese sería mi destino final? Sumido en mis pensamientos no escuché los pasos de alguien que se acercaba a la celda, al levantar la vista no pude creer lo que veían mis ojos, era la esposa de Sandoval, Alejandra, que se había enterado de todo y venía a darme su apoyo diciendo que no entendía nada, pero creía en mí. Mis ojos se llenaron de lágrimas no pudiendo expresarle la gratitud por esta simple acción que para mí en ese momento era como oxígeno para mi vida. Sentí vergüenza y bajé la vista y ella entendiendo mi reacción me secó las lágrimas y me dijo que estaba todo bien, que ella se iba a ocupar de ver cómo ayudarme, prometiendo volver pronto. Luego se fue.
No recuerdo cuántos días pasaron, pero una tarde gris, apareció en la celda un hombre robusto, morocho, alto, de mirada dura y serio. Se presentó como el oficial inspector Juan Almeyda, me puse de pie intrigado por su visita y el policía lo hizo ingresar a la celda.
Se sentó y comenzó a hablar de forma pausada, como pensativo, diciéndole que no me conocía, pero que se había presentado a su oficina una Sra. de nombre Alejandra de Sandoval quien comenzó a hablarle del dicente y le trajo una lista de personas que también podían contarle cómo era realmente como persona. Que le llamó la atención todas las virtudes que le dijeron de él y además el testimonio de la Jueza Irene Hornos, quien lo había descripto con mucho afecto y se había ofrecido para ayudar a aclarar toda la situación asegurando que era inocente. Mientras el investigador hablaba mi corazón y mi mente volaron a miles de recuerdos con ella, no pudiendo evitar el sonreír al recordar su rostro, lo que hizo que Almeyda se diera cuenta de que no lo estaba escuchando, que mi cabeza estaba en otro lugar. Se despidió aconsejándome que pensara todo lo que había hecho ese día, que recordara todos los detalles del antes y el después ya que cualquier cosa podía servir para aclarar los hechos. Me quedé pensando en ella, no lo podía evitar… en definitiva a esta altura de mi vida no podía seguir engañándome, había sido el amor de mi vida, pero nunca me había animado a nada, nuestras historias se habían cruzado pero nada más. Esa noche dormí mal, estaba sobresaltado y en la celda hacía demasiado frío y había mucho ruido provocado por los otros presos.
Cuando sentí el sol en mi cara entendí que había pasado una noche más. Me esperaba otro día igual, con la misma rutina. Pensé en Alejandra y sentí la necesidad de hablar con ella para agradecerle lo que había hecho, pero no sabía si me iban a dejar llamarla, rogaba que viniera ese día. Llegó el mediodía y tragué de mala manera la comida que me sirvieron sabiendo que no podía elegir el menú. Cuando ya me disponía a tirarme en el camastro para dejar pasar las horas de la tarde me vino a buscar un oficial, cosa que me pareció raro, pero obedecí. Fui llevado al despacho del comisario, pero para mi sorpresa no estaba él sino Irene. No supe qué hacer, qué decir, parecía un adolescente frente a su enamorada. Ella sonrió y se acercó para besarme y abrazarme. Me entregué en ese abrazo con alma y cuerpo lleno de emoción y de vergüenza. ¿Qué pensaría ella de mí? Nos sentamos, y me pidió que le cuente todo con lujo de detalles. Fue allí cuando en medio del relato, recordé la segunda carta que me había escrito Morales y que había guardado en mi valija en el baúl del auto, seguramente allí continuaba, por lo que le rogué que la buscara, que tal vez eso ayudaría para aclarar las cosas, ya que ahí estaban todos los detalles de la voluntad de Morales y lo que me pedía y además iban a poder ver nuevamente la letra de él, que seguramente por toda la medicación que estaba tomando le había cambiado, era como más débil, más temblorosa. Irene se retiró del lugar prometiendo que lo haría, que me quedara tranquilo. Pasaron dos días sin tener noticias y los nervios me consumían, hasta que se presentó nuevamente Irene quien me aconsejó que declarara ante el Tribunal contando absolutamente todo, ya que había encontrado la carta en el baúl y además habían encontrado en el buzón del Tribunal las otras dos cartas que eran copia de la primera carta que Morales me había escrito.
Sentí que era mi oportunidad y junto con el Defensor pedimos una ampliación de indagatoria. Me escucharon atentamente y luego se agregó a la causa las cartas que había encontrado Irene. Mi defensor se entrevistó también con el médico que había atendido a Morales y éste explicó que Morales estaba siendo medicado con fármacos muy fuertes que alteraban su sistema nervioso, por lo que era muy factible que cambiara su carácter, así como sus habilidades para hablar o para escribir, lo que ratificó lo que yo sospechaba de su cambio de letra. Con respecto a Gómez quedó claro que sólo obedecí el último pedido de Morales para cuidar su buen nombre; lo que fue confirmado con la lectura de las cartas.
Así ha pasado mi vida como un torbellino de situaciones, que hoy me hacen tomar conciencia de que debo disfrutar de mi libertad, de mi vida, de saber quién soy y entender que todo lo que me suceda es por algo y para algo.
¡Muy bien! Una observación: cuidado con la repetición de palabras, por ejemplo "lugar".
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