No había pistas, nada. Había sido un profesional porque era imposible que haya hecho todo a la perfección. No teníamos nada.
Todavía tengo esas imágenes en mi memoria. Era sencillamente una diosa griega, de otro mundo que parecía tan lejano al nuestro, y ahora más. Su belleza incomparable la hacía correspondida solo para hombres de su estatus. Igual, si la hubiera conocido antes no me hubiera registrado, un prosecretario de un juzgado de instrucción con semejante belleza sería solo una fantasía en mis sueños. ¿Qué le podría dar?, todavía me sigo lamentando no haberla conocido antes, sería mi musa inspiradora a la hora de escribir poemas románticos, en cambio al conocerla en esa situación me da ideas para escribir poemas de dolor, desesperación, injusticia y soledad. El único verdadero culpable es este maldito destino, hace lo que quiere sin preguntar, sin importarle lo que sentimos, arrasa con todo y nos deja huellas imborrables que a veces no cicatrizan.
Todo empezó ese frío 30 de Mayo de 1968. Yo me encontraba en mi casa leyendo el diario de la ciudad y mi esposa me estaba contando lo que le dijeron sus amigas en la peluquería. No tenía ganas de escucharla más. Sandoval, mi fiel compañero llamó a mi teléfono fijo. Pensaba que había sido afortunado ya que tendría que encontrarme con Sandoval y no escuchar más a Claudia, en fin, ahora me parece monstruoso ese pensamiento. ¿Cómo podría haber pensado que había sido afortunado?, el propósito del encuentro cambió mi errónea manera de pensar. Otro más, ya estaba cansado de ver esas escenas escalofriantes. Siempre lo mismo en este Buenos Aires. Me trague mis pensamientos y acepté que aunque era horrible, era mi trabajo.
Nos preparamos. Íbamos rumbo a destino en el Fiat 600 blanco y oxidado. Odiaba ese auto pero no tenía remedio. Hacía meses que no recibíamos un aumento porque nuestro jefe del juzgado, Ariel Romano, un corrupto vulgar, que solo tenía ese puesto porque su padre era el juez, decía que lo haría más adelante. Un más adelante que jamás llegó. Volviendo a mi relato, cuando Sandoval estacionó el auto le pregunté si no se había confundido de casa. Esa casa, a la que se ingresaba por un pasillo largo, me parecía familiar, yo ya había estado allí. ¿Como no lo pude haber notado?, era la casa de mi mejor amigo de la secundaria, Ricardo Morales, pero, ¿qué es lo que había pasado? Al llegar me encontré con uno de los “mejores oficiales” que había conocido en mi vida, Mariano Báez, un oficial de primer nivel, siempre fiel a su trabajo (hasta ese entonces), quien fue el que me informó que ella, había muerto por asfixia. Liliana Colotto era su nombre. El cobarde que la asesinó lo hizo con la utilización de una soga blanca y negra que era el cable de una plancha. Su cuerpo yacía sin vida en la habitación del matrimonio al lado de la cama. Luego llegaron los forenses, quienes verificaron las excelentes hipótesis de Báez y nos informaron que además, previamente, la mujer había sido abusada sexualmente y presentaba grandes hematomas de brutales golpes y quemaduras importantes realizadas con la misma plancha con la cual luego de haberla torturado la ahorcó. De este horrible suceso solo podía deducir que el responsable de semejante crimen había sido un psicópata profesional. Sentí un dolor inmenso en el pecho, como si yo fuera el mismo esposo de la víctima, era como una puntada muy fuerte. Pensaba que no podía ser peor. ¡Bingo!, fue peor, Romano, ese insecto que solo daba órdenes mientras miraba dibujitos animados y se comía una torta de chocolate no dudó en elegirme para darle la noticia a Morales. Para eso sí que me elegía. Era un “superior” si es que se lo puede llamar así, no podía desobedecer.
Eran ya las 18:30 y debía dirigirme al banco donde trabajaba Morales como gerente. No lo veía hace añares y además debía comentarle una noticia no muy agradable. Por supuesto no fui solo, me acompañó Sandoval. Tocamos la puerta de su oficina y una voz muy suave y llena de vida nos dijo que pasáramos. Sentí un nudo en la garganta, cuando lo vi debo admitir que no había cambiado mucho, seguía siendo el mismo hombre alto, rubio, ojos grises intensos y delgado de siempre. Lo único distinto era esa sonrisa como se dice de oreja a oreja que pocas veces en mi vida había visto, lo triste es que sabía que dentro de unos minutos iba a desaparecer y yo sería el culpable. Me abrazó y sentí que me irradiaba de felicidad, seguro me quería transmitir un poco a mí ya que me dijo:
- ¿porque esa carita hermanito querido?, ¿no te alegra verme? ¡Por fin se te ocurrió venir a visitarme eh!
No sabía qué contestar, sabía que lo que le iba a decir lo podía matar. Primero le dije que sí, lo había extrañado mucho, pues hacía muchos años que no lo veía. Sandoval me ayudó y él dio el puntapié inicial para informarle las malas nuevas. Se quedó helado, no sabía qué hacer, yo noté que cerró sus puños muy fuertes y mis impulsos me llevaron a abrazarlo. Él nada, quieto como antes y con sus puños igual de cerrados. No tuve alternativa, mi pésame me estaba matando y entonces me arriesgué, le prometí hallar al asesino de Liliana Colotto, su difunta esposa.
La verdad es que creía que era imposible, yo era el encargado de encontrar al asesino y poder decir lo encontré, es ese, denle perpetua. Sinceramente admiraba como podía existir una mente tan macabra como la de este asesino, era impresionante como no había dejado huella alguna. Jamás iba a resolver semejante dilema, no tenía ganas de meterme en un tema tan delicado y más cuando se trata de un amigo, un mal movimiento y me podría odiar de por vida. Me enteré de que el incoherente de Romano había mandado a Báez a golpear a unos pobres estudiantes que eran vecinos de Liliana porque según él eran los asesinos. Lo cierto es que lo único que quería era que sus superiores lo vean como un ejemplo a seguir y entonces pensó que si mataba a golpes a unos estudiantes de la zona iba a quedar como el héroe justiciero de la película, y el ingenuo de Báez, le siguió el juego porque la sabandija le había prometido un aumento, cosa que además no cumplió. No tuve mejor idea que ir a darle una lección a Romano, solo puedo decir que al juzgado no va a volver más y lamentablemente realicé una declaración para la destitución de Báez porque si iba a hacer las cosas bien no las iba a hacer incompletas.
Con el correr de los días y las horas mi cabeza estaba por estallar, decidí llamar a mi viejo amigo para tratar de descifrar quien podría haber sido el cerebro de esa horripilante acción. Pautamos encontrarnos en el bar de la calle Ibarra. Él me dijo que no tenía sospechosos, y comenzó a contarme cómo fue que conoció al verdadero amor de su vida. Me dijo que ella era su única razón para vivir, ella lo mantenía vivo y lleno de esperanza, ahora el motivo de vida que lo impulsaba a seguir era su sed de justicia, no de venganza, el no era violento pues eso era algo que le enseño Liliana. Morales necesitaba honrar la memoria de su amada mediante la justicia. Antes de conocerla su vida era gris, solitaria, él pensaba que el amor era cosa de afortunados y que nunca tocaría a su puerta. Todo cambió cuando la vio a entrar a la sucursal del banco de la calle Paraguay. En ese entonces él era un simple cajero, a penas la vio dijo:
- Esa es la mujer que quiero para vivir el resto de mi vida
Esto, jamás se lo podría haber dicho a la cara, era muy tímido. Se reía cuando me contaba que fue ella quien dio el primer paso, ella se le acercó y le dijo un cumplido, allí comenzó todo. A mi estas cosas me parecen cursis pero sentía muchos celos de lo que sentían, me dolía, me molestaba, lo estaba envidiando, quería saber lo que es sentirse realmente enamorado, ¿podré alguna vez sentirme así?. Tal vez. Liliana era hermosa y me hubiera encantado por una noche ser Morales y sentir el cariño que su esposa le brindaba, que no era nada más ni menos que amor. Se me pasó por la mente lo que podrían haber reflejado los ojos del asesino de Liliana en el momento en que le hacía daño. Seguro lujuria y obsesión. Si, obsesión porque sin darme cuanta había descifrado algo, se me había pasado por alto que el asesino no dejó marcas de fuerza en las puertas ni de la casa ni de la entrada, por lo cual el que la mató fue alguien que ella conocía. Sin pensarlo ni un instante más le dije a Morales que me lleve a su hogar. Llamé a Sandoval, estaba en un bar pero no tomando un cafecito, algo un poco más fuerte que pude percibir por su forma de hablar. Esperaba que al llegar este bien y pueda contribuir con la investigación. Debo decir que los forenses no hicieron un muy buen trabajo. Primero comenzamos por las puertas para verificar si hubo un intento brusco de entrar, y sí, yo estaba en lo cierto, ella lo había dejado entrar. Sandoval, a pesar de no estar completamente sobrio, fue muy eficaz, consiguió un dato fundamental que no se había encontrado porque Romano especificó que no se hicieran testimonios o declaraciones ya que eran basura que no contribuían. Era una declaración muy importante. Una señora, vecina de Morales, pasaba luego de ir al supermercado y escuchó unos gritos, se asustó e informó a la policía. Ella había llamado a los uniformados como llamado anónimo porque escuchó dos voces, una femenina y una masculina. La del hombre decía:
- ¡Decime que me amás Liliana, dale yo lo sé, decímelo ahora o te mato!
Luego la voz femenina le decía:
- ¡Soltame animal!, ¡Nunca podría amar a alguien como vos, me estas lastimando! ¡Dejame en paz, dejá de insistir, vas a ver cuando mi marido se entere, le voy a mostrar las cartas!
Esto me daba una hipótesis nueva, el hombre era alguien que la venía acosando a Liliana hace un cierto tiempo y además era conocido, había que encontrar esas cartas que ella mencionaba. Me dirigía a la mesita de luz de la difunta esposa, porque Morales dijo que allí ella guardaba su correspondencia y sus objetos de valor, cuando vi un brillo plateado cerca de una pata de la cama. Era una gargantilla. Tenía unas gotas de sangre seca. Ese objeto era del asesino. Liliana en un intento de defenderse se la debe haber arrancado y luego terminó debajo de la cama. Tenía dos iniciales I.G. Yo estaba concentrado viendo quien podría ser cuando Morales me trajo la última correspondencia de Liliana, era de un tal Isidoro Gómez. Tal vez a fin de cuentas sí teníamos una pista.
No hay comentarios:
Publicar un comentario