miércoles, 31 de agosto de 2011

Los bombones, Juan M.


Liliana Colotto, una mujer humilde y atenta, con grandes ojos azules y cabello rubio, vivía en una pequeña casa en la ciudad de Buenos Aires junto a su marido, un hombre tímido y con un trabajo que lo obligaba a estar siempre lejos de su casa, regresando cuando el día ya estaba oscureciendo.
      Era una tarde de otoño cuando Liliana se encontraba en su casa recostada sobre su cama porque ese día se sentía descompuesta, con muchos mareos. A las siete de la tarde, como era de costumbre, llegó su marido del trabajo y entrando en la habitación la encontró dormida, fue en ese momento que no la vio bien, porque su rostro estaba muy pálido y decidió despertarla. Ella abrió sus ojos y le pidió que fueran a un médico, él tomó su saco y la cubrió llevándola al auto. Llegaron rápidamente al hospital y de la guardia corrieron a buscarla, la entraron en una camilla a una sala. Fue allí donde Liliana pudo ver a varias personas que la rodeaban y le hacían preguntas, pero ella casi dormida y con fuertes dolores apenas podía responder.
      Su mirada no se despegaba del techo de una sala que ella apenas veía y por su mente pasaban imágenes de cuando era niña y jugaba con su perro. De pronto vio a un hombre frente a ella con guardapolvo blanco, cabellos negros y rasgos que le eran familiares, pero estaba tan confundida que no podía recordar dónde lo había visto, sentía temor pero no recordaba por qué. Solo él, de apellido Gómez , sabía muy bien que Liliana era esa mujer a quien nunca iba a dejar irse de su lado e iba a hacer todo lo que fuera necesario para tenerla. El era un albañil que durante meses la miró desde esa obra que lo había contratado y durante todo ese tiempo la vio salir de su casa todos los días, conocía cada movimiento de esa hermosa mujer. Gómez todos los días llegaba muy temprano a la obra solo para verla salir de la casa, aprovechando ese momento para tomarle fotos que luego miraba como si esa mujer le perteneciera. Liliana no lo sabía, pero él sentía que ella era de él, fue así que nunca dejó de seguirle los pasos conociendo cada movimiento que Liliana realizaba, sabía que pasaba muchas horas sola y aprovechaba esos momentos para mandarle bombones que ella recibía con alegría, pensando en su marido y sin saber que era Gómez quien quería estar a su lado mirando la sonrisa que ese regalo le hacía tener. Pero ese regalo, que cada semana estaba en la puerta de su casa, era el que iba a llevarla al lado de ese albañil para siempre.
         De pronto, los ojos de Liliana se volvieron sobre este hombre que seguía parado a su lado, y fue allí cuando recordó los momentos en que, saliendo de su casa, un hombre la miraba fijamente y ella lentamente giraba su cabeza y ahí lo veía, recordó en ese instante las miradas de ese hombre que ella no conocía su nombre, pero si sabía que trabajaba en esa obra, ese hombre que siempre le dio miedo pero nunca le contó a su marido. Fue en ese momento cuando todas las imágenes volvieron a su mente pero ella nada podía decir ya que lentamente comenzó a sentir que su cuerpo se paralizaba y ni siquiera podía pronunciar palabras, en ese momento las voces cada vez las sentía más lejos y fue ahí cuando Gómez, haciéndose pasar por un médico más, inyectó una droga en el suero, pero ya era tarde, el corazón de Liliana se había detenido, Gómez había logrado en silencio que Liliana fuera solo de él para siempre.

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