miércoles, 31 de agosto de 2011

Recordando, Agustina


¿Sabes Rodrigo?, cuando yo tenía tu edad, te lo dice un abuelo de 89 años, solía preocuparme demasiado por mi vida. Sí, le daba muchas vueltas. Era un tipo desinteresado, frustrado, hasta roñoso podría decir; de esos que vas por la calle y decís “Faaaa, ¿Qué le habrá pasado a este tipo?. Me cruzaba compañeros de la primaria y no me reconocían, tenía que andar saludando yo (y sinceramente, algo que me “embola” es saludar). Siempre mal vestido, “me dejé estár” dirían los tipos de ahora, o… “Los 40 me pegaron feo”. Uno siempre se imagina a un detective formal, con un sombrero negro, un piloto beige y botas de goma negras; pero no, yo andaba de jogging y con suerte, una campera de abrigo. Todavía no sé bien por qué me vestía así, se comenta que cada persona se viste según su personalidad, según los hechos de su pasado. Raro que tu padre no te lo haya contado, pero mi pasado no fue muy bueno. Mi padre falleció cuando yo tenía 2 años y algo, entonces mi madre tuvo que criarme sola. Siempre fui muy rebelde, empecé a investigar hechos desde muy pequeño, pero a los 41 tuve una experiencia que marcó mi vida para siempre…
Tenía un amigo, Alfredo Báez, un excelente comisario, serio, honesto y lúcido. Me junté con él la noche del 30 de mayo de 1968. Me contó de un nuevo caso, un asesinato en la casa de una pareja. La víctima era una mujer joven, recién casada, llamada Liliana Colotto. Báez estaba preocupado, él creía que su marido no había sido, entonces ¿Quién?. Le dije que lo iba a ayudar, obvio, era mi amigo, no podía fallarle. Así fue que “le dimos duro” a la causa. Intensamente Rodrigo, día y noche investigando. Le preguntamos a la familia de la víctima, nadie sabía nada; claro, vivían a 2.000 kilómetros. Teníamos un buen secretario en el tema de leyes, que nos podía hacer el aguante. Re macanudo, me acuerdo de él como si lo viera todos los días. Se llamaba Chaparro, Benjamín Chaparro, un hombre petiso, canoso, no muy apuesto pero simpático (viste, siempre eso cuenta en los hombres). Debo aceptar que este tipo nos ayudó mucho en la causa, pero… ¡Lo que nos costó!. Nos juntamos a tomar café, los tres, dos veces por día, durante nueve meses.
El marido de la víctima no dio muchas señales de vida, típico, declaran y se fugan. Este muchacho se fue a vivir a Rosario parece ser, y no tuvimos la suerte de volver a verlo. A mí me preocupó un poco eso, sin embargo, como Báez estaba tan seguro de que el esposo no era, no me quedaba otra que quedarme callado. Vale aclarar, que nos quedaron restos de la muchacha, no sólo restos físicos, si no también, escritos, cartas y poemas. En los escritos, sólo encontramos mensajes de una amiga llamada Irene y de su esposo; las cartas eran la mayoría de su pareja y la otra parte era de Irene; en los poemas nada interesante. Sin embargo, así, descubrimos que una de sus grandes amigas era una tal Irene que hasta entonces no había aparecido.
Recuerdo el 14 de marzo de 1969, Báez me llamó agitado, diciendo que habían encontrado debajo de la cama de Liliana Colotto unos análisis, los cuales indicaban que ella el primero de mayo de 1968 había descubierto que esperaba un hijo de su actual pareja. También encontraron copias de las cartas que ella había mandado a todas sus amigas para informarles del hecho. Algo que le había llamado la atención a Alfredo fue que todas respondieron, menos una, sí… una… Irene. Esa tarde, preocupado, fui en búsqueda de una foto de Irene al estudio de Báez. Una morocha llamativa, con curvas pronunciadas y una sonrisa reluciente. Asombrado, pregunté por ella en la calle (más allá de que Buenos Aires es grande, en Barrio Norte todos nos conocemos con todos) y una vecina me dijo que la había visto con un hombre de las características de Benjamín Chaparro en el barcito de la esquina. Sí, era Chaparro. El conocía profundamente a Irene, nada más que estaba perdidamente enamorado de ella entonces no nos la iba a presentar. Creímos que era por vergüenza, no le dimos importancia. Estuvimos charlando un rato largo, me uní a ellos con un cortado (no acostumbraba a tomar alcohol), quedé con Benjamín en encontrarnos la mañana siguiente en su departamento, y me fui.
La mañana siguiente, como de costumbre, me cambié, me cepillé los dientes, tomé un desayuno y marché para la casa de Chaparro. Cuando llegué al departamento tuve un mal presentimiento, sabía que algo malo había pasado; la puerta estaba sin llave, y me encontré con la peor imagen que vi en mi vida. Sí Rodrigo, Chaparro estaba muerto, con un charco de sangre a su alrededor y junto a él se encontraba una nota: “A veces nos toca enterarnos de cosas feas, hoy te estás enterando que tu amigo sabía quién soy en realidad y hoy te toca verlo en este estado. A mí me tocó enterarme de otras cosas que tampoco me gustaron”. Automáticamente llamé a Báez (el nunca falla), me encontró en menos de cinco minutos. Ambos estábamos shockeados , no sabíamos  cómo reaccionar; sin embargo, empezamos la búsqueda. Llamamos a la comisaría para que policías empezaran a buscarla, era una asesina serial. Así, decidí ir a la casa de Liliana Colotto, a ver si había alguna otra pista que el año anterior se podría haber pasado de largo. Y encontré a Irene, se había suicidado. Junto con ella una nota para el esposo de Liliana: “No sé dónde estás, no te pude encontrar. Quería decirte que si yo no pude tener un hijo tuyo, mi mejor amiga tampoco lo iba a tener. Tuve que asesinarla. Y con respecto a los estúpidos policías y detectives, sin palabras. Se creyeron que yo estaba enamorada de Benjamín, no, solo quería información acerca del caso. El hombre que amo y que voy a amar siempre sos vos Morales”.
A partir de ese hecho, me retiré del cargo de detective y decidí ponerme a pensar en mi vida, en el buen futuro que le quería dar a mis hijos cuando crezcan, en que no quería enamorar a nadie ni que maten a tu abuela. Quería vivir cada día como si fuera el último. Después de ver tantas muertes juntas, sólo te puedo dar un consejo “mijo”: cada día que uno vive es un regalo, no un derecho. No dejes una piedra sin mover, si alguna te molesta, correla o pasala por alto, dejá tus miedos atrás. La vida no da segundos intentos, cada segundo cuenta, entonces viví como si no fueras a vivir dos veces. Llamá a esos amigos que nunca ves, perdoná a tus enemigos, reviví viejos tiempos. A los cuarenta y pico de años descubrí que nunca es tarde para apuntar a las estrellas, tenelo en cuenta. A pesar de quien seas o de quien te creas Rodrigo, hacé lo que creas que tenés que hacer, porque en esta vida no podés retroceder ni un momento (si no creeme, lo hubiese hecho). Consejos de vida Rodrigo, te van a servir. Hoy con mis ochenta y nueve años soy un hombre feliz, tengo a mi esposa viva, a mis hijos y nietos que amo. No puedo pedir más, estoy orgulloso de mi mismo por haber tomado el camino correcto. 

1 comentario:

  1. Desenlace que no esperaba. Creo que hay algunas expresiones que no corresponden a un abuelo de 89. Sugiero algunas oraciones más cortas o revisar los signos de puntuación
    Muy bueno-----2
    Silvia G

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