La luz de la avenida encandilaba mis ojos color marrón. Allí sentado, en un banco de la plaza, esperaba casualmente al subte que me llevaba a mi casa, en donde mi esposa y mis dos hijas me esperaban con la cena. Ese día había sido muy extraño, mis colegas y yo no encontrábamos explicación, estaba muerto, el asesino más temido de todos los tiempos, estaba muerto.
No estoy muy seguro de los motivos que me llevan a contar esta escalofriante historia, pero este caso fue muy particular, todo comenzó con cartas.
Una cálida mañana de mayo, caminaba hacia mi trabajo, al llegar entré por la puerta principal y me registré. Entré a mi oficina y me encontré con una sorpresa, Chaparro, un hombre muy buen mozo que trabajaba en el tribunal de justicia, accedió a llevarme al lugar del suceso.
Se trataba de una mujer llamada Liliana Colotto, ella había sido brutalmente violada y asesinada por un hombre de poca estatura, pelo castaño y ojos marrones; según la descripción de una vecina del barrio, que pudo divisar a lo lejos su apariencia. Su esposo, Ricardo Morales, había quedado devastado por la terrible noticia. Chaparro al percibir tanta tristeza en Morales logra convencerme de buscar al culpable. Este caso lo acepte con el convencimiento de que si lo resolvia favorablemente podia poner fin a mis fracasos anteriores y tener por primera vez una cuota de reconocimiento.
Esa tarde Chaparro me presenta a su asistente llamado Sandoval, que nos ayudaría en la búsqueda. En ese instante llega a mi oficina una carta anónima, que decía:
-Saludos mis amigos, he decidido enviarles esta carta aportando datos del asesinato de Liliana que cometí hace menos de 48 horas, y para probar que soy yo el responsable, les describiré como se encontraba el cuerpo luego del crimen: la dejé desnuda, tirada boca arriba a los pies de la cama, su rostro estaba congelado, y era una chica bellísima, toda una mujer.
Báez tenía una mirada profunda y perturbadora, lo único que le vino a la mente fue llamar a Chaparro y a Sandoval.
Pasados los treinta minutos, aparecieron en la puerta de la comisaría, y luego de leer la carta Sandoval dedujo que: era el asesino, que se creía lo suficientemente astuto como para engañar a unos cuantos policías y detectives profesionales, y que por lo visto no iba a ser tan sencillo descifrar quien era por su caligrafía, ya que la carta había sido escrita con una maquina de escribir, una Remington.
En ese momento, recibí una llamada del Tribunal de Justicia, era Romano, el rival de Chaparro. Nos informó que habían encontrado a los responsables, eran dos albañiles que trabajaban cerca de la casa.
Chaparro decidió ir a verlos, ya que no tenía mucha confianza en la palabra de Romano. Allí fue cuando se enteró que esos trabajadores habían sido torturados para que se declararan culpables. Chaparro enfurecido, se enfrentó a Romano e hizo que lo trasladen.
Desde ese momento supe que la investigación seguiría con el mismo ritmo. Pasaron dos semanas y el caso seguía intacto, no habíamos recibido ni una sola carta, ni siquiera una pista del asesino. Sandoval y Chaparro volvieron a la casa de Morales, para poder obtener algunas pistas claves. Lo único que encontraron fue un mechón de pelo, que resulto ser de Liliana, pero ninguna huella del asesino.
Un sábado a las cinco de la tarde apareció en el Tribunal una carta nueva, esta vez con códigos.
Buenas tardes mis amigos de Tribunal de Justicia, como todavía no saben exactamente quien soy les daré algunas pistas claves sobre mí y las cosas que me gustan hacer: me encantan los partidos de futbol, soy hincha de Racing, no soy muy alto, y conocía a Liliana desde la infancia.
Si logran resolver estos códigos, son muchísimo más astutos de lo que podría haber imaginado.
Al dorso de la carta había una foto de él, pero la carta seguía siendo anónima.
Luego de horas perdidas tratando de estudiar los códigos que tenía la carta, yo y Chaparro decidimos tomar un café en el bar de a esquina, donde estaba Sandoval. Sin embargo, al ingresar al bar nos encontramos con Morales, compartiendo una mesa con nuestro amigo. Decidimos comentarle el tema de las cartas y fuimos hasta el Tribunal para poder analizar los códigos. Sandoval y Morales se sentaron en una mesa larga pero angosta con cientos de libros que Morales había traído de la biblioteca. Pasadas las dos horas terminaron de descifrar la carta y así supimos cual sería nuestra próxima búsqueda, aunque a mi todo esto me parecía una broma, ya que daba la impresión de que el asesino estaba jugando con nuestra inteligencia.
Los códigos decían lo siguiente:
Buenas tardes mis amigos de Tribunal de Justicia, como todavía no saben exactamente quien soy les daré algunas pistas claves sobre mí y las cosas que me gustan hacer: me encantan los partidos de futbol, soy hincha de Racing, no soy muy alto, y conocía a Liliana desde la infancia.
Esto fue suficiente para que Sandoval tuviera una excusa para ir a la cancha y de paso trabajar. Además, había dado la casualidad de que ese fin de semana había un partido.
Luego del transcurso de media hora del comienzo del partido Chaparro, Sandoval y yo ingresamos al estadio, no nos separamos y empezamos a buscarlo. Pero sucedió algo totalmente fuera de lo previsto, sentado y amontonado cerca de unos cuantos chicos de nomás de veinte años, estaba Ricardo Morales. Nos llevamos una terrible e inimaginable sorpresa al ver al viudo cuyo corazón estaba partido y sufría por su amor perdido.
Desde ese momento, aunque resulte extraño, empecé a sospechar de Morales y de su rara actitud, o de que todo lo que las cartas nos indicaban, algo tenían de él, que siempre estaba cerca nuestro y daba la sensación de que nos perseguía.
A lo lejos, Chaparro, pudo distinguir a un hombre muy parecido al de la foto y sin esperar un segundo más, Morales corrió tan rápido como pudo y grito su nombre -¡Isidoro Gómez!-. Todos quedamos paralizados, mientras que Morales perseguía a Isidoro Gómez hasta la salida del estadio. Chaparro buscó refuerzos y con la ayuda de varios policías logramos capturar al sospechoso.
Después, de capturar al supuesto asesino, tuvo que declarar y por lo que dijo, él no era responsable y según Sandoval, no era nada parecido al de la foto que sostenía en su mano. Decidieron dejarlo libre.
Luego, Sandoval se dirigió hacia Morales y le hizo una serie de preguntas. Pero lo que principalmente deseaba saber, era de qué modo Ricardo sabía el nombre del asesino.
Morales solo dijo que luego de su mudanza a la estancia, había decidido seguir buscando pistas, y las encontró. Una tarde de otoño, se puso a mirar muy detalladamente un álbum de cuando Liliana era más joven. Así fue como distinguió en varias fotos a un muchacho delgado, de poca estatura y bajo perfil que tenía una mirada misteriosa y a su vez aterradora. Se trataba de un muchacho llamado Isidoro Gómez, y para comprobar que era él, llamó al número que aparecía en la guía y lo atendió una señora, era la madre, y le dijo que su hijo se había mudado a Buenos Aires, hace dos meses y medio.
Todos en la oficina guardamos silencio y nos pusimos a pensar en lo que recientemente habíamos escuchado. Sandoval y Chaparro estaban sumamente sorprendidos y en su rostro tenían una mirada sombría y seria. Nadie entendía, como este señor había podido sacar semejante conclusión de unas miserables fotos.
El lunes, de ese mismo mes, recibí en mi oficina otra carta.
-Buenos días mi querido amigo policía, le quería decir que lo vi pasar cerca de mí el día del partido; si aunque parezca mentira yo estaba allí, y aunque siga mandándoles cartas con información de mi personalidad y apariencia, sigo libre. ¿Hasta cuando creen ustedes que debería seguir con esto?, porque si serían policías y detectives reales ya me hubieran arrestado, pero en este caso resultó todo lo contrario, ya que el asesino les esta mandando datos para que puedan ubicarlo. No soy de Buenos Aires, solo vine a pasa unos meses aquí.
Espero que tengan un buen día.
Terminé de leer la carta y sin pensarlo puse en marcha mi auto, hacia el Tribunal de Justicia.
Cuando les entregué la carta a Sandoval y Chaparro, se quedaron mudos, sus cuerpos estaban inmóviles y tenían una mirada conmovedora. Sandoval, permaneció en su escritorio por unos momentos y dijo:
-Si el asesino estaba en el estadio, ¿por qué agarramos a otro tipo?, el que nos confundió fue Morales el dijo su nombre y buscó al tipo equivocado. Pero lo que no entiendo es ¿porqué el chico salió corriendo cuando Morales dijo Isidoro Gómez?
Luego de esta charla, Sandoval y Chaparro partieron a la casa de Morales para conseguir las respuestas de todas nuestras sospechas.
Estacionaron detrás de un portón muy pequeño y malgastado de color azul oscuro. A lo lejos, podían ver una casita muy pequeña, que seguramente le servia para guardar objetos o muebles antiguos y en el frente había una casa grande de color blanca adornada con franjas azul marino.
Entraron silenciosamente a la casa y no había nadie, revisaron todo: los cajones, los muebles, la habitación, la cocina y el baño, pero solo encontraron el álbum de fotos del cual Morales les había hablado. Cansados de buscar pistas, caminaron por la estancia hasta llegar a la casita. Allí, echaron un pequeño vistazo por la ventana, y solamente pudieron ver una enorme jaula y a un costado, un hombre de piel y hueso con ojos hundidos y una mirada espantosa.
Sandoval y Chaparro no esperaron ni un segundo y entraron. Morales al ver sus rostros, quedo totalmente sorprendido y ni una sola palabra salió se su boca, y les hizo una seña para que salieran afuera.
Los dejó pasar a su casa, pero nunca salieron.
Mientras tomaban un rico té de frutilla con panqueques. Morales les dijo:
- Antes de que me bombardeen con preguntas inútiles, les contaré mi historia.
El muchacho que está en la jaula se llama Isidoro Gómez y es el asesino de Liliana. Lo de las fotos fue pura verdad, pero lo que más me costó fue encontrarlo.
Un día quería distenderme y se me ocurrió ir al partido que había ese domingo, ya que desde niño iba a ver los campeonatos locales con mi padre. Entonces fui al estadio y lo vi. Lo seguí hasta su casa y en cuanto se descuidó le disparé cuatro tiros en las piernas. Desde ese momento, está viviendo en la jaula que le construí. Además, todo el asunto de las cartas fue un total engaño, para que no se descubriera nunca al asesino. Yo escribí las cartas y para que se viera real el secuestro del muchacho en el estadio, contraté a un hombre para que me ayudara y así no lo seguirían buscando, pero ustedes no se dieron por vencidos.
Es por eso que he decidido matarlos de la forma más sencilla, envenenando el té.
3.Impresionante. Muy interesante el desenlace.
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