No podía creer lo que mis ojos veían. No podía y no quería. No era que tuviera miedo. Al menos, no por mi persona. Maldije por lo bajo mientras ponía mis manos sobre mis ojos. ¿Cómo podía ser? Sencillamente no lo comprendía. Resoplé y tomé el teléfono que había sobre el escritorio. Marqué el número y esperé impaciente mirando por la ventana que daba a la calle. El día no estaba acorde a cómo me sentía. El sol del mediodía brillaba en todo su esplendor y la temperatura era perfecta; no demasiado alta, no demasiado baja.
De pronto escuché la voz al otro lado del tubo.
-¿Diga?-preguntó la familiar voz.
-Báez, habla Chaparro-vacilé, no sabiendo muy bien cómo empezar.
-Benjamín, ¿qué pasa?-se puso alerta en seguida.
-Le tengo que informar sobre algo urgente. Isidoro Gómez ha desaparecido. Hace una semana que no se sabe nada de él.
-¿Cómo?-su voz se tiñó de perplejidad.
-Sí. Hoy me llegó una carta de Romano. Dice que le devuelva a su empleaducho o que soy boleta y…-miré hacia la puerta entreabierta de mi oficina.-¿prefiere que nos encontremos en el café de siempre en media hora ?-agregué en voz más baja.
Báez entendió en seguida.
-Mucha gente ahí en el Juzgado, ¿no? Está bien. Lo veo en media hora entonces.
Llegué un rato antes al café, así que elegí una mesa al lado de la ventana y pedí un cortado. Mientras lo tomaba miré por la ventana y vi un Falcon verde pasando por la calle; un grupo de lo que parecían alumnos de universidad apuraron el paso al notar el auto. Cuando estaba por terminar mi café, llegó Báez. Se lo veía un poco agitado y muy serio. Me saludó con un asentimiento de cabeza.
-Buenas tardes-dije.
-¿Cómo anda?-respondió-Y bueno, ¿qué vamos a hacer con usted? Claramente no puede quedarse acá en Buenos Aires. Por lo que dijo Romano en…
-Claramente me voy a quedar-lo interrumpí. Alzó las cejas sorprendido.-Disculpe que lo interrumpa así, pero no creo que…
-Ahora es mi turno de interrumpirlo, Chaparro. Usted corre riesgo acá. Romano no va a parar hasta que usted sea el desaparecido.
-Si me manda a sus matones, se las va a ver conmigo-dije negando con mi cabeza- Acá el tema es otro.-Me miró expectante.-Morales.
-¿Morales?-repitió luego de unos segundos.
-Sí, Morales. Hay que avisarle sobre la desaparición de Gómez. Si mató a su esposa por venganza hacia su familia, seguramente está tras él ahora mismo.
-En eso tiene razón, Chaparro.-respondió con una mueca, no muy convencido sobre que me quedara en Buenos Aires.-Al pobre tipo lo único que le falta es que lo maten a él. Se notaba la última vez que lo vi que su esposa era lo único que amaba.
Asentí. Pobre tipo. Esa era una frase que describía muy bien a Morales.
Mientras caminaba hacia el banco pensé en la última vez que había ido a ver a Morales allí. Había sido el día en que, junto con Báez, tuve que decirle que su esposa ya no iba a poder prepararle el desayuno, ni esperarlo con la cena, ni siquiera saludarlo. Otra vez que me había juntado con Ricardo Morales había sido para decirle que el asesino de su esposa estaba suelto, y que no podía hacer nada para volver a meterlo en la cárcel, donde tenía que estar. Y ahí estaba yo otra vez, yendo a darle otra mala noticia. A estas alturas me preguntaba si el tipo no tendría ganas de darme una buena trompada.
Llegué al banco y me dirigí directamente a donde estaban los secretarios. Miré el reloj y me di cuenta de que eran más de las tres de la tarde. Rogué porque Morales no se hubiera ido todavía. O ya estuviera de vuelta.
-Buenas tardes-saludó una mujer regordeta detrás del escritorio.
-Buenas tardes. Estoy buscando a Ricardo Morales.
-¿A Morales?-repitió confundida-Discúlpeme, pero Morales no trabaja más acá desde hace una semana. Fue transferido a otra sucursal.
Tardé unos segundos en poder responderle. –Ya veo-dije un tanto nervioso-¿Podría darme la dirección de su nuevo trabajo? Si no es mucha molestia.
En seguida me tendió un papel con el número de teléfono, la dirección de su casa y la del trabajo. Salí del banco pensando a toda velocidad.
Volví a releer la carta por última vez. Ni siquiera había consultado con Báez. Me había pasado el resto de la tarde pensando en cómo proseguir. Hacía una semana había desaparecido Gómez. Hacía una semana Morales se había mudado. Por supuesto, podía ser una coincidencia, pero no quería correr ningún riesgo. Ya era muy tarde, así que agarré mi saco y salí del Juzgado.
Mientras caminaba para la oficina de correos, al pasar por una calle oscura, se acercó de repente una sombra y me agarró. Me tapó la boca con una mano y con otra los ojos. Sentí como caminaba para atrás y me tiraba al piso. Abrí los ojos justo cuando un puño volaba hacia mi cara. Me golpeé la cabeza contra algo duro que había detrás, y sentí que me sacaban la carta del bolsillo interior de la campera. Traté de pararme, pero un tipo de al menos un metro ochenta me agarró y me levantó del piso.
-¿Qué te pasa, tenés miedo?-dijo una burlona y conocida voz.
-Romano-dije en medio de una maldición.
-El mismo. A ver Chaparrito, ¿no te dije que me tenías que entregar a Gómez? No lo veo por acá, ¿eh?-movió el sobre en frente de mi cara mientras el otro tipo me dejaba en el piso.- ¿Y esto qué es? ¿Una carta para tu borracho amiguito Sandoval? ¿O para Irene?
Eso pudo con mi poca paciencia y lancé mi puño contra la boca de su estómago. Cayó hacia atrás con cara de sorpresa al principio y luego enojo. El otro tipo estaba por agarrarme cuando levanté mi pierna derecha y le di una patada en sus genitales. Romano, que echaba humo para ese entonces, arremetió contra mí y trató de golpearme en la boca, pero me agaché. Estaba a punto de volver mi puño contra su cara cuando el otro tipo me agarró por el cuello y me aplastó contra la pared del callejón.
-No te hagas el vivo que así no llegás a ningún lado.-dijo Romano-Y con esto-dijo metiéndose el sobre en un bolsillo-me quedo yo.
A pesar de estar demasiado dolorido para caminar, enfilé de vuelta para el Juzgado. Volví a escribir una carta para Morales, más corta, porque no tenía tiempo. Era necesario notificarlo de la desaparición de Gómez y más ahora que Romano estaba al tanto del destinatario de mi carta. Sin embargo, esta vez no me dirigí a la oficina de correos, dejé el sobre en un buzón cerca del Juzgado.
Unas semanas después, llegó la tan esperada respuesta. Abrí el sobre ansioso y comencé a leer la carta.
Querido Chaparro,
Gracias por notificarme sobre la desaparición de Gómez. Aunque ya lo sabía, me agrada saber que se preocupa por mí. Si tengo que decirle la verdad, y en verdad siento que tengo que hacerlo, estoy feliz de que ese hijo de re mil se haya esfumado del aire, que sea un desaparecido, como dice Videla.
Ya le dije que no me era suficiente con que muriese, bueno, creo que esto me satisface. Por supuesto, hubiera preferido que esté en la cárcel, pero esto supera mucho mis expectativas. Lamento si la desaparición de Morales le causó problemas, tanto personales como en el trabajo. Usted se preguntará por qué me disculpo, o tal vez no, usted es un tipo inteligente, tal vez ya sabe lo que estoy a punto de decirle, pero por si acaso, se lo voy a notificar. También le pido perdón, por si lo que va a leer a continuación crea una mala idea de mi persona, pero es lo que tenía que hacer. Le pido por favor que luego de haber leído todo, queme esta carta y que no le comente a nadie sobre lo que estoy a punto de decirle. Además, si no es mucha molestia, le voy a pedir que no se contacte más conmigo, por su bien y por el mío. El punto es, Chaparro, que sé exactamente dónde se encuentra Isidoro Gómez. Es más, le puedo decir qué es lo que está haciendo en este momento. Sí, yo secuestré a Gómez.
Creo que para este punto tiene mucho en qué pensar, así que no lo voy a importunar más con mis palabras, pero permítame que le diga que ha sido un gran honor para mí haberlo conocido, y le doy las gracias por todo lo que ha hecho por mí a lo largo de todos estos años. Ah, y despreocúpese por los problemas con ese tal Romano (como verá, yo también me entero de cosas), creo que muy pronto va a recibir noticias que cambiarán su modo de pensar respecto a usted.
Desde ya, muchas gracias.
Ricardo Agustín Morales.
Excelente! Tanto el léxico utilizado como la forma de estructurar el relato. 3
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