La declaración en la comisaría duró muchísimo tiempo. Cuarenta y cinco minutos reloj estuve esperando en el pasillo hasta que el oficial me llamó. En su escritorio había un cartel que indicaba su nombre: Benjamín Chaparro. Me dio gracia y cuando lo observé detenidamente no pude evitar reírme en mi interior. Se veía un hombre de clase social baja, sus pantalones estaba gastados en las rodillas. Fueron tantas las preguntas que me hizo, que hoy solo puedo recordar dos o tres. “¿Cuánto tiempo estuvo casado con Liliana” “El día de su asesinato ¿estaba trabajando usted?” “¿No vio ningún movimiento raro?” “¿No recibió ningún tipo de amenzas?” “¿Alguien más tenía la llave de su casa?” “¿Tiene algún enemigo?”. Bueno en realidad son más de dos o tres preguntas las que puedo recordar. Fue un momento algo duro para mi. Solo habían pasado dos semanas de la muerte de mi querida esposa y el oficial no tenía ninguna consideración con migo. Hasta puedo recordar que en medio de la entrevista me mostró algunas imágenes del cuerpo de Liliana. Cuanta crueldad hacia mi. Cuando salí del juzgado me dirigí en dirección al bar de la Avenida Roca , pero al llegar a Corrientes y Belgrano me encontré con que las calles estaban cortadas. Argentina había ganado su primer partido y la gente festejaba llena de orgullo con pancartas con la cara de Mennoti. Pues entonces decidí que volvería a casa.
Cuando ya el sol estaba bajando golpearon la puerta de mi hogar, era Chaparro acompañado de Baéz, otro comisario de su mismo aspecto, que lo único que me trasmitían era pesimismo. Los invité a pasar y preparé café. Conversamos por un largo rato sobre temas que no me involucraban, sino relacionados al gobierno, hasta que comencé a sentir deseo de que se fueran y les pregunté por que motivo habían venido. Uno de ellos, no recuerdo quien, saco de su maletín una carta y me contaron que la habían descubierto el día del crimen. La leyó en vos alta. La firma era de un tal Gómez, Isidoro Gómez. y era dirigida a mi Liliana. Inmediatamente sentí celos. Benjamín me explicó que este hombre era un nuevo sospechoso, por la forma en la que se expresaba en la carta y luego se despidió con su compañero diciéndome que apenas lo encontraran me avisarían.
Mi vida siguió normal durante el mes y medio que tardaron en llamarme nuevamente de la comisaría. Esta vez eran un conjunto de malas noticias: la causa había sido cerrada ¿el motivo? Gómez, el único sospechoso, había muerto, huellas tampoco habían. No quedaba nada por hacer.
De esta manera me liberé de Chaparro y Baéz. Por fin estaban fuera de mi vida, se habían terminado las preguntas, y las sospechas, ahora si podía empezar una nueva. Muy cada tanto se venía a mi mente la cara de mi esposa caída ya inerte en el piso, me propuse ir de a poco también sacándome esa imagen de mi cabeza.
Mi trabajo y un nuevo amigo en mi vida fueron fundamentales para los cambios que me había propuesto. Sandoval, así se llamaba la persona a quien elegí para compartir los baches que se producían en mi vida.
Generalmente, cuando salía del trabajo hacía algunas compras y después me trasladaba a mi casa. Organizaba todo para la noche, momento que compartía con mi amigo, con charlas, algún licor barato y también cada tanto un partidito de póker, a nuestra edad ya muchas cosas no podíamos hacer.
Así fue como una noche entre copas y charlas, le conté. Si le conté....a él, a Sandoval, "yo la amaba, la amaba como nunca podré amar a otra mujer, vivía para ella, le dí todo, sobre todo mi confianza, yo creía en ella, creía en su amor". Hasta que descubrí la maldita carta firmada por Gómez. ¿Gómez? quién era, cómo había aparecido en su vida, desde cuándo lo conocía, cuánto tiempo hacía que se veían, todo eso y su indiferencia, su desfachatez al decirme que la vida era así, "Ayer te quería hoy ya no. Hoy quiero a Gómez, me enamoré de él" me llevó a tomar una decisión.
Así fue amigo, así fue también como decidí matarla, sacarla de mi vida a ella, a quien había amado tanto y quien me había traicionado de la manera mas vil. .Me levanté de mi silla, caminé lentamente y cuando la tuve enfrente le besé su mejilla, y con mis manos apreté su bello cuello, si apreté, y apreté, ella no puso resistencia, solamente me miraba, y así se fue mirándome sin un solo reproche. Desordené un poco la casa y cerca de ella dejé la carta que le había escrito Gómez. Luego salí sin que me viera nadie, di unas vueltas y luego volví para dar aviso a la policía.
Nadie sospecho de mi, cuando la ahorque tenía puestos los guantes que habitualmente me pogo para ir a trabajar en esta época del año, así que no habían huellas, solo la carta.
Al poco tiempo, después de mi declaración, la policía lo tenía a Gómez como sospechoso -por la carta-, pero cuando lo encontraron, ¡ya era tarde! Yo había llegado antes que ellos. Él, muy vivo, pensó que yo no sabía de su relación con mi esposa, pero se equivocó, de la misma manera que se equivocó al estar con ella. Ese fue su fin.
Sandoval se levantó, miró hacia la ventana e hizo una seña. A los pocos minutos llegó la policía y me arrestaron. A él se le había encargado de que se acercara a mi de manera encubierta, para seguir mis pasos. Nunca pensé que yo también era uno de los sospechosos, por segunda vez había sido traicionado, primero mi mujer y luego mi amigo.
Ahora, atrás de los barrotes oscuros de mi celda he decidido finalmente cerrar este capítulo gris de mi vida, pues me esta haciendo mucho daño, pero no quería hacerlo sin antes desahogarme escribiendo estas líneas.
Me encantó! 3
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