miércoles, 31 de agosto de 2011

En la piel del asesino, Matías D.


Capítulo I
Isidoro se despertó de un sobre salto. Todavía no entraba el sol por la ventana, así que calculó que eran las cinco. En su sueño – o más bien pesadilla- Liliana caminaba hacia él, radiante con una sonrisa que le iluminaba los ojos. El vestido blanco mejoraba aun más su figura delicada y angelical, aunque él sabía que cualquier cosa que ella usara, causaría la misma reacción.
Cuando creía que su felicidad no podía ser más grande, Liliana lo sobrepasa y sigue caminando para terminar parada junto a un monigote, que apenas conocía y que no sabía nada de ella.
Quién mejor que él, conocía todo lo que a Liliana le gustaba y disgustaba. Quién mejor que él, había estado con ella en los momentos de lágrimas y en los de risa. Al egresar del colegio, al recibirse.
Todo el tiempo que él había invertido en ella, para que ahora un no sé quien, se la llevara. Por eso saltó de un grito, por eso se despertó. El sueño le había dado lo último que necesitaba para decidirse a tomar las riendas del asunto.
Se bañó y desayunó calladamente con su madre; quien desde hacía un tiempo lo miraba preocupada. Entonces sin anestesia alguna le soltó: “vieja, me voy a Buenos Aires. Me llamaron para una obra. Hay mucha guita de por medio. Y si lo hago bien, me contratan por un buen tiempo y me lleno de guita.”
La tristeza de la madre era imposible de disimular y él, haciéndose el sonso, como entendiendo su gesto como de reproche, le aseguro que le enviaría dinero mensualmente, para que no le falte nada.
Dicho esto, terminó de arreglarse y se fue a comprar el boleto.
Capítulo II
Nunca se imaginó que esa ciudad pudiera ser tan grande. Había tanta gente, tantos autos… cosas que nunca había visto.
Se metió en el primer hotelucho que encontró. No tenía mucha guita, así que tenía que hacer realidad la mentira que le había contado a su madre, o pronto no le iba a quedar otra que volverse a sus pagos….Eso nunca, él estaba decidido a cumplir su propósito de cualquier manera.
Ni bien se acomodó, le pidió el diario al conserje, y se puso a mirar los clasificados. Anotó cuatro. Comió algo que tenía en un taper y se durmió. Mañana arrancaba muy temprano.
Al tercer anuncio que se presentó, se dio cuenta que iba a tener que ser más encarador: la de sumisito no iba en baires. Entonces, ni bien estuvo frente al encargado, le dijo: “Yo soy de los duros, no me quejo, llego siempre puntual, y soy muy leal al patrón, si me contrata no se va a arrepentir, tengo verdaderas ganas de trabajar.
Al tipo le gustó y al otro día empezó a laburar. Primer objetivo, cumplido.
Así transcurrieron los días, mientras laburaba y aprendía a manejarse en esta ciudad que nunca duerme.
Se alquiló un cuartito en una pensión, le escribió y mandó dinero a su madre y con una paciencia de monje, se puso a buscar a Liliana.
Por suerte ella había puesto el teléfono a su nombre, por lo que encontrar su dirección fue fácil.
Sus días se repartían en la obra y después se pasaba las tardes, o a veces bien temprano a la mañana, mirando la entrada de su casa.
Ya sabía a qué hora llegaba y se iba el perejil. ¿Cómo podía haber elegido de marido a ese rubio flacucho, cara pálida?
Capítulo III
Ya reunidos los datos decidió dar el gran paso.
Cuando estaba allí, le dio su nombre y Liliana aceptó  invitarlo a pasar. Le pidió un café y se entabló una conversación donde se recordaban las viejas épocas.
 Hasta ese momento todo parecía normal, solo era un viejo amigo que la visitaba  después de algún tiempo. En un momento donde ya no existía conversación alguna, le preguntó si podía mostrarle la casa. Ahí fue donde le vino el objetivo a la mente, y en el momento que cruzaban la habitación le pegó una trompada en la nuca que la desorientó y luego de eso se desmayo.
 Cuando despertó se encontró atada de manos a la cama sin ropa y él sacándose los pantalones. Sin saber que hacer comenzó a gritar desaforada. Entonces, Isidoro se lanzo sobre ella, le tapo la boca y empezó a violarla.
 Para que le quedara bien claro con quien trataba, le pego un par de veces. El placer de la venganza le brotaba por los ojos. Conociendo su derrota Liliana, llorando, se rindió.
Luego de unos largos minutos, Liliana harta de lo que pasaba le metió los dedos en los ojos. Él, enojado comenzó a ahorcarla hasta  que dejó de moverse.
 Liliana Colotto estaba muerta.
Se sentía tranquilo. Miro a su alrededor y se puso en campaña para deshacerse de las huellas digitales que había dejado en la taza, cuchara y edulcorante que había tocado.
Sin preocuparse, siquiera porque alguien pudiera verlo, se dirigió a la puerta y con unos guantes la abrió y se marchó.
Capítulo IV
Cuando escuchó la noticia en la tele, Isidoro compró el diario.
La prepotencia que expresaba su cara no se correspondía con el horror de la noticia. En la misma se leía:

      Buenos Aires.- La mañana del 30 de mayo amaneció oscura y triste por la muerte de una joven docente tucumana que fue brutalmente asesina en su propia casa.
Las autoridades policiales comentaron que: “Se manejan varias hipótesis, y aun no se descarta ninguna. Estamos esperando las instrucciones del Sr. Chaparro que viene en representación del juez que atiende la causa” Según textuales palabras del oficial a cargo, inspector Báez.

Gómez  sonriente pensó:”no tienen ni la más pálida  idea” y se fue tranquilo a trabajar.
Capítulo V
Pasados tantos meses, Gómez se manejaba perfectamente por Buenos Aires. Su rutina era tranquila: laburar, mandarle plata a la vieja y laburar. Se sabía querido por el patrón ya que varias veces le había dicho “pibe, sos una joyita. Seguí así”
Como se acercaba navidad y él se lo merecía, el jefe le adelantó el aguinaldo sabiendo que Gómez se lo enviaría a su madre.
Esa misma tarde la llamó: -Vieja, te estoy mandando una linda platita para que no te falte nada estas fiestas.
-          ¿No vas a venir, Isidorito? Dijo la madre.
-          No sé mamá, hay mucho laburo, y mucho hay que terminarlo antes que se nos venga el calor encima.
-          Ah! Hoy estuvo don Colotto visitándome, te buscaba a vos o a tu hermano para una changa, le dije que vos estabas en Buenos Aires y que no ibas  a poder.
-          Ah! – Dijo Isidoro, - bueno, mandále saludos la próxima. Me tengo que ir, ma. Después te llamo. Un beso.


Inmediatamente que colgó, se dio cuenta que su tiempo en la capital se había acabado. Juntó sus cosas y esa misma noche abandonó la pensión.
Había escuchado que en esta época se consigue muy buena plata en el sur, con la cosecha de pera y manzana.
Por la mañana, pasó por la obra y presentó su renuncia. Le dijo al jefe que tenía ganas de probar cosas nuevas y que no sabía para donde iba a arrancar.
En Rio Negro encontró el lugar perfecto para esconderse. Se mantuvo allí hasta fines de marzo fecha en la que se acabó la cosecha, y tuvo que buscar nuevos rumbos.
Se trasladó a Bariloche, a trabajar en  cabañas que debían estar listas para las vacaciones de invierno.
 Ahí también había bastante trabajo y más ahora que se acercaba la temporada. Allí se sentía cómodo, disfrutaba del paisaje, de las comidas deliciosas  y principalmente de lo tranquilo que era esa ciudad comparado con Buenos Aires.
Por supuesto no dejo de mandarle plata a su madre.
Pasaron otros meses más, hasta que un día decidió volver a Buenos Aires.

Capítulo VI

Ya se movía como cualquier persona y no como un asesino que mató y violó a una chica. Se sentía “normal” ante todos los demás.
 Hacia la rutina de todos los días, pero ese lunes, todo fue diferente.
Se dirigía a tomar el tren de Villa Luro. Y cuando se estaba por subir se dio cuenta que no tenía plata, pero aprovecho que el guarda estaba dado vuelta  para subirse y que no lo viera, o eso creía.
 Una vez el tren en movimiento, vio que el guarda lo estaba yendo a buscar, por lo que comenzó a dirigirse al último vagón. Sin tener más escapatoria, se sentó  y haciéndose el tonto empezó a leer un diario que había en el otro asiento. El guarda se le paro al lado y murmuro con voz grave:                                             
   
-          Boleto.
-          No lo encuentro, señor.
-          Voy a tener que cobrarte una multa, petiso.
Isidoro se puso de pie, saco pecho, frunció el ceño y hablo mirando a los ojos al guarda:
-          Entonces le vas a tener que cobrar a Magoya, gordo de mierda. Porque yo no tengo ni un mango.
-          No te hagas el piola. Ahora te bajas conmigo en Flores y vemos como te las ingenias para pagar, enano.
-          Enano la concha de tu madre.

No había cosa que lo sacara mas de las casillas que le dijeran enano. La furia se le subía a la cabeza y dejaba de ver con claridad. Como en una película, todo paso muy rápido; se trompeó con el guarda y terminó machucado en la caseta de Flores. “el gordo  no se la llevo gratis”. Pensó satisfecho.
A partir de allí, no paro de dar vueltas por las comisarias, porque resulta que tenía pedido de captura.
Cuatro días después, se encontraba al frente de un tal Chaparro, nombre que recordaba haber leído en el diario.
Muy tranquilo se recordó: “no tienen nada, no pueden incriminarme con el hecho” y se relajo cómodamente sobre la silla.

Capítulo VII

Con lo que Gómez no contaba, era que se le apareciera ese payaso borrachín que lo estaba, primero divirtiendo, pero después lo molestaba.
¿Cómo era posible que semejante zaparrastroso, llamado Sandoval, estuviera dirigiéndose a él con esa superioridad? ¿Por qué lo miraba de arriba abajo con desprecio e incredulidad?  Si llegaba a tener las manos libres, le llenaba la cara de dedos.
Entonces, enloqueciendo ante las palabras de éste, le canto todo.
 Que le quedara bien claro que él era bien machote, que era mejor que cualquiera y mucho más que el viudito Morales.
Firmó con orgullo la declaración, aunque por dentro, sentía que Sandoval le había sacado la ficha, y que ahora se las iba a ver negras en el penal.
Ya declarado culpable, se lo estaban llevando a la celda que le correspondía. Sabía que ahí, tenía para rato.
No hablaba con nadie, no miraba a nadie, con suerte se movía para comer y tomar agua. Se comportaba de una manera buena, aunque de bueno no tenía nada.
Un día se paro y se fue a tomar una ducha. En ese momento dos detenidos como él se le acercaron y uno de ellos intento sacar una conversación pero Isidoro se negó y con malas palabras les pidió que se vayan. El otro, le dijo que no lo tratase así al pibe. Isidoro, como bien gil que es, lo puteo y lo empujo.
El tipo, enojado, le pego una trompada y estos dos terminaron a las manos. Isidoro quedo bastante golpeado, pero al otro lo tuvieron que llevar a la enfermería por un corte profundo.

Capítulo VIII

Isidoro se encontraba en una oficina muy alumbrada. Cuando miro hacia el frente vio a un hombre sentado en una silla.
Se llamaba Romano. Este, interesado en Isidoro, le empezó a contar una serie de propuestas sobre que podía trabajar con él y, lo más importante, que podía salir de ese lugar.
El 25 de mayo salió de la cárcel como preso político. Fue entonces cuando, trabajando para los “buenos”, saco al asesino violador que era realmente.
Un día, volviendo de realizar un pedido de Romano, estaba por abrir la puerta de su departamento cuando sintió un pequeño zumbido que lo aturdía. Se toco la cabeza y vio sangre en su mano, después de eso un desmayo.
Cuando despertó se encontraba en una especie de galpón dentro de una jaula. No entendía nada, pero sabía que lo habían secuestrado. Recordó que tenía un golpe, asique se toco y pudo sentir que tenía un tajo pero no le sangraba, por eso dedujo que mientras estaba desmayado alguien le curó la cabeza.
Ya había pasado un día y era de noche, cuando de repente sintió que se abría la puerta del galpón. Alguien se le acercaba y cuando lo tenía en frente no pudo distinguir su rostro, ya que estaba oscuro. Se encendió la luz y le molestaron los ojos. Cuando pudo ver con nitidez, se quedo anodadado por quién era ese hombre que lo miraba a los ojos. Era ni más ni menos que Morales. No podía creer que él lo había secuestrado. Un hombre que parecía incapaz de matar a una mosca y menos de raptar a un asesino; lo tenía enjaulado.
Así pasaron años, de escasa comida, de escasa compañía y de pocas palabras, si bien morales no lo trataba mal, su mirada no dejaba de expresar odio, tristeza y finalmente, resignación. Morales le había dicho que lo alimentaba poco, porque lo quería flaco y débil, no fuera ser que se le ocurriera escaparse.
Un día, en el que la madurez los había alcanzado, se encontraba tirado todo despatarrado, sobre la cama; cuando se abre la puerta de la jaula. No tenia las fuerzas para levantarse así que espero a ver qué pasaba.
Era Morales y tenía una jeringa en la mano. Asustado empezó a suplicar y a gritar con miedo, pedía por favor que no le hiciera nada.
Se quedo callado y noto que Morales se reía, pero no con una risa de algo cómico sino con una risa de maldad.
-          Ja, ¿ahora me pedís suplicándome que no te haga nada? Ja, y ¿Liliana que te decía cuando la tenias atada en la cama?
-          No sé, perdóname por favor.
-          ¿Que te perdone me estas pidiendo? Que cara dura que sos Isidoro Gomez.

Morales no paraba de reírse, hasta que se lo quedo mirando fijo y le dijo:
-          Mandale saludos de mi parte a Liliana y decile que en un rato voy con ella.

Isidoro no entendió lo que le dijo, pero no se preocupo en eso, sino en que Morales se puso a su lado y le inyecto la jeringa en el brazo.
De pronto empezó a sentirse inmovilizado y que no respiraba bien hasta que la imagen de Morales se le empezó a hacer cada vez más borrosa, y de repente lo dejo de ver.
 

FIN

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