Nunca me había puesto a pensar que un simple pollo al disco pueda cambiar la vida de alguien. Quién se lo imaginaría, un encuentro con viejos amigos, te lleva despertar situaciones vividas del pasado que, al ponerse uno a pensar, se da cuenta de que esos momentos todavía no cierran, cómo que esperan algo más. De esa clase de momentos quiero hablar, de uno en especial, de uno que comenzó un 30 de mayo de 1968 y terminó hace unos años en el 2003¿quién lo imaginaría?35 años quieta y sin acción y así de la nada, salta a protagonizar nuestras vidas.
Esta historia no es una historia agradable, sino más bien una historia aterradora y repleta de tristeza, y muchísimo misterio. Una historia que aún en el día de hoy no termino de comprender, un sin fin de acciones que se entrelazan para llegar a un final inesperado o quizás nunca planeado, pero final.
Como decía, fue una fría mañana de mayo, de esas que el invierno hace notar que ya se aproxima por la gran ciudad de Buenos Aires. Yo caminaba hacia Retiro, con un frio que ni mis pies sentía, todo lleno de abrigo, parecía que tuviera un traje de baño, de nada servían todas las prendas que pesaban más que yo. Por fin llegué a tribunales y como todos los días, saludé a mi gran amigo Chaparro, que como siempre me decía “Buenos días Sandoval”, aunque el día fuera de lo peor siempre se daba el lujo de decir esa frase. De repente entra algo apurado el juez Báez y nos comenta que había un nuevo caso ocurrido esa misma mañana en la ciudad, un asesinato, un misterio asesinato.
Chaparro y yo decidimos echar un vistazo de cerca así que acompañamos a Báez al lugar del asesinato, a donde se dirigía. Al llegar, el cuerpo de policías muy amable, como siempre (sostengo que los policías a pesar de todas sus incorrecciones, son grandes personas, ya que no es nada fácil ese laburo, suerte que no me tocó), nos indicó el piso del edifico donde había ocurrido el homicidio. El ascensor tardaba en subir, seguro se debía a la antigüedad de ese edifico repleto de viejos departamentos. Al llegar, quedé muy impresionado con lo que vi, era una mujer sentada en una silla, con una postura insostenible, de no ser por las cuerdas que la mantenían atada a aquella madera. Sin embargo, la joven (parecía de no más de 30), no parecía tener ninguna lesión provocada por daño físico, ni ningún síntoma que dedujera su muerte, obviamente sin contar la palidez que cubría su piel. Con Báez y Chaparro nos quedamos asombrados por la simple razón de que quien fuera el asesino, no tenía corazón alguno, para haber matado a semejante mujer, que desplegaba una belleza incomparable. Pocos se hubieran atrevido a quitarle la vida, debía ser alguien muy macabro y con problemas psicológicos severos.
-No puedo creer semejante situación-resaltó Báez.
-La verdad que es para tener miedo hasta de salir al mercado de enfrente, cuando te das cuenta de lo que sucede hoy en día- dijo balbuceando Chaparro.
-Sencillamente no tiene explicación- asentí.
Me encontré tan asombrado con esa situación que decidí tomar el caso, Chaparro por supuesto me apoyó, ya que estaba en las mismas condiciones que yo. Volvimos a Tribunales, pero ya era tarde, la exploración de la habitación nos había tomado todo el día. A la mañana siguiente regresaríamos a centrarnos en el caso.
Dicho y hecho, el 31 de Mayo regresamos e investigamos. Descubrimos que era una mujer casada recientemente y que venía de Mendoza, no hacía mucho que vivía en ese departamento, probablemente no más de 3 meses. Era una mujer acomodada económicamente al igual que su marido. Lo misterioso es que el marido había salido a trabajar una hora antes de que el asesinato ocurriera, pero no había vuelto a la casa, como si hubiera desaparecido. Tratamos de contactarlo, hasta que por fin Chaparro consiguió su teléfono fijo y lo llamó.
-Hola, ¿Quién habla?- balbuceó el muchacho.
-Disculpe hablamos desde Tribunales de Buenos Aires ¿ Es usted Ricardo Morales?
-Sí, soy yo ¿Qué sucede?
-Estamos investigando el caso de su mujer, no sé si sabe lo que sucedió.
-¡Por supuesto que lo sé, soy su esposo!- Gritó de manera fracasada.
-Lo lamento señor, de verdad, necesitamos hacerle una entrevista ¿Podrá usted acceder a eso?
-De acuerdo. ¿Dónde y cuándo?
-Mañana en el café que está enfrente de la plaza.
-De acuerdo, hasta luego.
El hombre parecía muy furioso, pero no mostraba tristeza, sino más bien resignación por lo sucedido.
Al día siguiente fuimos al café, y nos contó algunos datos pero nada muy relevante, decía que hacía poco se habían mudado de Mendoza y que no tenían ningún conocido, ni nadie a quien deberle algo. Él no tenía idea por qué sucedió semejante situación.
Aunque parezca mentira, 35 años pasaron de ese día hasta que el recuerdo volvió. Fue como si ese caso se hubiese bloqueado de mis pensamientos por una razón que aún desconozco, como que la frustración superó mis expectativas.
Como dije antes, estaba cenando con unos amigos: un ex secretario de Tribunales, llamado Romano, y su esposa. Charlando de nuestras mejores épocas en aquel lugar, rememoramos muchos casos que ya habíamos olvidado, y ya volvimos a dejar atrás. Menos uno, uno del que creo que nunca voy a poder alejarme. El caso de Liliana Colotto. Romano lo nombró al azar, pero yo me quede casi un minuto asimilando ese nombre, esas dos inútiles, o tal vez no tanto, palabras. En ese momento todos los recuerdos de esos pocos días volvieron a mi memoria, pero no como algo vivido, sino como, algo por vivir. Al principio solo pensé que era cuestión de la mañana siguiente, y ya todos los pensamientos desaparecerían, pero me equivoqué. Estuve cinco días pensando en el caso, hasta que por fin decidí agarrar el tubo y llamar a Chaparro. Como siempre predispuesto, (nunca cambio eso), me ayudó a decidir que debíamos retomar el caso, no necesariamente por la parte legal, ya que había sido dejado a un lado, pero si personalmente.
Recordamos aquella conversación con Morales y decidimos averiguar sobre él. Pudimos obtener la información de que un mes después del asesinato se había mudado a Bahía Blanca, y aún residía allí. Dudamos por un segundo, pero enseguida decidimos tomar un colectivo directo a esa ciudad.
Llegamos un 20 de Abril de 2003 al atardecer. Reservamos una habitación en un hotel en medio del centro, y nos dispusimos a levantarnos temprano la mañana siguiente. Al otro día, luego de desayunar en una confitería abajo del edificio, emprendimos camino hacia el domicilio de Morales. Se nos hizo un poco confuso encontrar la dirección ya que era un barrio poco poblado y la numeración era incorrecta. Luego de casi una hora, conseguimos hallar la casa.
Tocamos la puerta. La casa parecía estar en muy buenas condiciones a pesar de pertenecer a ese barrio tan humilde. Nos atendió un hombre que nos dijo que era el encargado de hacer los deberes de la casa. No lo dudé de Morales, siempre tan distraído y resignado de la vida, no es algo raro que contratase alguien que cuidara de su casa.
Nos hizo pasar a sentarnos y nos dijo que Morales había ido al banco hacía diez minutos y que ya debía estar por llegar. Efectivamente en poco tiempo entró. Se sorprendió al vernos, pero luego nos reconoció.
-¿Ustedes son Chaparro y Sandoval verdad?- dijo reconociéndonos.
-Así es -Asentimos.
Nos invitó a pasar a la cocina y nos contó sobre su vida los últimos años. Parecía muy tranquilo y no el mismo Morales de hacía tiempo atrás. Todo parecía una conversación normal y alegre, hasta que salió el tema de su esposa, era inevitable por supuesto, y además nuestro objetivo. Aunque el tema era triste, siguió con su paciencia que parecía haber adoptado en los últimos años y nos dijo:
-Saben, se habrán imaginado que nunca me movilicé por encontrar al asesino de mi esposa, pero nunca fue así, ya que conservo todavía su presencia en mi corazón. Soy un esposo agobiado, como cualquiera que tiene una situación así de cerca. Busqué al asesino ¿y saben qué? Lo encontré, aunque no crean, lo hallé. Y es más, les digo que está más cerca de lo que creen, aunque ni siquiera lo pensaron. Descubrí que hasta los más oscuros hombres se arrepienten; aunque nunca lo perdonaría, por supuesto. Y como si fuera poco, lo condené de por vida, porque, ¿de qué sirve una condena corta? ¿Cómo lo hago sufrir? Igual no soy una persona demasiado perversa, y por más que me esfuerce no sería capaz de cometer un frialdad muy grande, y menos un delito. Simplemente lo amenacé con servirme de por vida, a cambio de no delatarlo. Si abre la boca, sabe que de esta no sale.
-No entendemos de que nos habla- me expresé.
-Es más senillo de lo que piensan. Discúlpenme, casi lo olvido ¿Quieren un café? ¡Gómez! trae 3 cafés, para los hombres y para mí- Exclamó llamando como si nada, al asesino de su esposa.
¡Muy bueno! Me gustó que se le diera un poco de aire al relato con los diálogos.
ResponderEliminar¡Felicitaciones!
Qué buen texto!!!! Me encantó.
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