miércoles, 31 de agosto de 2011

Dos sin resolver, Agustín G.


Cuando entro al galpón veo un tipo dentro de la celda, tirado en un  colchón. Al acercarme me doy cuenta impresionado que se trataba de aquel muchacho a quien le había tomado declaración indagatoria con mi ex compañero Pablo Sandoval  hace 25 años atrás por el asesinato de Liliana Colotto, esposa de Morales.
La celda está construida en el centro de un galpón que se está apartado y en el fondo de la casa. Es una celda chica, de barrotes gruesos que van desde el piso hasta el techo con un lavatorio y un inodoro en una esquina y un colchón sobre la reja del fondo. Tirado en ese colchón  está Isidoro Antonio Gómez.
Lo reseco de los tarros que parecen de agua y comida, hacen suponer que están vacios desde hace varios días.
Parece que todavía está con vida, aunque no abre los ojos, parece que todavía respira.
Le pregunto a Gómez mientras lo sacudo para que reaccione _ ¿Se acuerda de mi? Soy Benjamín Chaparro ¿Cómo llegó hasta acá?, ¿Quién lo trajo hasta acá?, ¿Hace cuánto que está?
_ Fue él… _ llega a decirme con mucho esfuerzo.
_ ¿Quién? _ pregunto _ Apenas abre los ojos y los vuelve a cerrar. No contesta, aunque por lo que me dice y como me mira parece que me recuerda, que recuerda esa época en que por no haber terminado mis estudios de Derechos, trabajaba como pro secretario en el Juzgado de Instrucción que atendió su causa: el asesinato de Liliana Colotto del cual fue declarado culpable. En ese momento yo tenía 28 años de edad y 10 de experiencia en el fuero y nunca cambié esa posición por no tener el título de abogado. Llegué hasta jefe administrativo de una Secretaría y ahí quedé, viendo como otros menos capaces me sobrepasaron. Así fui y creo que así me vio Gómez en aquella época.
Me acordé entonces del caso. Liliana Colotto y Ricardo Morales eran un matrimonio feliz hasta el día en que Gómez  asesina a Liliana.
Era un día muy temprano a la mañana  cuando me mandaron a investigar un asesinato. Encontré el cuerpo de la victima tirado al lado de la cama, sobre el piso del dormitorio desnudo y frío. Luego se confirmó la estrangulación. Morales recordaría para siempre ese 30 de mayo de 1968.
Durante la indagación Gómez había confesado el asesinato y después de estar en prisión había conseguido de manera oscura su libertad. A partir de ahí nunca más supe de él ni de Morales.
Ahora, tirado acá, casi muerto, creo que esa libertad que había conseguido Gómez en aquel momento no le duró mucho tiempo pero todavía no puedo saber cómo vino a parar a esta celda, aunque por encontrarse la misma en el fondo de la casa de Morales no queda mucho por pensar. Fue Morales quien hizo justicia por mano propia.
Gómez  aún respira. Me doy cuenta de que trata de mostrarme algún lugar dentro de la celda señalando el inodoro.
_ ¿Qué hay ahí?_  pregunto_. No contesta, no tiene energías para hacerlo.
Desde donde estoy camino dos pasos hasta el lugar que me señala y encuentro una carta. Está dirigida a mí y tiene como remitente a Morales. Una segunda carta porque la primera fue la que me llevó hasta este lugar donde estoy ahora. Esa primera nota era en realidad un telegrama donde Morales me pedía por favor que llegara hasta este lugar sin más detalles.
Abrí rápidamente esta segunda nota y empecé a leer:
“Ante todo te pido disculpas por no haberte dicho nada sobre tener encerrado a Gómez, pero el motivo de esta carta es para contarte cómo fueron verdaderamente las cosas.
Yo notaba algo raro en mi esposa meses antes de que la asesinaran, es decir, ya no notaba el mismo amor que tenía ella cuando nos casamos.
Todos los días cuando me iba a trabajar ella estaba despierta y desayunando, cosa que no había hecho nunca, y también cuando salía de mi casa veía un Falcon rojo estacionado en la esquina. Entonces empecé a sospechar  que ella me estaba engañando.
Un día al salir de mi casa al trabajo, decidí esconderme en la esquina para confirmar o no mis sospechas y entonces vi entrar a Gómez. Unos años más joven que yo, y seguramente más atractivo para Liliana.
Esperé unos minutos, entré al edificio, no quise usar el ascensor por miedo a toparme con él, por eso usé las escaleras, entré en el departamento y  los vi en la cama. En ese momento la furia, la bronca, el dolor me hicieron hacer algo de lo que me arrepentí toda mi vida… matar a mi esposa.
No olvido los gritos de Liliana, rogando y tratando de explicar la situación. _No, por favor!!! , _ No, te lo ruego!!! _ No es lo que crees.!!!
Puse mis manos en su cuello. No la quería escuchar. Mientras, el cobarde de  Gómez aprovechaba a escaparse. No me di cuenta de que él  había escapado hasta que Liliana dejó de gritar. No la volví a escuchar. Entonces reaccioné y me di cuenta de que la había matado”.
Sorprendido tiro la carta y observo a Gómez.
_ ¿Por qué no confesaste en tu  declaración que fue Morales el que la mató? ¿Por qué te condenaste vos y lo salvaste a él?_ le pregunto.
_ Contestá!!!_  le grito, pero nunca hubo respuesta. Gómez estaba muerto.
Mientras se investigó el caso estuve convencido de que Gómez la había matado. Todas las pruebas lo hacían suponer. En mayoría de las fotos de Liliana Colotto, que entregó Morales, recuerdo que encontré a un hombre que miraba a la víctima de forma sospechosa y apasionada. Luego lo identificamos como Isidoro Gómez, amigo del barrio y de la adolescencia de Liliana. Morales en ese momento le pidió a su suegro en Tucumán que averigüe todo lo posible sobre Gómez. El suegro averiguó que Gómez vivía y trabajaba en Buenos Aires y a partir de eso, empezó toda la investigación hasta que se declaró culpable y fue condenado. Entonces esas fotos que trajo Morales estarían trucadas- me preguntaba-  cuando…
Escuché que se abría la puerta del galpón, era Morales. Con muchos años más encima, con poco pelo en su cabeza, bastante pálido, seguía alto, flaco y usando su bigotito recto.
_ Fuiste vos, la mataste, ¿Cómo pudiste engañarme así?_ Le dije casi sin pensar.
_ Ella me engañaba _ dijo defendiéndose de mi acusación
_ ¿Cómo hiciste para que Gómez no confiese la verdad?
_ Lo amenacé de muerte.
_ Pero Gómez no podía tenerte miedo a vos si estaba metido con todos esos tipos de la pesada de ese tiempo.
_ Si podía, porque yo era su jefe en eso.
_ ¿Cómo?
_ Sí, yo era su jefe.
_ Ahora entiendo. Igual nada te da derecho a haber matado a tu mujer y a que este hombre este tirado acá y muerto también. Entonces ahora ¿Qué hago con vos? ¿Tengo que pegarte un tiro? Me hiciste ir del país. Vos y tu gente eran los que me perseguían y me obligaron a exiliarme. ¿Quién me va a devolver esos años en los que tuve que dejar todo? Sos lo peor.
Me abalancé contra él. El sacó una nueve milímetros y me disparó. Salió corriendo.
Yo tirado en el piso y herido llamé a la ambulancia que llegó 10 minutos después.
Hoy a casi 4 años de este hecho todavía me pregunto dónde estará el maldito asesino de Liliana Colotto y de Isidoro Gómez. Todavía sigo buscándolo sin encontrar huellas. Dos homicidios sin resolver.

1 comentario:

  1. Me gustó la resolución, bastante distante de la versión original, lo que la hace mucho más grata. Buena redacción, algunos problemitas con los tiempos verbales, nada que no pueda mejorar con la reescritura. Muy bueno! 2

    ResponderEliminar