Era el 6 de Septiembre, como olvidarlo. Lo recuerdo con lujo y detalle, como si fue fuese ayer.
Era un día como cualquier otro. Como todos los días, me levante a las 7 en punto, a las 8 entraba a trabajar. Me levante, cepillé mis dientes y vestí mi típico traje negro. Mi Liliana ya se había levantado, ya me había preparado las tostadas como a mi me gustaban, bien doraditas; mi café con leche y el periódico al lado. Ella se bañaba, mientras la escuchaba cantar con su dulce vos, todo era perfecto, era feliz junto a la mujer que amaba.
Finalmente se hicieron las 7:45, ya era hora de ir a trabajar. La besé en la puerta y crucé la calle viendo como me saludaba con una sonrisa de punta a punta. Así subí al auto y me marché.
Ya eran alrededor de las 3 de la tarde y ansiaba con que sean las 4 para llegar a casa. No sé porque, habrá sido el destino no lo sé, pero justo ese día mi jefe me ordenó que me retirara a eso de las 3 para que revisara algunas fotos que iban a ser publicadas en el diario. A eso de las 3.15 llegué. Lo primero que note fue que la manija de la puerta principal estaba forzada. Rápidamente bajé del auto y corrí hacia adentro. Al entrar ví manchas de sangre por doquier. Cuando finalmente entre a mi habitación, nuestra habitación, donde la encontré. Estaba ella, mi Liliana sin ninguna reacción sobre la cama, sin ropa, llena de sangre. Ese momento fue el peor momento de mi vida. Me desvanecí. Llore y lloré, llore más fuerte de lo que un nene podía llorar cuando le sacan su chupetín, llore más de lo que un hombre puede llorar cuando la mujer a la que amas, muere. Pero no que muere de un accidente o una enfermedad, muere, como peor cosa, por una persona tan hija de mil puta como lo había sido ese hombre, ese monstruo.
No podía verla así, no podía, me resignaba pero a la vez sentía impotencia, sí impotencia, por tener al asesino enfrente mió y poder hacer que sufra todo lo que mi Liliana sufrió. Ese día no dormí, tenía a policías por todo la casa, vecinos asomándose, dando sus testimonios y queriendo saber mas sobre el tema, parientes llamando y lamentándose por lo sucedido. Pero mas que nada, no dormí porque se me venía el recuerdo de Liliana todo el tiempo a mi mente, se me venia especialmente su sonrisa, la cual vi por última vez.
Las primeras semanas según todos, son las más dolorosas, y a fin de cabo, resultaron así. Por 6 días no fui a trabajar, me quedaba en casa ordenando y viendo una y otra vez fotos de ella. A eso del octavo día de lo sucedido, me llego una carta del juez Báez, quien me citaba a una declaración.
Al día siguiente fui al juzgado. Allí me presentaron a mi abogado, el cual me dio el Estado por no tener la plata suficiente como pagar uno. Él era Chaparro, Benjamín Chaparro. Apenas lo vi note que era una persona trabajadora y muy atenta, confié en que iba a ayudarme. Entre a la sala donde me esperaba Báez.
En esa reunión me hicieron declarar todo lo que había visto, y me dijeron que se iban a sostener en los testimonios de mis vecinos y de mí, que no habían pistas, no habían huellas.
Estaba harto de escuchar noticias sobre la muerte de mi esposa, estaba harto de escuchar los lamentos de la gente una y otra vez: “pobre de vos, contás conmigo siempre, para cualquier cosa”. Muchos lo decían por compromiso, y solo unos pocos porque realmente lo sentían.
Lo pensé por bastante tiempo y decidí marcharme e irme a Salta donde tenía parte de mi familia. No aguantaba más Buenos Aires.
Allí me sentí resguardado, no quería escuchar mas nada sobre el tema, aunque todas las noches tenía el pensamiento de encontrar a ese monstruo. Los meses pasaron y yo no daba ni noticias ni ellas me llegaban a mí. Lo que no permite que yo me haya olvidado de ella, su recuerdo estaba latente, nunca la olvidaría, la seguía amando, esté o no esté. Así pasaron 4 meses de aquella vez, de aquello sucedido en la calle Belgrano al 1590.
Cuando un día, me llego una carta de Chaparro, donde decía que nunca mas había oído algo de mi, pero que estaba intentando abrir el caso nuevamente, para descubrir al asesino. Termine de leer la carta y supe que lo mejor era volver a Buenos Aires, a hacer justicia por mi mujer.
Finalmente, volví. Al día siguiente, nos encontramos con Chaparro a tomar un café y a hablar de lo que pensábamos hacer sobre el caso. Definitivamente, mucho no se podía hacer, pistas no habían. Así que decidí ir a mi casa y averiguar lo que podía.
Llegue y lo primero que hice fue buscar en la habitación, con solo ver esa cama se me venía su recuerdo. Pero en fin, busqué y busqué. Así fue donde encontré una pequeña caja. La abrí y noté que estaba llena de papeles y muchas fotos. Tenía cartas de cuando éramos novios, nuestra acta de matrimonio, lloré y lloré devuelta, fue más fuerte que yo, no me pude contener. Cuando secándome las lágrimas comencé a ver fotos del secundario y noté que en todas las fotografías, se encontraba un hombre mirando a mi Liliana con una mirada de obsesión. Rápidamente quise saber quien era y acudí a mi abogado para que me ayude.
Llegó Chaparro y le mostré las fotos. Yo nunca en mi vida lo había escuchado, pero si Liliana me había nombrado varias veces acerca de un chico, compañero de la secundaria que siempre había estado enamorado de ella; hasta me mostró cartas que le mandaba cuando se entero que nos habíamos casado. Sería ese? No lo sabía, cuando encontré una carta que decía:
Mí querida Liliana:
Últimamente acá en el pueblo andan comentando que te casaste. Ayer, me encontré a tu padre y me lo confirmó. No lo puedo creer, no puedo creer que no me hayas esperado para comenzar una vida conmigo, sos la peor Liliana Emma Colotto. Te deseo lo peor, si lo peor. No puedo creer en lo basura que te convertiste, casándote con es infeliz, finalmente te convertiste en una hija de perra como tu mama, no cambias mas. Ya cuando pueda me voy a ir a hacer una vueltita por allá, por Buenos Aires y te voy a ir a visitar mi amor. Te voy a buscar y vamos a huir juntos, como mi mujer. Te amo Liliana, sos el amor de mi vida y espero que pienses lo mismo de mí. Nos estamos viendo y espero que todo esto a tu maridito no le cuentes nada, sino sos boleta mi amor.
Te amo.
I.G
La leí y quede shockeado, como un hombre podía tratar así a una mujer y mas a mi Liliana, no lo podía creer. ¿Quien era I.G.? ¡Quería buscarlo ya!
Rápidamente llame a mi suegro, que vivía en Tucumán y le conté sobre la carta. Así el me afirmó que se trataba de Isidoro Gómez.
Chaparro me sugirió que buscáramos información de el, para luego citarlo a una declaración.
Así lo hicimos, mi suegro nos pasó información acerca de donde estaba, últimamente había viajado a Capital Federal en busca de trabajo. Además nos dijo que allá por el pueblo de Tucumán, se comentaba que estaba trabajando de obrero en una obra que había comenzado hace unos 4 meses. La obra era de la empresa “Monzón”.Esos habían sido los datos de Néstor.
Sin más, con Chaparro decidimos ir al local de esa misma empresa para que nos averigüen donde se encontraba esa obra. La obra se encontraba en la calle La Rioja al
3.500. Al día siguiente decidimos ir, Chaparro me acompañaba a todos lados, era mi fiel amigo al cual todo le podía confiar.
Llegamos y nos encontramos con el jefe de obra. Le preguntamos sobre Gómez, y nos dijo que exactamente hace 4 meses había renunciado y se había ido a Puerto Madryn.
No lo dude un minuto, ese mismo día fui a la Terminal y saqué un pasaje para esa misma noche. Chaparro prefirió quedarse e ir contándome las noticias que ocurrían en Buenos Aires. Así, es día viaje con la suerte de encontrarlo, de saber quien era y que quería de mi esposa.
Al fin, llegué. Puerto Madryn era una cuidad pequeña. Pintoresca. No sabía para donde buscar, parecía un loco, con mi valijita, solo, caminando por el medio de las calles sin rumbo, con una foto de Isidoro en la mano.
Ya habían pasado 5 horas desde que yo estaba caminando. Por lo que me senté en una plaza y comencé a observar a las personas que se encontraban. Lo primero que me atrajo fueron dos ancianos caminando de la mano, que hermosa que era la vida, pensar que yo hubiera podido estar así con mi Liliana. Cuanto mas me acordaba de ella más impotencia sentía.
Cuando algo muy curioso me llamo la atención, los barcos que zarpaban, nunca en mi vida los había visto, por lo que decidí ir a verlos. Me quede un buen rato observando a los marineros; cuando uno de ellos le grito a uno: “Dale Isidoro que sino el jefe se enoja”. Ese comentario me hizo abrir bien los ojos hacia el muchacho al que le estaban hablando. Lo miré, miré la foto y un aire parecido tenía. Ese era el momento, o lo llamaba o dejaba ir la oportunidad de encontrarlo. Sin más decidí gritarle: “eu vos, te hago una consulta”, apenas me vio salió corriendo. Mis reflejos en ese momento me ayudaron y motivaron a que yo salga corriendo también. Corrió, corrí, corrimos. No creí que podía correrlo mucho más, estaba cerca, lo que me motivaba a correr más rápido. Finalmente se metió en un callejón, donde no tuvo mas salida. Lo agarré y pregunte su apellido: con miedo me dijo Isidoro. “Apellido, pregunté”, dije; donde me contesto: “que te importa quien soy, que queres de mi”. En ese momento me saqué. Lo agarre de los brazos e hice presión, para que sufriera y me dijera la verdad, insistí una y otra vez, cuando una lagrima le estaba por caer dijo: “Isidoro Gómez, ya esta, déjame en paz”. En ese momento, sentí por un lado alivio, lo había encontrado pero por otro lado bronca, ganas de matarlo. Pero, no sabía si verdaderamente había sido él, el asesino.
Por lo que decidí llevármelo a la casa donde estaba parando. Una vez ahí, lo senté en una silla y lo até, de forma que no pudiera escapar. Así, le pregunte si conocía a Liliana, el respondió que no. Me dio bronca, porque no me dijo la verdad. Le pegué una trompada en la cara, si suena muy feo, pero créanme que por hacer justicia por la mujer a la que amas uno hace cualquier cosa. Seguí insistiendo con esa pregunta, cuando decidí sacar esa bendita carta y mostrársela en la cara, no me podía mentir. Cuando me dijo:
“si, la conozco ¿tu esposa, murió no? Jajajaja pobre de vos.”
Esa risa tan falsa que hizo, me volvió loco. Le pegue no una, 2 trompadas en la cara, Él sangraba y yo quería descubrir si la había matado.
Era obvio que si le preguntaba si era el asesino me iba a decir que no, por lo que tuve la idea de decirle:
“vos no mataste a mi esposa, si ni huevos tenes. Si los tuvieras darías la cara, pero sos un cagon al que no se lo puede llamar hombre. Sabes que te voy a dejar ir pero te voy a tener siempre como el cagon, mas cagon, de todos los cagones.”
Evidentemente se sacó, me escupió en la cara y me afirmo de haberla matado diciéndome:“¡sí la mate! ¡La maté! Tengo bien puestos los huevos no como vos. Ese día estaba hermosa, la pasamos muy bien juntos por ultima vez, ay dios, lastima que estabas trabajando y no pudiste venir, sino eras boleta también.”
Como a todo hombre que le dijeran eso sobre su mujer, hubiera echo lo que yo hice, cagarlo a trompadas.
Tenía el arma cargada, pero no quería hacerlo, quería que sufra. Así, lo cargué en mi auto y me lo llevé a 200 km . De Puerto Madryn. Donde paramos en una estancia que tenía un amigo antes de morir, supe que era el lugar perfecto. Entramos y lo primero que decidí hacer fue, atarlo a una silla, amordazarlo y dejarlo encerrado en el sótano.
Tenía varios cambios que hacer. Uno de ellos trasladar mis muebles desde Buenos Aires hasta acá, y quien mejor para ayudarme, que Chaparro. Le mande una carta contándole lo sucedió. Me juro que no iba a decir ninguna palabra a nadie y que los muebles me llegarían dentro de 1 semana. Además de decirme que en unas semanas viajaría a visitarme y a hablarme del tema.
Esa semana paso rápido, hasta que llegaron mis muebles. Acomodé la casa, la ordené, la limpié y la decoré, parecía un nueva.
Isidoro seguía bajo tierra, con 1 trozo de pan y 2 vasos de agua por día. No le hablaba.
No se merecía nada, ni mi interés por darle de comer.
Al los dos días llego mi amigo Chaparro. Quien no quiso ver a Isidoro. Charlamos por horas contándole todo lo sucedido. El me comentó que en Buenos Aires no se estaba investigando nada y que el caso lo estaban por cerrar devuelta. Me juro una y otra vez que esto iba a quedar acá entre los dos, y así le creí. Chaparro se quedo unos 3 días en casa, cuando se fue devuelta a Buenos Aires. Al fin solo, va, el y yo. El en la parte subterránea sufriendo y pagando lo que debía y yo tratando de componer mi vida normal, me levantaba a eso de las 7, ya no en punto; me hacia mis propias tostadas que me salían todas negras y quemadas, mi café con leche y el periódico al lado.
BUENO!!!. REVISAR LA ORTOGRAFÍA Y LA NARRACIÓN. NOTA 2(DOS)
ResponderEliminarMuy bueno,me gustó el monólogo interno de Morales, muy realista!! Romina
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