miércoles, 4 de julio de 2012


Santiago Trobbiani.


Transcurrió la primavera del primer año del nuevo siglo, más precisamente 27 de Septiembre, día que será imposible olvidar, y que cada año cuando el dulce aroma de los jazmines invadan La Cascada, también serán invadidas nuestras mentes con el recuerdo de lo ocurrido.
Llegó el verano y con el olor a pasto recién cortado, también llegó algo inesperado. Nunca había pasado nada igual en el country, la vida allí siempre había sido igual, tranquila como viviendo en un permanente tiempo de vacaciones.
Sentada en el sillón, frente a la ventana, observé la casa cerrada de mis vecinos, Carla y Gustavo, los más cercanos, nos separaba un cerco vivo, bajo, pequeño, pero en realidad había cosas que nos separaban mucho más.
Con  Carla compartíamos algunas tardes, los miércoles,  la clase de pintura, y de a poco nos fuimos haciendo amigas, pero siempre había puesto distancia, se recluía en su casa, salía poco y generalmente no aceptaba mis invitaciones para ir al cine o alguna muestra de pintura los  jueves, día en que quedaba sola porque Gustavo cenaba con sus amigos.
Todo esto se lo relaté al Inspector Garrido, cuando comenzó la investigación de los hechos, unos días después de la muerte del tano Scaglia, Gustavo y Martín en la piscina de la  casa del primero.
El Inspector, de aspecto desprolijo, con una barba poco cuidada, fumaba constantemente. Recorrió cada casa de La Cascada mirando todo aquello que podía darle un indicio de lo que había sucedido esa noche.
Garrido escuchó pacientemente a cada una de las esposas de las víctimas, comenzó por Teresa, esposa del tano, le contó que su esposo y amigos estaban solos aquella noche, y lo que pasó fue un fatal accidente ya que en el barrio nadie podía entrar había vigilancia, alambrados perimetrales, tarjetas magnéticas, etc, etc, le dijo.
Lala, esposa de Martín Urovich, recibió al Inspector entre llantos, no tenía consuelo, pensaba constantemente en ese cable que cayó en la pileta.
En cambio a Carla se la veía bastante bien, aunque por ser tan reservada era difícil traspasar ese límite. Después de un par de meses, había redecorado su casa, una de las más pequeñas del country,  amplió una foto de Gustavo y la colocó en un portarretrato y a su lado una flor que cambiaba cada vez que se marchitaba. Ella me contó que era la preferida de Gustavo florecía en primavera y verano, nacía de una pequeña planta que le había traído de su último viaje de negocios y que el jardinero se la plantó en su jardín. .
Llegó el turno de Carla, fiel a su personalidad, paciente y serena, respondió a cada pregunta del Inspector sin titubeos y con precisión. Finalizadas las entrevistas tomó algunas huellas, cerró su pequeña libreta y se retiró.
 Pero volvió a los pocos días y fue en esa oportunidad que se acercó a mi casa a realizar algunas preguntas. Le conté que a los Scaglia los conocía porque éramos invitados frecuentemente a las fiestas que organizaban, era una pareja unida y los de más dinero del country. Lala, Martín y sus hijos estaban próximos a viajar a Miami, lugar donde vivirían ya que él había perdido el trabajo. A Carla y Gustavo, mis vecinos, los conocía un poco más, eso creía. No tenían hijos y siempre me pregunté por qué Carla seguía casada, él era violento, varias veces escuché gritos y golpes, y observé como ella disimulaba con maquillaje los moretones sobre su rostro.
Garrido se acomodó en el sillón, prendió otro cigarrillo, apoyó la tasa de café sobre la mesa y casi sin darse cuenta, como pensando en voz alta dijo: siempre pensé que los problemas económicos, la vida dura, los fracasos, las debilidades, la violencia y los engaños eran patrimonio de los que vivíamos fuera de las barreras. Es difícil pensar que dentro de éste mundo mágico algo malo podía suceder, es demasiado perfecto para mí, dijo, que estoy acostumbrado a caminar por los lugares más oscuros y violentos.
Pero ésta burbuja, llamada Cascada, de pronto explotó, y lo hizo varias veces en la misma década,  en cada una de ellas un “efecto” con nombre de bebida alcohólica alejaba algunas familias y llegaban otras. Acá, pensaba el Inspector, no ocurre lo mismo que afuera, cuando se pierde es a lo grande y eso sumado a que en general no hay posibilidad de disminuir el nivel de vida, hace que todo sea más complejo.
Le resultó difícil entender el móvil si es que no fue un accidente, y así identificar al asesino si lo había.

Pasaron unos meses, el Inspector siguió armando el rompecabezas, volvió una y otra vez al country, analizó cada palabra, cada elemento, a cada persona. Una noche, después de haber bebido abundante whisky se despertó sobresaltado, y recordó que, al momento de llegar a la casa de los Scaglia aquel 27 de Septiembre, en el borde de la pileta había una flor rara, distinta a todas las del barrio, la misma que el día anterior, cuando visitó nuevamente a Carla, estaba  en el enorme jarrón junto al portarretrato de Gustavo.

2 comentarios:

  1. Santiago que lindo saber que seguís escribiendo, pensar que fuiste uno de los nombres mencionados en el concurso infantil de 2005 en el que fui jurado y ahora como coordinador de letras de la Dirección de Cultura de Cipolletti, me enorgullece saber que seguís escrbiendo.

    Mi mail: coordinaciondeletrascipolletti@gmail.com

    Saludos

    Santiago Ocampos

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  2. Gracias Santiago Ocampos, cuando terminen las vacaciones, si te parece, nos comunicamos para organizar algo con tantas ganas de escribir. Saludos, Laura Valdez.

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