miércoles, 4 de julio de 2012


Kathya
Tres cuerpos pálidos yacían en el fondo de una pileta revestida con costosos azulejos. La oscuridad de aquella noche era un tanto particular, teniendo en cuenta que era sábado y normalmente se solían escuchar ruidos de copas brindando, zapatos danzando al compás de música, y los parloteos de jóvenes que paseaban por las seguras calles de Los Altos de La Cascada. Los golpes de la puerta de la casa del Tano no dejaban de escucharse, alguien llevaba un largo tiempo golpeando y nadie acudía a abrir la puerta. Era Carla Massota, que aparentaba estar desesperada por decirle algo a su marido, Gustavo, ya que este no contestaba sus llamadas. Se tomó el atrevimiento de intentar pasar, pero la puerta de entrada estaba cerrada con llave, lo cual era extraño ya que en La Cascada, nadie precisa trabar las puertas de su casa. Miró sospechosamente hacia su alrededor, y caminó hacia los arbustos que cercaban el patio de la casa. Se quitó sus zapatos importados, dejó su saco de piel colgando sobre un buzón de correo  y se preparó para trepar. Colocó un pié sobre la primera rama que vio resistente, y poco a poco fue subiendo. Cuando llegó a la cima de aquel cuidadosamente podado arbusto, vio que la casa estaba en completa oscuridad, ni siquiera las luces de la pileta se encontraban encendidas. De un envión saltó hacia la tierra y dio un grito al sentir que algo le había cortado el pié. Miró y pudo distinguir que un pedazo de botella de vidrio había sido el causante. Sorprendida, caminó como pudo hacia el quincho del patio y se sentó en la primera silla que vio. Buscó en sus bolsillos su celular para poder alumbrar y ver con claridad. Al encender la linterna, quedó completamente pasmada al ver cables tirados por todo el patio, botellas y copas rotas, cartas y fichas de poker por doquier y cero rastro de su marido y vecinos. Luego un frío escalofriante le corrió por la espalda, al ver que uno de los cables estaba apoyado sobre el primer escalón de la pileta. Se quedó ahí, sentada, muerta de miedo de solo pensar lo que podría haber sucedido. Se paró, caminó unos pasos y sus rodillas se desplomaron en el suelo al ver los tres cadáveres de sus queridos.
No más de 7, 8 minutos pasaron hasta que llegó la policía y ya todos los vecinos estaban enterados del hecho. Carla preguntó quien le había informado a la policía lo sucedido, y un oficial le respondió que el llamado había sido realizado desde la casa misma, pero la persona que llamó no se identificó. Lala y Teresa, viudas de Tano y Martín, estaban llorando a gritos, lo que causaba que todas las miradas se dirigieron a ellas. Cuando recuperaron su compostura, se quejaron y reclamaron que el caso sea investigado por un profesional.
Más tarde, un auto con vidrios polarizados, y recién encerado apareció en frente de la casa, la puerta se abrió y un hombre de alta estatura y compostura delgada bajó de éste. Las tres viudas miraron curiosamente a aquella persona, tenía el aspecto más sombrío y frío que jamás habían visto. Su cara era pálida, y sus ojos, sus ojos parecían un abismo de oscuridad, que al mirarlos te succionaban. Tenía una pequeña nariz, labios carnosos, y ropa que parecía salida de una revista de modas del siglo pasado. Su expresión no era la más simpática.
El se acercó, y se presentó a sí mismo, “-William, mi nombre el William Johansson y voy a ser el detective que tome el caso de sus esposos. ¿Me permiten pasar?”- dijo seriamente. Carla le hizo un gesto y le indicó por dónde pasar. Este miró detalladamente la escena y escribió un par de líneas en una pequeña libreta. Pidió por teléfono que se le realice una autopsia a cada cadáver. Luego les dijo a las tres que necesitaba hacerle un par de preguntas en privado a cada una.
Teresa y Lala no demoraron mucho, cuando ambas terminaron Carla les preguntó qué les había preguntado y estas contestaron que ya ni lo recordaban. William llamó a Carla y esta se acercó para hablar con él. “-¿Cómo fue que encontró los cuerpos, señora?”-dijo él. “-Hacía rato que intentaba comunicarme con Gustavo y no me respondía las llamadas, entonces decidí averiguar por mi misma en qué andaba-”. “-¿Estaba sola?-” “-Sí-”.“-¿Cómo se hizo ese moretón en el brazo? ¿Y qué es esa marca que tiene sobre el mentón?-” Le dijo a ella, Carla se puso nerviosa y no le salían las palabras para contestar. “-Ya veo!” dijo William, “-Su esposo la maltrataba?, voy a necesitar que por favor me cuente todo”. Carla se quebró y le contó todas aquellas veces en que Gustavo se volvía furioso y se descargaba en ella. El detective le preguntó cosas sobre su familia, si tenía hijos, cómo estaban económicamente, entre otras cosas. Ella le confesó que siempre había querido formar familia pero que Gustavo no estaba de acuerdo, y que últimamente ella había tenido que empezar a trabajar porque sus ahorros se estaban agotando. “-Suficiente por hoy, mañana veremos cómo continúa esto” dijo Johansson, y se retiró.
El día siguiente Johansson pidió al guardia de los Altos de la Cascada los videos de seguridad de la calle de la casa del Tano. En estos, vio que la misma noche uno de los vecinos, Ronie Guevara, entró a la casa y salió un par de minutos antes del hecho. Fue a su casa a hacerle unas preguntas, pero este se reusaba a contestar, finalmente accedió. Dijo que se había ido porque estaba descompuesto y quería descansar en su casa. A William le pareció creíble, por lo que no le prestó mucha importancia. Lo que le había estado dando vueltas en su cabeza toda la noche era el hecho de que Gustavo le pegaba a Carla, podría haber sido posible que ella haya querido vengarse, e involucró a los otros dos… pero no, Carla no tenía aspecto de ese tipo de personas. Su celular sonó. Era del departamento de investigaciones, la autopsia de los cuerpos ya estaba lista. Se sorprendió por completo al leer que los tres habían muerto por asfixia, lo que ya era obvio, ¡pero también habían sido electrocutados y envenenados! Las pocas ideas que tenía sobre una posible causa se le fueron como si nada.
Los días pasaron volando y William estaba a punto de rendirse cuando alguien golpeó la puerta de su casa. Cuando fue a abrir nadie estaba afuera, miró para todos lados y ya estaba por cerrar cuando vio un video tirado en el piso. Lo levantó y entró. Encendió la video-casetera y una imagen apareció en el televisor; era la casa del Tano! En el video se veía al Tano, Gustavo y Martín muy alcoholizados. Martín y el Tano dentro de la pileta, y Gustavo afuera intentado arreglar unos cables de los parlantes. Después de eso la imagen desaparece. Fue cuando le surgió la idea de que Gustavo podría haberse caído por motivo de su ebriedad a la pileta con los cables en la mano accidentalmente, pero todavía faltaba resolver cómo habían sido envenenados.
William volvió a la casa del Tano y revisó cada rincón. La búsqueda parecía en vano hasta que encontró un frasco blanco, detrás del armario de platos. Sospechó que podría ser veneno, entonces lo envió para que lo investiguen a un laboratorio, y además le tomen las huellas digitales. Había algo que no le cerraba, si en el video parecía que podría haber sido un accidente y que se podría suponer que Gustavo se cayó a la pileta con los cables, se electrocutaron y ¡caput!, ¿Quién los envenenó antes? La respuesta afortunadamente no tardó mucho en llegar. Al recibir el informe del laboratorio, se corroboró que el frasco contenía un veneno de acción a largo plazo, y que las huellas eran de Carla Massota.
En el juicio Carla se declaró culpable de envenenarlos, pero que ella no tuvo nada que ver con que se hayan electrocutado.  Dijo que estaba harta de los maltratos de su marido, y necesitaba cobrar el seguro de vida porque ya no le alcanzaba la plata para mantener su puesto social en La Cascada. Finalmente, se la sentenció a 50 años de prisión, pero ya que tenía algunos contactos dentro del tribunal, consiguió que la mandaran a una cárcel con privilegios. 

1 comentario:

  1. Esta muy bien , la redacción y la forma con la que encaraste la historia me pareció increíble. Tal vez podría haber tenido un final mas extenso pero me gusto mucho.

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