Belén Franzoni
Malentendidos
No
podía creerlo, realmente no podía. Para ser sincera, muy triste no estaba pero
si totalmente desconcertada. Yo sabía que todo no era tan simple, o por lo
menos, yo estaba segura de que no era como todos en el barrio lo creían. Ese 27
de Septiembre, fue el día mas nombrado en la Cascada , más que cuando Insúa le regaló a Carmen
la camioneta Mercedes Benz o el viaje en crucero a Miami de Teresa. Cualquiera
de esos temas ya no tenía importancia en nuestro barrio. De lo único que se hablaba
era de esa noche. La noche en la que el Tano, Martín Urovich y mi esposo se murieron
electrocutados por el cable de un equipo de música en la pileta del Tano. Se
habían juntado a cenar como cualquier otro jueves, y mientras tomaban un caro
vino en sus copas y escuchaban música, accidentalmente un cable cayó en la
pileta y los mató. Ronnie también había cenado con ellos esa noche, pero se fue
antes porque era alérgico a las ratas que había en la casa del Tano, según me
contó Virginia.
Mi
relación con Gustavo no era buena, él tenía un carácter muy particular: todo
debía ser como el quería, yo tenía que estar a su disposición las 24 horas del
día, y toda la casa bajo su control. Si yo hacía algo mal, me pegaba. Tenía vergüenza,
no se lo quería decir a nadie. Siempre me costó integrarme, ni en el curso de
Artes pude, pero si además decía que vivía con un golpeador, estaría aún mas
apartada de los vecinos del barrio. Pero a lo que más le temía era a Gustavo.
Meses mintiéndole a las chicas, fingiendo cansancio, gripes, para no mostrar mi
cara golpeada; kilos y kilos de maquillaje para disimular y los anteojos de sol
en pleno Julio. Aunque él había estado conmigo en el momento más triste de mi
vida: en la muerte de mi madre, fue el único que estuvo allí para acompañarme.
Y realmente necesitaba de esa compañía, no tenia ni siquiera 20 años cuando
mamá murió. Además, aunque tuviera la intención, no era fácil dejarlo, habíamos
pasado por muchas cosas juntos, como los seis embarazos. Todos los perdí. El
que más duró, sólo duró 5 meses. Quizá todo eso, provocó el temor y
desconfianza que tengo ahora a cada cosa que veo, y que luego me llevaron a
dudar sobre las muertes de esa noche.
Pero
mis infinitas preguntas comenzaron a aparecer después que pasaron tres semanas
del velatorio, y Teresa nos invitó a las viudas y a Mariana a cenar. Desde esa
tarde en el Cementerio de Avellanedas muy pocos habían visto a la mujer de
Scaglia caminando por el barrio, como solía hacerlo. Estaría muy afectada con
la muerte pensé.
Mariana
había llevado a su hija a la cena, últimamente se las veía más juntas que de
costumbre, y eso era raro. Pero a Romina no la vi bien en la cena. Estuvo muy
callada, pensativa, hasta parecía tener miedo por momentos. Quizá sólo se
sentía incómoda entre mujeres mayores que ella. A Romina yo no la conocía demasiado,
sabía que era aventurera y amante de las películas porque me lo contó Mariana y
que su relación con el padre era muy distante.
En
la cena se habló de todo, menos de nuestros maridos. Hablamos de la nueva
colección de mayas para el verano, de recetas familiares, de fiestas y eventos,
hasta
de animales. Como por ejemplo, de las ratas que había en la casa de
Teresa hacía dos meses. Teresa pareció verse avergonzada por las ratas dentro
de su casa, porque enseguida empezó a hablar del nuevo corte de pelo de Susana
Giménez.
Comimos
lemon pie de postre en el living, mientras Teresa nos contaba de nuevos viajes
que tenía planeados e inauguraciones de los locales con ropa importada a las
que ella, obviamente, iría. Esa sería su forma de rehacer su vida, de olvidar
todo aquello que nos estaba pasando.
Lala
en cambio le costaba más que a ninguna hablar y sobre todo reír. Ya no era la
misma que antes. Dos días después de la muerte vino a casa y lloró desesperadamente.
Me dijo que no sabía cómo iba a hacer
para seguir viviendo sin su marido. También me contó que el 24 de Septiembre,
Martín la había llamado muchas veces a su celular pero ella no contestaba porque
estaba ocupada. Había ido a misa y después se encontró con Teresa en la
veterinaria y se quedaron hablando un largo tiempo. Lala había ido a comprar
alimento para su perro y Teresa estaba comprando el veneno para ratas. Cuando
llegó a su casa, Martín la esperaba muy feliz a pesar de no haber tenido
noticias de su esposa en todo el día. La alegría del judío se debía a que
estaba considerando la posibilidad de
irse a Miami nuevamente, porque un tío millonario podría ayudarlos con la
mudanza y prestarles un poco de dinero. Lala me terminó de contar eso y le
explotaron las lágrimas, empezó a describirme cómo sería su vida ahora si nada hubiese
ocurrido. La calmé lo mejor que pude y después de unas horas se fue un poco
mejor.
En
un momento de la cena, me paré y fui al baño. Romina estaba hablando por celular
en el pasillo y sin que se diera cuenta escuché su conversación. “Ni vos ni yo
podemos decir nada de lo que pasó esa noche, ¿Te queda claro Juani? Es un
secreto que solo nosotros sabemos y me costó mucho decírtelo. Sabes que odio a
los judíos porque mi mamá biológica era una, pero no creo que esa haya sido la
mejor manera de que se terminara. Lo único que nos queda es callarnos el resto
de nuestras vidas. Me tengo que ir ahora, chau”.
Cortó
y entre rápidamente al baño para que no me viera. Me quedé más de cinco minutos
sentada al borde de la bañadera, pensando, tratando de ordenar mi rompecabezas
¿Cómo podía ser posible que un par de adolescentes, solo por odio a una
religión, fueran capaces de sacarle la vida no sólo a un judío sino también a
dos hombres más? Estaba sola en esto y no sabía cómo seguir ahora que sabía
algo que nadie más sabía. De todas formas, nada estaba confirmado. Debía tener
pruebas para poder juzgar a un par de chicos.
Volví
al living, y ahí estaba Romina. Tan inocente parecía, me di cuenta por qué
estaba tan incómoda con nosotras allí. Era evidente que no podía mirar a los
ojos a ninguna de nosotras. A las dos de la mañana nos volvimos cada una a su
casa, le pedí un abrigo prestado a Tersa porque tenía frío y me dolía la
garganta.
Esa
noche no pude pegar un ojo, las preguntas me invadían: ¿Cómo los habrían matado?
¿Cómo habrían hecho para que parezca un suicidio? ¿Por algo más odiaría Romina
a Martín además de su religión? Pensar que yo creía que ellos apenas se
conocían.
El
día siguiente era miércoles, tenía el “Té con las chicas de pintura” pero
decidí no ir. Sabía que Virginia iba a estar en la inmobiliaria cerca de las
seis de la tarde y su hijo estaría en su casa. Decidida fuí en busca de él,
necesitaba hablar con Juani. Sólo lo había visto un par de veces pero no me
importaba, no podía quedarme de brazos cruzados.
Juani
me recibió sorprendido diciéndome – Mi vieja está trabajando- pero más sorprendido
se puso cuando le dije que con él era con quién venía a hablar. Fui directamente
al punto y le dije: ¿Qué sabes de la
muerte de mi esposo, el Tano y Martín? Juro que no voy a decir nada,
solo quiero saber que pasó y no me mientas. Juani se quedó callado, nunca lo
había visto así. Después de unos segundos me dijo que él no tenía nada que ver
y, aunque le costó, me admitió que no había sido un accidente de electricidad.
Le pregunté por Romina y enloqueció. Me gritó cómo yo podía pensar que Romina era
capaz de hacer algo así, si estaba loca, cómo iba a dudar de una chica como
ella. Le conté de la conversación que escuché en la cena para que se diese
cuenta del por qué de mis sospechas y me dijo: Si, estaba hablando conmigo ¿y?
¿Eso te lleva a algo? Ni Romina ni yo hicimos nada, Romina está amenazada por algo
que no puede decir y yo menos te lo voy a decir. Y ni se te ocurra ir a hablar
con ella. No te metas porque no es asunto tuyo. Juani se calló, su cara lo
decía todo. Ni el podía creer por qué me había confesado todo eso, esta
arrepentido.
¿Qué
no era asunto mío? Me acababa de enterar que la noticia que daba vueltas por
todos los medios, noticieros y diarios no era un accidente, sino un asesinato y
vaya a saber uno quién era el responsable.
Pero
había algo más, ¿Por quién y por qué estaba amenazada Romina? No me animé a
preguntarle más nada más y me fui.
Días
después mientras manejaba hacia lo de los Scaglia, pensaba que no podía ir a
hablar con Romina, seguramente Juani ya le había contado de nuestra charla y no
me quedaba nada más por hacer.
Llegué
a lo de Teresa, había ido a devolverle la campera que me había prestado el día
de la cena. Me abrió la mucama, todavía tenía mucama. Me preguntaba cómo hacia
Teresa para seguir adelante con todos sus gastos en viajes, ropa y sin el apoyo
económico de su marido. La mucama me dijo que Teresa había salido y que la esperara
unos minutos. Decidí quedarme, tal vez si me animaba a contarle lo que sabía,
Teresa me podría ayudar. No se si era la persona a la que más confianza le tenía
pero si la más relacionada con el tema. Lala seguía muy deprimida y que yo le
contara, la haría sentir peor.
La
mucama volvió y me invitó a pasar al escritorio de Teresa para esperarla porque
tenía que lavar los pisos del living. Al entrar vi un dvd sobre el escritorio
que decía “Romina” en letras pequeñas, lo agarré y me lo guardé en la cartera.
¿Qué hacía Teresa con un video de Romina? ¿Tendría que ver en algo con la
amenaza? Regresé al living y le dije a la mucama que me sentía descompuesta, le
dejé la campera y me fui.
Llegué
a casa y me puse a mirar el dvd. Apareció Romina filmándose a ella misma.
Seriamente dijo: -Les dejo un video que yo misma filmé desde arriba de un árbol-
y de repente todo oscuro. Se veían hojas, una parte del cielo, y la pileta del
Tano. Aparecieron el Tano, Gustavo y Martín con batas y copas de vino. Entraron
al quincho, y enseguida salió Teresa con un frasco. Lo reconocí al instante, el
frasco rojo del veneno para ratas. Puso un poco del polvo del frasco en cada
vaso, sacó un billete de su bolsillo, lo besó, puso cara de felicidad y
misterio al mismo tiempo. Antes de irse puso el cable del equipo de música
debajo de una toalla, al lado de la escalera. Cualquiera que quiera entrar a la
pileta por ahí, tiraría el cable a la pileta. Se fue y aparecieron de nuevo los
tres hombres, en maya. Gustavo y el Tano saltaron a la pileta y luego bebieron
de sus copas, mientras que Martín se acercaba a la escalera de la pileta. De
repente se vió todo oscuro. Después de unos minutos, vi una última imagen:
Gustavo, el Tano y Martín hundidos en la pileta y dos copas vacías.
Sofia Kroeck
ResponderEliminarMe gustó mucho la historia, está muy bien relatada y tiene un gran final. Excelente.
Párrafo N4
“Mariana asistió a la cena con junto a Romina, lo cual me llamó bastante la atención ya que hace rato que no pasaban tiempo juntas. Sin embargo, Romina se notaba algo extraña, callada y parecía tener la mente ocupada en otro asunto, quizás sentía miedo por algo, o tal vez solo era la incomodidad de estar entre mujeres de edad mucho mayor. Pero no podía estar segura de nada, no conocía mucho a la niña y las pocas cosas que me contó su madre no me permitían llevar a una idea concreta.”