Pandora
Díganme,
¿Quién fue?
Aquella tarde de otoño
me encontraba viendo la tele tranquila encerrada en mi habitación, típico de mí.
Tenía suficientes problemas en mi vida como para agregarle uno más. Llegaron
mis padres, muy misteriosos, también típico de ellos, hablaban mucho en
susurros, muy por lo bajo, miraban de reojo, como si los estuvieran observando,
algo pasaba.
Desde el momento en que
los vi llegar, largando vibras más negativas que las que emiten normalmente; me
di cuenta de que lo único que debía hacer era guardar silencio y pasar lo más
desapercibida posible, no necesitaba un drama más, pero definitivamente algo pasaba
en Los Altos de la Cascada.
A la mañana siguiente,
cuando desperté, todos estaban muy agitados, Mariana movía cosas, las llevaba
de un lugar al otro y así sucesivamente, Ernesto hablaba mucho por el teléfono
que se supone que yo no debo contestar nunca y Pedro… Bueno, Pedro estaba como
siempre presente-ausente aislado en su mundo, me gustaría saber qué piensa
cuando nos mira. Ese día no tenía ganas de ir al colegio, simplemente quería
estar un rato con Juani, hacer de las nuestras o simplemente no hacer nada.
Todo andaba muy raro últimamente y no quería entrometerme, no quería correr riesgos.
Me dirigí a la casa de
Juani escuchando música para apaciguar un poco la guerra que se desataba en mí,
esta guerra era impotencia vs. La situación actual. Mi mente inconscientemente
se desviaba a ese tema, no había manera de concentrarme, necesitaba saber que
pasaba. Soy tan terca que mi lado irracional me decía “comenzá a hacer
preguntas, metete un poco, no pasa nada”, pero mi lado racional me decía a
gritos “mantenete en el molde o hablá con Juani, puede que él tenga algo de
información”. Finalmente, entre tanto pensar, llegué a la casa de los Guevara.
Me atendió Virginia como siempre y me hizo pasar, dijo que su hijo estaba
arriba en su habitación. Subí.
-
Che Juani, ¿Tenés idea qué anda pasando
últimamente en Los Altos? – Pregunté mientras miraba su habitación
meticulosamente ordenada.
-
No Rama, ni idea… ¿Por qué preguntás? –
respondió dudando.
-
No, por nada, las cosas están un poco
raras.
Después de esa
conversación nos invadió un silencio incómodo, pero nada que fuese a durar
mucho, en seguida salió un nuevo tema de conversación y nos quedamos toda la
tarde charlando. Decidimos que esa noche íbamos a salir a divertirnos, por los
viejos tiempos.
Tuve que volver a mi
casa para el almuerzo, en ningún momento estuve de acuerdo con volver pero
Mariana me dejó un par de mensajes amenazantes después de que yo no hubiese
atendido su sexta llamada, fue más o menos “o volvés a casa a comer o estas
frita”. En cuanto llegué a mi casa me encontré con Mariana y Ernesto
discutiendo, ella estaba completamente fuera de sí, lo único que faltaba era
que le tirara por la cabeza el jarrón de mil dólares y luego se arrancara los
pelos de la cabeza por haberlo roto, era una discusión de esa magnitud. El
almuerzo transcurrió rápido, terminamos de comer y avisé que no iba a estar en
todo el día en la casa, dije que no me esperen a cenar y me retiré.
Busqué a Juani y
empezamos a deambular por Los Altos, teníamos dos cervezas de litro, cómo me
relaja estar con él, estoy en mi lugar feliz. Como siempre, lo único que
hicimos fue tomar nuestras cervezas y tirarnos en el césped de una plaza a
dialogar sobre la vida, parecíamos dos filósofos que hablan sin saber. Éramos
adolescentes, queríamos divertirnos. De golpe escuchamos un ruido
inconfundible, era Teresa Scaglia gritando como loca, desesperada, al borde de
un colapso nervioso o posiblemente un brote psicótico, corrimos hasta su casa y
nos encontramos con Teresa llorando desconsolada subida a una mesa, la calmamos
e intentamos hablar con ella, cuando lo conseguimos nos dijo que había una
cucaracha en su cama y que la misma le había tocado la mano. Falsa alarma, nada
más que algo podrido donde hay una mezcla de hipocresía, envidia y
competitividad ocurría en Los Altos de la Cascada.
Esa noche era nuestra
noche, de Juani y Rama, solo nuestra. Pasamos la noche paseando de acá para
allá, corriendo, riéndonos, parecíamos dos nenes muy pequeños, dos hermanos más
que dos mejores amigos. Un grito que nos hizo pegar un salto se escuchó desde
la casa de Carla y Gustavo, intuimos que él la estaba golpeando, ya todos lo
sabíamos, pero ellos seguían ocultándolo. Continuamos nuestro recorrido, se
hizo muy tarde y casa uno volvió a su casa a dormir.
A la mañana siguiente
Ernesto no estaba en la mesa para el desayuno, Mariana dijo que había tenido
inconvenientes en el trabajo, que llegaría tarde. Extrañamente, El Tano
Scaglia, Martín Urovich y Gustavo Masotta tampoco estaban presentes en la
cancha de tenis donde era común verlos, era tradición juntarse un domingo a la
mañana a jugar un par de pasadas antes de juntarse en el bar a tomar algo y
hablar de cosas que solo a ellos les podían interesar, todo estaba cada vez más
raro.
No fue hasta la tarde
que todos nos enteramos que El Tano, Martín y Gustavo estaban muertos. Gustavo
y Martín electrocutados en la pileta del Tano, y éste con un balazo en la
cabeza. Según las autoridades, El Tano se suicidó porque no pudo soportar estar
en tal decadencia económica y aparentemente Gustavo y Martín se electrocutaron
por un rayo que cayó en la pileta ya que esa noche había tormenta eléctrica.
Algo no cuadraba,
cuando nos permitieron entrar a la escena del crimen me di cuenta de que la
pistola con la que supuestamente se había suicidado El Tano era la 9mm de mi padre,
la identifiqué por el grabado que decía “Ernesto Andrade”. ¿Cómo llegó la 9 mm de mi padre a las manos
del Tano? ¿Ernesto dónde estaba? La policía había preguntado por él en
múltiples ocasiones. Volvió mi padre y la policía lo interrogó, dijeron que sus
huellas estaban en el arma y que sabían de los problemas en la relación entre
El Tano y él. Ernesto como siempre neutral, no iba a largar una palabra que
pudiera hacerlos dudar, pero bien yo sabía que tenía muchas razones para
matarlo. Primero, si El Tano moría Ernesto cobraría una gran suma de dinero por
haber sido su abogado ante un juicio que se presentó y también sería la persona
de mayor prestigio en el country, teniendo en cuenta la soberbia personalidad
de mi padrastro, eso era razón suficiente para asesinarlo y luego hacer que pareciera
un accidente y matar a Martín y Gustavo era tarea fácil, somníferos en el
champagne y ahogados en la pileta, o en este caso, electrocutados.
Como los policías
tomaron el suceso como dos accidentes y un suicidio decidí comenzar a indagar
por mi cuenta, le pedí ayuda a Juani, pero se rehusó.
Volví a la escena del
crimen y me encontré con un cable de alto voltaje y con la punta pelada metido
en el caño que llevaba al desagote de la pileta. El cable ese conducía a la
instalación eléctrica de la casa, probablemente Ernesto se había tomado el
trabajo de colocar el cable ahí y el asesinato del Tano pudo haber tenido lugar
cuando Ernesto no estuvo en casa durante todo el día. Aparte cuando el policía
lo interrogó parecía nervioso y el oficial pudo notarlo, lo único que faltaba
para que la verdad saliera a la luz era conseguir pruebas físicas de las
conclusiones que logré sacar.
Después de pensar por
horas encontré cómo demostrar la culpa de mi padrastro. Primero y principal,
Ernesto siempre anda con su pistola en el bolsillo, nunca la abandona, así que
no hay manera de que haya llegado a las manos del Tano si no fuese a través del
dueño original, segundo, las pinzas de Ernesto siempre están guardadas en una
caja de herramientas en el baúl de su auto, pero ayer las encontré fuera de
lugar, en la mesa del living. Si uno se tomaba el tiempo de pensar un poco en
la situación todo indicaba que nuestro asesino era nada más y nada menos que mi
padre.
Estuve a punto de ir
corriendo a la comisaría a informar que mi padre era el asesino pero se hizo de
noche y no sé ubicarme bien afuera de Los Altos, no me animé, iba a hacerlo el
día siguiente. Me acosté a dormir y a la mañana siguiente; cuando desperté, me
encontré con Mariana, tirada en la escalera llorando y con un ojo morado, me
acerqué y le pregunté qué pasaba y por primera vez en su vida fue sincera
conmigo y me dijo que ella había matado a todos, a los tres hombres y que por
esa razón, por ser semejante arpía y deshonrar a la familia, Ernesto la había
golpeado. En ese momento tomé una decisión de la cual me arrepentiría después,
me entregué como culpable ante la policía, no sé por qué lo hice pero sentí que
debía hacerlo.
Muy bueno el cuento !
ResponderEliminarEl párrafo que le cambiaría es el párrafo final, no la idea, si no la redacción :
"Estuve a punto de ir corriendo a la comisaría a informar que mi padre era el asesino, era más que obvio, pero como era de noche no me animé, sabía que me iba a perder. Pensé en hacerlo el día siguiente. A la mañana siguiente; cuando desperté, me encontré con Mariana tirada en la escalera llorando, con un ojo morado, le pregunté que había pasado y por primera vez en su vida fue sincera conmigo. Me dijo que ella era la asesina y que por esa razón, por ser semejante arpía y deshonrar a la familia, Ernesto la había golpeado. En ese momento me impulsé automáticamente a la comisaría para decirles que la culpable era yo. Era mi necesidad proteger a Mariana. Nunca entendí porqué. " Dasha Orejova