miércoles, 4 de julio de 2012


Carla Coggiola
Muertes en vano
Recorrí el pasillo preocupada una y otra vez, esperándolo, como siempre, a su entera  disposición. Habían pasado ya más de tres horas y todavía no sabía nada de Gustavo. Lo más probable hubiera sido que se le hubiese presentado algún percance, o tal vez no, ya no sabía qué pensar de mi marido y sus repetidas desapariciones.
Escuché un ruido, el ruido proveniente de llaves que chocan entre sí, pero un ruido muy suave. Vi una sombra en la pared del hall. La sombra se movía, y logré escuchar pasos, fuertes pasos contra el piso flotante. Era Gustavo, ni siquiera trataba de pasar desapercibido, sin importarle haber llegado tarde. Me vio. Le dirigí una mirada en busca de excusas, algo que explicara su tardanza. Se mantuvo allí parado, en silencio. No me animé a preguntarle nada, su aparente mal humor no me lo permitía. “No te dije que me esperaras despierta”, me dijo desafiante. “Ah, la semana que viene a más tardar nos mudamos, ya fui a ver la casa”, añadió seguro, sin pedir opinión alguna. Lo único que me atreví a preguntar fue dónde estaba ubicada la casa. No me contestó y fue directo a nuestra habitación, mirando hacia el piso.





Ya nos habíamos instalado. Gustavo había ido a saludar y conocer a nuestros vecinos. Desde la ventana del comedor lo veía, sonriente, amigable, como nunca lo es mientras está conmigo. Sé que merecía su trato hacia mí, nunca fui una buena esposa, cuestionaba demasiado según él y me metía donde no me tenía que meter. Sus medidas no eran las mejores para hacerme reflexionar, pero cuando su puño tocaba mi cara o mi cuerpo, lugares donde luego aparecían moretones de un color violáceo, sentía que podía pensar mejor en lo que hice. 
Escuché que intercambiaban números telefónicos, que organizaban salidas y encuentros de tenis con alguien apodado el Tano. Me hizo una seña con la mano. “¡Vení, amor!”, gritó mirándome. Fui caminando, tratando de no clavar mis tacos en el jardín. Me presentó al Tano Scaglia, a su esposa Teresa y a sus hijos, a Ronie y su esposa Virginia Guevara junto con su hijo Juani, a Martín Urovich, su esposa Lala y sus hijos. Ellos fueron sus amigos más cercanos aquí en La Cascada.
Nos sumamos a su rutina: todos los jueves por la noche los hombres se reunían y nosotras, las esposas,  íbamos al cine. Yo casi nunca iba, no me sentía cómoda ni de ánimos como para ir.





Otro jueves como cualquiera, el 27 de septiembre de 2001 para ser más exacta, yo estaba sola en casa, esperando a Gustavo. Como era su costumbre llegar tarde a casa, no me preocupé tanto. Me dediqué a ordenar y regar mi jardín. Revisé la hora, era muy tarde. Supuse que Gustavo llegaría todavía más tarde de lo común, y para evitar cualquier encuentro incómodo, me dirigí a mi habitación, con el propósito de dormir. Lo logré fácilmente, despreocupada porque sabía que encontraría a Gustavo durmiendo en nuestra cama a la mañana siguiente.
Aunque lo había pensado así, no sucedió. Él no estaba al lado mío en cuanto me desperté. Fui a la cocina, al baño, al comedor, pero nada. Gustavo no había vuelto.
Llamé al Tano; no me contestó. Llamé a Martín; tampoco. Al momento que iba a llamar a Ronie, él me llamó a mí. “¿Carla?”, escuché del otro lado del teléfono. Era Ronie, lo noté preocupado. “Sí, soy yo”, contesté rápidamente. “Es Gustavo, lo encontraron muerto.” No me salieron palabras, aunque millones de ellas daban vueltas en mi cabeza. Sin quererlo, colgué el teléfono. Ronie de seguro habría pensado que lo hice a propósito y no volvió a llamar. Realmente no sabía qué hacer.
Teresa llamó. Comenzó a contarme cómo había sucedido. No sólo Gustavo había muerto, sino que también el Tano y Martín Urovich. Los encontraron electrocutados, en la pileta del Tano. Al parecer un cable cayó en la pileta y murieron al instante. Un accidente. Un estúpido accidente.
Fui al velorio. Los enterraron juntos, una al lado del otro. Estábamos las tres viudas, Lala, Teresa y yo. Luego llegarían Virginia y Ronie; él en silla de ruedas por haberse caído de la escalera y haberse quebrado la pierna.
Todas estábamos recordando. Recordándolos a ellos, a nuestras vidas junto a ellos.  En mi desentendimiento, lloré. Lloré a más no poder. Lloré por él, por su ausencia y por lo que traería esa ausencia. Por un lado, no habría más moretones, más encuentros incómodos ni desapariciones por su parte. Por otro lado, mi marido no estaría.





Virginia y Ronie nos invitaron a su casa, a nosotras las viudas, las viudas de los jueves, como nos hacíamos llamar antes, como tiene aún más sentido ahora.
Fuimos. Virginia nos ofreció té. Ronie nos comentó acerca de su pierna, cuánto tiempo debía estar con el yeso, cómo sucedió. En ese momento comenzó a hablar más pausado, más sereno, dándonos a entender que se aproximaba una mala noticia. “Estaba muy nervioso, por eso me caí”, nos dijo mirándonos a los ojos, sin terminar la idea. “No fue un accidente, se suicidaron”. Comencé a llorar. “El Tano tenía un plan, quería lo mejor para su familia, si moría, a su familia le correspondería cobrar su seguro vida de quinientos mil dólares”, dijo tratando de explicar, aunque ninguna de nosotras lograba entender. “Entonces nos dijo su plan y trató de convencernos de hacer lo mismo; a Martín le dio a entender que suicidarse era mejor que irse a vivir a Miami; y así trató de unirnos a su cuádruple suicidio. Yo no acepté y volví a mi casa.” A Lala sólo se le ocurrió decir malas palabras, no sabía si se las dirigía a su difunto marido, al Tano o a Ronie. Teresa desmentía lo que Ronie decía. “No puede ser, no es así”, gritaba refiriéndose al Tano. Yo no lograba entender cómo había persuadido a Gustavo, no estábamos mal económicamente, ni tenía seguro de vida. No me atreví a preguntárselo a Ronie.
La idea del triple suicidio no me convencía; más por el hecho de que mi marido no tenía las mismas condiciones ni los mismos problemas que sí tenían el Tano y Martín. Me propuse saber más sobre el tema.
Me encontraba fuera de la casa de los Guevara, dirigiéndome hacia la mía, caminando. Hasta que vi a Ernesto Andrade y Alfredo Insúa entrar a la casa de los Guevara. Algo dentro de mí me dijo que si quería saber más acerca de los suicidios debía quedarme allí, en silencio, espiando; lo cual hice, detrás de un árbol ancho y con muchas hojas todavía, a pesar de que estábamos en otoño. Pude ver a Virginia por la ventana de la cocina, y a Ronie, Alfredo y Ernesto conversando en la sala próxima. Tuve que hacer un esfuerzo infrahumano, pero logré escuchar lo que decían. “Esto de los suicidios tiene que permanecer en secreto, Ronie”, decía alguno de los invitados en un tono bajo. En un momento dejé de escucharlos, vi a Juani que bajaba por las escaleras. Tenía una mirada penetrante, como incitando a que los invitados se marcharan. Lo logró, Ernesto y Alfredo se fueron, y cuando se acercaban a la puerta escuché una última palabra: “Pensalo.”
Había pensado en retirarme, a pensar en lo ocurrido, hasta que noté que Juani y Virginia ayudaban a Ronie a subir las escaleras. Encontré otro árbol, uno más alto que me permitía acceder a la ventana del cuarto de Juani. Aun usando tacos, logré treparlo y posicionarme justo en aquella ventana. Vi a Romina, la hija de los Andrade. Afortunadamente, ella no me vio a mí. Juani sacaba y colocaba cables, enchufando una filmadora digital al televisor. De repente la imagen proveniente de la filmadora se vio en la pantalla. No podía ver exactamente lo que era hasta que noté que era la casa del Tano, el área donde se encontraba la pileta. La filmación dejaba ver a Martín Urovich en la pileta, haciendo la planchita con la ayuda de un flota-flota y tocando el borde de la pileta; también se veía al Tano, en la pileta, acomodando el equipo de música. Gustavo, mi Gustavo, estaba sentado en el borde con los pies en el agua. Todo concordaba con lo relatado por Ronie. Yo conocía muy bien a Gustavo. No se lo veía muy convencido en la filmación. Es más, hasta parecía que lloraba. Nunca lo había visto llorar. Hizo un movimiento abrupto, tratando de salir de la pileta. No comprendí su objetivo. El Tano no lo dejó salir, lo retaba. Gustavo trató de defenderse, el Tano lo empujó dentro de la pileta y lo hundió. Con su mano libre alcanzó el cable del equipo y lo arrastró hasta le pileta. Los cuerpos se volvieron tiesos en la superficie y luego se hundieron. Las luces se apagaron. La filmación se detuvo. Todo quedó en silencio y cada uno supo. Muertes en vano.

1 comentario:

  1. Carla: El trabajo está excelente. Te felicito, sinceramente tu forma de redactar me fascina.El texto me gustó y me resultó interesante. No encontré errores de concordancia, puntuación, ortografía, entre otros. Pero si te voy a dar una recomendación. Noto en la historia que podrías agregarle más imaginación, podés usar tu increíble forma de redactar y arriesgarte por cambiar el contexto de tal forma que el fragmento se vea poco parecido a lo original y llame aún más la atención dándole un final más sorpresivo o más irreal.

    El párrafo intervenido es el Nº 11: “Podía percibirse la tristeza en el silencio que comprendíamos nosotras, ahora conocidas como “las viudas”. Comencé a recordar a mi esposo, así como lo hacían las demás. Muchas lágrimas recorrieron mis mejillas, ocultando el enorme nudo que sentía en mi garganta. Ese día no pude quitar de mi cabeza muchas cosas. Por un lado, las consecuencias de lo que había sucedido. Él no estaría más conmigo, pero se llevaría también los golpes, los momentos incómodos y las desapariciones. Por otro, el hecho de que Ronie pudo haberme mentido. Las cosas nunca fueron tan bien con Gustavo, pero lo conocía, era mi marido y estoy casi segura de que él no sería capaz de tal barbaridad, pero no sé… al mismo tiempo pensaba lo distante que estaba y en que yo debería haber estado allí con él ese día, que quizás era mi culpa”

    Tinelli.

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