Hace 4 años que no está con nosotros, era profesor de química en el CPEM N69, un grandioso esposo y un excelente padre, Carlos Fuentealbas era su nombre. Nos conocimos en el año 1985 en una universidad de Neuquén. Desde el primer momento que lo vi me enamoré perdidamente de él, estuvimos de novios durante un tiempo hasta que en 1990, el día que cumplimos 5 años, me propuso matrimonio.
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Hoy me encontré en los diarios con la noticia de la represión de los maestros de Santa Cruz en Bs As y esto me llevó a recordar su muerte hace 4 años. Ahora miro todo desde un punto de vista diferente a cuando me encontraba cursando 5to año. Aunque el dolor por su muerte fue enorme, no entendía lo que intentaban lograr con los malditos cortes de ruta. Me parecían totalmente innecesarios. Pero hoy, que me encuentro cursando el tercer año de la docencia, puedo ver tantas injusticias y voy, de a poco, comprendiendo aquel reclamo del 4 de abril.
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Fue el 4 de Abril del 2007, nunca me voy a poder olvidar de ese día. Ahora estoy preso y puedo contar mi punto de vista desde acá, mi vida no es más que levantarme y ver todos los días oscuros sin poder salir y disfrutar de mi familia.
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-Hola-
-Hola, escuchá: Ya tenemos todo listo, hay varios heridos-
-Bien hecho, van a aprender que esto no se hace. Son como los nenes estos estúpidos-
-Sí sí, igual tenemos un grave problema. Uno está muerto-
-¿Cómo muerto? ¿No pueden hacer nada bien ustedes? Son unos tarados. Oírme, voy a cortar esta línea de teléfono por las dudas. Nos manejaremos por radio, será menos arriesgado que esto. A las tres tráeme el BlackBerry, vos y los otros zánganos que están allá.
-Ok, nos vemos a las 3 de la tarde en la casa de gobierno.
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Esa fría mañana de invierno un rocío cubría la ciudad de Neuquén. Sentado en el living de mi casa decidí ir a comprar el diario en aquella esquina donde se encontraba un joven huérfano, al que siempre le daba mi vuelto del Clarín.
Al llegar a aquel lugar, un cartel me anunciaba que el joven volvería en 5 minutos, por lo que me propuse esperarlo. Cuando de pronto percibí unos gritos a unas pocas cuadras de donde me encontraba.
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La noche anterior empezó a salir en los noticieros que habría huelga docente, por ende no habría clases. Por supuesto que como alumno me hallaba bastante feliz, igual que todos mis compañeros, pero nadie sabía en lo que iba a terminar.
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Sandra Rodríguez es mi nombre, pero la gente suele conocerme más como la viuda de Fuentealba, el maestro asesinado el 4 de abril del 2007. Ese día Carlos había ido a una manifestación que se iba a hacer a 40 kilómetros de Arroyito, recuerdo que esa semana él estaba muy enojado porque consideraba que era un lugar peligroso, pero como todos aceptaron, no le quedó otra opción.
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Lo primero que quiero decir es que no fue mi intención hacerlo y aunque todos piensen que soy un asesino les voy a contar mi versión y para los que me quieran creer, les voy a jurar que no miento.
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Caminé 300 metros hasta que distinguí a esa multitud enfurecida que golpeaba ollas y quemaba gomas de vehículos impidiendo el paso de las personas en autos y motocicletas. Aunque el día no favorecía el corte de ruta, ya que esa misma noche una helada había invadido Neuquén
Permanecían para luchar por lo que les parecía justo, un aumento de salario para docentes. Me encontré con muchas personas conocidas en aquel paro, inclusive con la maestra de mi hija menor. Pasaron 15 minutos mientras hablábamos de lo sucedido y lo duro que era trabajar como docente en aquella época, cuando un patrullero interrumpió nuestra conversación con la intención de calmar el desorden.
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Le pregunté si trajo los teléfonos. Él respondió que se los había dado a la secretaria con sus cajas correspondientes y cargadores.
-Buenísimo -contesté- Mirá vamos a pagarles a los doctores para que digan que el maestro estaba vivo y que al llegar al hospital se murió porque el intendente no se aseguró de comprar lo que hacía falta.
-Pero señor, tenemos un problema, la mujer del maestro, Fuentealba, está molestando. Pagó buenos servicios, quiere justicia por su marido. Es insoportable, señor. Debo confesarle que estuve a punto de decirle la verdad, pero luego me acordé que el del tiro en la nuca de su marido había sido yo, así que proseguí a contarle lo que usted me había dicho. La noté con muchas dudas, por lo que di media vuelta y me fui.
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El 4 de abril el gobernador Jorge Sobich ordenó desalojar a los maestros de la ruta. Los docentes desalojaron lugar porque los policías federales los estaban persiguiendo con balas de goma y gases lacrimógenos. Luego de una conversación entre dirigentes y policías se llegó a un acuerdo: Los docentes se iban a retirar escoltados por los policías. Hasta acá lo sé porque mi esposo me llamó diciendo que volvía a casa.
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Yo estaba ahí durante un operativo que lograba impedir el corte de la ruta de la provincia de Neuquén por paro de maestros que reclamaban aumento de sueldo. Fui con todos mis compañeros y queríamos controlar a la multitud para que pudiera funcionar bien el tránsito porque eso traía más problemas, la gente se quejaba porque no podía pasar debido a que muchos trabajaban del otro lado de la ciudad. Por esta razón, nos separamos con mis otros compañeros, los maestros intentaban huir de los gases lacrimógenos.
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Las personas, sin importar la presencia de los oficiales, siguieron golpeando objetos y quemando plásticos. Los oficiales armados pidieron orden, trataron de abrir paso en aquella fría calle con una leve capa de hielo, en la que se podía resbalar fácilmente y, cansados, los oficiales pidieron refuerzos ya que las personas en ese lugar eran demasiadas como para controlarlas.
Luego de media hora llegaron dos autos repletos de oficiales, pensé que esto se pondría feo pero no podía dejar a las personas que conocía, por lo que decidí quedarme para seguir brindándoles mi apoyo a aquellas personas.
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A la semana siguiente me encontré con Cecilia, la hija mayor de Carlos. Yo la conocía de cruzármela en los recreos, porque ambos íbamos al CPEM Nº 69. Pude observar en ella una tristeza profunda por lo que lo único que le dije fue que lo sentía. Me abrazó y me dijo que en su casa había algo que me pertenecía. Arreglamos en que al atardecer pasaría a visitarla.
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-Excelente, lo único que queda es informarles a sus compañeros de trabajo lo acordado. Y a la señora esta, le daremos una buena suma de dinero y algún viajecito para que se calle la boca. No va a haber ningún problema, ella sabe lo que soy capaz de hacer si llega a abrir la boca.
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Las personas empezaron a retirarse lentamente. No querían abandonar su lucha por un sueldo mejor, pero obligados por las autoridades cada vez eran menos los que quedaban. Los oficiales formaron un cordón que impedía el paso, cuando un auto, más especificamente un 147, se interpuso con los policías abriendo paso, pero eran tantos que sin desearlo hirieron a uno de ellos pisándole el pie.
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Averiguando un poco, por algunos compañeros me enteré de que los policías adelantaron la caravana, encerrándola y comenzaron a reprimir. Otra vez. Mi esposo se encontraba en el asiento trasero de un Fiat 147. Se estaba retirando del lugar cuando José Darío Poblette, un integrante del Grupo Especial de Operaciones Policiales, disparó una granada de gas lacrimógeno en dirección al auto. El cartucho de gas atravesó el vidrio y le pegó a mi esposo en la nuca, causándole el hundimiento del cráneo.
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En ese momento, los docentes estaban todos desesperados. Algunos corrían en grupos, otros se subían a autos e iban desalojando el lugar cada vez más rápido. Algunas de las camionetas de la policía perseguían a la gente que corría sin rumbo. En ese momento yo iba caminando cerca de una estación de servicio que estaba situada en el lugar cuando paró una de las camionetas con mis compañeros, que me pasaban a buscar para ya volvernos a la central de policías. Un auto blanco me rozó y fue en ese momento que sentí que me iba a pasar por arriba. Inmediatamente tuve un impulso y disparé un gas lacrimógeno en dirección al Fiat, que se encontraba a pocos metros de mí. En la parte trasera del auto iba un docente llamado Carlos Fuentealba. El gas atravesó el vidrio de la parte trasera del vehículo y le pegó en la nuca al hombre causándole un hundimiento de cráneo. A día siguiente murió.
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''¿Querés algo para tomar?'' me ofreció cuando llegué y le acepté una taza con café, pues había llegado en bicicleta y tenía mucho frío. Conversamos un rato largo hasta que se paró, fue a otra habitación de la casa y regresó con un sobre. Evidentemente era lo que tenía para darme. Lo leí una vez, dos veces, y las lágrimas eran cada vez más. Me sentía una estúpida, no debía llorar, tenía que mostrarme fuerte para poder apoyar a Cecilia, quien tenía más derecho de sufrir era ella. "Al fin llegó el día de tu colación querida Juliana, el largo camino que hemos recorrido juntos llegó a su fin y me siento orgulloso de poder compartir este momento tan especial con vos y tus padres que tanto nos han acompañado, mientras escribía estas líneas para leerte hoy, en tu fiesta, no pude evitar recordar cuando, siendo una niña de tan solo trece años, me dijiste "Profe yo quiero ser como vos cuando sea grande, voy a ser maestra". Aun que es algo complicado la docencia, más de lo que la mayoría cree, sé que vos tendrías la capacidad de serlo, serías una excelente profesora y lograrías hacer todas aquellas cosas de las que siempre conversamos, incluso porque a veces los profes hacemos cortes de ruta. Sí lo sé, vos odiás que hagamos eso porque creés que es muy arriesgado, pero bueno, insisto algún día me entenderás. No tengo más que decirte que mis inmensas felicitaciones y suerte en esta nueva etapa que comienza, tu profe Carlos"
Si en algún momento tuve dudas de si sería correcto elegir esa carrera, inmediatamente se me borraron con la lectura de la carta.
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El oficial Poblette, furioso porque el auto había herido a uno de sus colegas, le apuntó con un fusil de gas lacrimógeno. Por desgracia el auto estaba a muy poca distancia, por lo que el gas en dirección al auto atravesó la luneta estrellándose contra el cráneo del maestro al que luego identificaron como Carlos Fuentealba.
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Después de unas horas de haber hablado con mi esposo me llamaron del hospital central de Neuquén, diciéndome que Carlos presentaba un hundimiento de cráneo y estaba casi en estado de coma. Cuando llegué, Carlos estaba conectado a unas máquinas que lo mantenían, apenas, con actividad cerebral.
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Hoy en mi vida tengo muchas metas, pero una de ella es lograr encontrar una forma de reclamo que no sean los cortes de ruta. Luego del fallecimiento de Carlos, la ciudad estaba recubierta con carteles "Las tizas no se manchan con sangre", "Sobisch Asesino", "Nunca Más" y se hicieron muchas marchas. Sólo asistí a una por pedido de Cecilia, a las demás preferí no hacerlo. Me parecía que era sumamente arriesgado y no pretendía correr el riesgo de dejar a mi familia con el irreparable dolor que tenía la familia del profesor.
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Lamentablemente yo tengo que continuar el resto de mi vida encerrado en este triste calabozo, pero tengo la conciencia limpia de que jamás tuve la intención de hacerlo, no le deseaba ni le deseo la muerte a nadie, pero ya está, mi vida hoy se puede decir que es una cárcel y la voy a terminar acá.
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Días después del crimen pude leer el diario que compraba siempre en la misma esquina, que aquel hombre era un maestro de la escuela de Neuquén, que justamente se retiraba del paro sentado en la parte trasera del 147.
Todavía hoy en día este caso se sigue tratando para que se encuentre un responsable de la muerte del maestro tan querido.
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En el día de hoy estoy llevando a cabo muchas marchas para que esto no vuelva a suceder, para que no haya otra esposa que tenga que lidiar con esto sola, para que todos tengamos más seguridad, porque a mi marido lo fusilaron, como nos fusilaron a todos con él, es muy injusto lo que sucedió porque él era un hombre bueno, como pocos.
Chicas, leyendo este texto,y retomando la "tablita de calificaciones", le otorgo un 2(Muy Bueno). Ocurre que el 3 (Excelente)lo reservo para aquella obra que realmente cuente con potencial creativo: originalidad, vuelo poético, solidez estructural. Sé que va a llegar. Está por venir. Por ahora, los textos que leo mantienen una media narrativa aceptable y trabajada con cuidado. Puede haber alguna un poco más destacable que otra. Pero sé que esa/ese narradora/or o poeta que nos deslumbre está por venir. Habrá que esperarla/lo. Cariños.
ResponderEliminarChicas me encanto, es exelente 3. Son unas genias. vceo en cada una de ustedes una futura escritora! FELICITACIONES
ResponderEliminarMe gustó mucho! 3!!!!
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