miércoles, 5 de octubre de 2011

Carlos, un maestro neuquino, Cami, Sofi, Lourdes, Juli y Vere

Primera Parte

El 4 de abril de 2007 se concibió una huelga con la que yo no me sentía a gusto, no estaba de acuerdo con lo que hacían.  El corte fue generado por el gremio ATEN que reclamaban mejoras salariales para los maestros. A la altura de Arroyitos en la ruta 22, había un grupo numeroso de profesores reclamando mejoras en su trabajo.  Inmediatamente ordené que reprimieran a las personas e invoqué el derecho constitucional al libre tránsito de la gente. 
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Habíamos llegado casi todos al mismo tiempo. Estábamos listos para defender nuestros derechos. Aunque nos había advertido que el gobernador había mandado a la G.E.O.P a reprimir el “caos” que estábamos produciendo en la ruta 22 a la altura de Arroyito, nos pusimos firmes y seguimos con nuestra idea. Antes de poder comenzar el corte de la ruta llegó el Grupo Especial de Operaciones Policiales, bajando de sus autos mientras disparaban balas de goma y gases lacrimógenos. No tuvimos opción, nos subimos a nuestros autos y nos retiramos hacia Senillosa escoltados por camionetas policiales. Luego, sin aviso previo, las camionetas se adelantaron a la caravana y nos cerraron el paso. De repente, escuché una explosión. Me di vuelta y vi al Fiat 147, el auto de Carlos, prendido fuego. Me acerqué conmocionada, con lágrimas en los ojos. Llegué y lo vi: le habían disparado en la nuca con una bomba de gas lacrimógeno. Entre todo el caos y los gritos de mis compañeros logré sacar mi celular y marcar el número de Sandra.

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Escuché el teléfono sonar, pegué un salto de la cama y corrí hacia la cocina.
-Hola ¿quién es?- dije adormilada
-Sandra-dijo una dulce y triste voz- ¡Pasó algo terrible!
A partir de ese momento empecé a imaginarme lo peor.
-¿Marcela? ¿Qué sucede?
-Carlos…Carlos, sufrió un accidente, está en el hospital y seguro necesita de tu ayuda-dijo casi sollozando.
Luego de charlar unos minutos con Marcela corté el teléfono y traté de ubicar lo sucedido en mi cabeza, pero era imposible. No podía pensar en nada, tenía la mente en blanco.
Me puse mi bata, un par de zapatillas y las llaves del auto. Llegué a la escuela de mis hijas, las retiré y nos fuimos camino al Hospital Provincial.
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Seguía sin entender en dónde estaba metido. Tenía a todo un grupo de maestros en mi contra. No importaba cuál era la manera en la que intentaba explicar que lo sucedido había sido un error. La gente me odiaba e inventaba estupideces tales como que mi intención era matar a ese hombre de nombre Fuentealba, cuando en realidad yo ni siquiera lo conocía. Lo único que era capaz de declarar era que durante mi represión a la manifestación, había recibido la orden de buscar al secretario de ATEN, Marcelo Guagliardo, por razones que aún ahora desconozco. Pero en ningún momento había tenido intenciones de provocarle ningún daño ni a él, ni a nadie.
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El Grupo Especial de Operaciones Policiales (G.E.O.P.), tal y como debía ser, obedeció instantáneamente mis órdenes desalojando pacíficamente a los estorbadores. Pero de golpe me llegó una noticia que complicó las cosas por completo: el Cabo José Darío Poblete había disparado un gas lacrimógeno a un auto que se encontraba en fuga, el proyectil había atravesado el vidrio y había impactado en la nuca de uno de los reclamantes.
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Lo único que podía hacer era estar cerca de Sandra. Ya lo habían operado una vez; ahora estábamos esperando la noticia de la segunda intervención. Sandra miraba de un lado a otro impaciente, esperando ver al doctor venir por algún pasillo con buenas noticias. Le dediqué una sonrisa esperanzada, que ella no me devolvió. Suspiré, cansada e impaciente. Me acerqué a los bancos de la sala de espera y recé por un milagro.
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No podía creerlo, era la peor noticia que me habían dado.
Mi marido estaba sufriendo y yo no podía hacer nada al respecto. Nunca debí dejarlo ir a participar de ese absurdo corte, su sueldo nos alcanzaba para todos nuestros gastos, pero creo que él no tenía intención de pelear por nada, sino de acompañar a sus colegas y tratar de defender sus derechos como todo ciudadano.
Estaba destrozada, como si un camión me hubiera pasado por encima, las piernas me temblaban y ya no aguantaba el dolor de cabeza. Mis hijas lloraban desconsoladamente mientras mi madre trataba de alegrarlas entonando unas estrofas de sus canciones preferidas.
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Estábamos todos ahí. Sandra lloraba desconsoladamente, abrazada a su hermana. Cuando estaban bajando el cajón me di cuenta de que a pesar de la tristeza por lo de Carlos, otro sentimiento comenzaba a aflorar en el fondo de mi corazón. Odio. Odio a la persona que había hecho esto. Que había asesinado a alguien que lo único que quería era vivir más dignamente. Que había luchado por sus derechos. Había destruido a una familia. La amargura me invadió y lo único que pude pensar es que alguien debía pagar por aquello. No podía quedar absuelta la persona que había cometido semejante delito. Mientras nos retirábamos del cementerio, me propuse hablar con Sandra y aconsejarle que comenzara un juicio. Lo más pronto posible.


Segunda Parte

El herido había sido intervenido con dos operaciones. No hubo suerte: murió al día siguiente. Este hecho me causó grandes problemas, me acusaban por la muerte del docente. Yo admito que había ordenado una represión, pero no me iba a hacer cargo de los excesos de violencia cometidos por la policía.
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Recibía constantemente amenazas de integrantes de la protesta que prometían que me denunciarían por matar a Carlos Fuentealba y que quedaría en cana por el resto de mi vida. No les tenía miedo a esos hipócritas que no miraban más allá de su punto de vista, el cual estaba terriblemente errado. No soportaba más esa situación humillante en la que todos me veían como un homicida. Si eso no paraba, sí que me convertiría en la persona que tanto describían.
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Tal vez no debería haber aceptado. A mí, justo a mí me habían ofrecido llevar el mando y tomar semejante responsabilidad. Mis colegas del estudio de abogados me decían que debía hacerlo y que negarme iba contra mis principios de abogado. Era mi deber defender cualquier caso y de cualquier ciudadano. No me molestaba el tema del dinero, seguro que me pagarían. En realidad iba más allá de eso. Por supuesto que cuando me había enterado en el noticiero de las siete me había parecido una desgracia, una barbaridad, pero no podía. Yo había trabajado con la persona con la cual si aceptaba esta oferta sería mi opositor en el juicio. No podía traicionarlo, me imaginaba su cara de sorprendido y disgustado con la situación. No podía hacerle eso al gobernador de la provincia de Neuquén.  Me iba aodiar por toda la eternidad si me veía defendiendo a Sandra en un caso de suma importancia. Yo conocía los puntos débiles de Sobisch, conocía sus secretos y lo más importante era que los podía usar en su contra. No me caía muy bien, no era un hombre de palabra. Cuando había tenido que defenderlo no me había pagado lo que me merecía por mi labor. Luego, para colmo, me había despedido. Tenía muchas ganas de meterlo en cana pero no de esa forma. En el fondo quería hacerlo pero no era lo suficientemente valiente.
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Hubo huelgas, movilizaciones y asambleas en todo el país que exigían mi renuncia y un juicio político hacia mi persona. Se acordó con el gremio docente un aumento salarial, una pensión para la viuda de Fuentealba y otras reivindicaciones. La huelga se extendió más de 50 días y tratamos de reabrir algunas escuelas reemplazando a sus directores con funcionarios del gobierno y contratando a otros docentes. La legislatura provincial se mantuvo cerrada durante casi dos meses ya que los legisladores del MPN no asistieron a las sesiones del juicio. No me presenté a declarar como testigo en el juicio al policía Darío Poblete. Me encargué de informar por fax que estaba de Mendoza y que no había recibido notificación oficial, pero aclaré que estaría “a disposición de la Justicia” cuando regresara a la capital.
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Tomé el teléfono, todavía no sé bien porque lo hice. Eran cerca de las cuatro de la tarde. Estaba en mi sillón con un Marlboro entre mis dedos. Tenía las persianas de mi casa bajas y la casa estaba oscura. Era un día deprimente. Hacía ya una semana de la inquietante propuesta. Miré el suelo, allí se encontraba tirado el diario con la noticia de la muerte. Ya lo había leído cincuenta veces y no podía creer cómo a alguien se le había podido escapar un tiro. Eso había sido una grave negligencia y debía ser sancionada, el culpable o los culpables debían ir presos. Las imágenes de ese papel impreso eran macabras, eran claras señales de injusticia. ¿Qué es lo que había hecho el pobre hombre si ya se estaba retirando? En fin, con el teléfono en mi mano desocupada marqué su número y me atendió una mujer con una voz delicada y pacífica.
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-Me alegro de que halla aceptado mi propuesta, significa mucho- dije, y acordamos una tarde para poder conversar, así lograba ponerme al tanto de la situación y de cómo debía reaccionar en frente a las injusticias que se presentaran.
En ese momento sentí que todo marchaba casi correctamente, ya había conseguido al abogado de mi marido pero entendía que eso no resolvería todos mis problemas, solo se haría justicia por su asesinato.
Confiaba totalmente en mi abogado, además tenía el apoyo de  mis hijas, de Marcela y de toda mi familia, aunque seguía destrozada no me cansaría hasta encontrar al responsable y lo hiciera pagar por destrozar a una humilde y feliz familia.

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-Bien hijo, estamos muy orgullosos. Fuiste muy valiente al aceptar defender una causa tan noble- Dijeron mis padres.
Mi hermano, Juan,  fue el que más me felicitó. Él había estado en el momento del hecho. Juan no me había hablado durante los meses en los que había trabajado con el gobernador. Me llamaba traidor, pero ahora todo era diferente. Me dijo:
-Al fin vas por buen camino, confió en vos Gustavo. Sé que vas a defendernos con cuerpo y alma, estás haciendo bien. Nunca pensé que estarías de nuestro lado, es increíble. Andá que se te va a hacer tarde, y no te preocupes porque ella es una luchadora incansable y ni los corruptos la van a poder parar.
En ese momento entendí su indirecta: entre los corruptos que Juan mencionaba en realidad se encontraba  Jorge Sobisch y el asesino. Tomé valor y me dirigí en mi Corsa Classic hacía mi destino: Sandra. Llegué y no me animaba a tocar la puerta. Después del llamado de esa tarde no habíamos hablado. Sólo habíamos acordado encontrarnos en su hogar. Se escuchaban las risas de sus hijas que jugaban en la planta alta de la casa. Tal vez si su padre estuviera allí sus risas serían más fuertes, reflexioné. No lo pensé más. Golpeé la puerta tres veces y una mujer abrió y dijo:
-Lo estaba esperando.
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Efectivamente recibí una denuncia penal por parte de Sandra Rodríguez, la viuda de Carlos Fuentealba. Debía aceptar que no tenía respaldo suficiente para defenderme y no sabía cómo iba a terminar esto, lo único que esperaba era no terminar preso. Tenía mi discurso preparado en el que declararía que había ido a reprimir por orden de la policía provincial, con el objetivo de liberar las rutas para el turismo que circulaba en semana santa. Tenía en mis manos un arma de fuego que contenía un cartucho de gas lacrimógeno. Mi intención era lanzar un tiro al aire para que los protestantes huyeran, pero en el momento en que iba a disparar casi tropiezo con un maestro que se me había cruzado para evitar mi acción; en el intento de esquivarlo, el tiro se me había soltado hacia un Fiat 147 que se encontraba a dos metros de donde me hallaba.
                                                                                               ***
Esa mañana desperté con el grito de una de mis hijas, a causa de una horripilante pesadilla que había dominado su pequeña cabecita. Decidí despertarme por completo, me vestí correctamente con un vestido muy elegante y unos tacos no muy altos de color negro.
Salí temprano de mi casa, y dejé a mis niñas en lo de su abuela, sentía que allí estarían seguras mientras yo iba a Tribunales.
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Había llegado el día. Después de tanto esperar, por fin estaba ante nuestros ojos. Estaba vestido con mi ropa de juicios, un atuendo triste y con olor a búsqueda de justicia. Esa mañana mi esposa me había deseado suerte, pero no con esas mismas palabras exactamente. Me dijo que confiara en que todo estaría bien. Sandra llegó muy bien vestida y con una cara que ya no era la misma luego de haber perdido a un ser tan cercano y especial además de compañero como era el señor Fuentealba. Aunque estaba muy nervioso me sentía un poco aliviado porque era el juicio “Fuentealba I” que es el que se le realizaba al policía José Darío Poblete y no a Sobisch. El del gobernador era “Fuentealba II”. El juez marcó el inicio y todos se sentaron. Tomé aire y comencé a hablar. Fue un juicio extenso y pesado. Luego de unas siete horas el juez declaró a José Darío Poblete culpable y con Sandra nos hundimos en un abrazo de alegría y casi justicia. Ya que para que para ganar al 100% tendríamos que ganar el segundo juicio en el cual tendría que ver a la cara a Jorge Sobisch.
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A veces la justicia parece sorda, por más gritos que di en mi defensa, nadie me escuchó. Por la causa Carlos Fuentealba, fui condenado a prisión perpetua por “homicidio calificado, por haber sido cometido por un miembro integrante de las fuerzas policiales abusando de su función, con la agravante de haber sido cometido con violencia mediante el empleo de un arma de fuego, agravado por alevosía, en concurso ideal en el mes de Julio, año 2008”.

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