“Lo que la arena se llevó”
Mi curiosidad por el rumor de una historia capaz de poner los pelos de punta me llevó al país celeste y blanco. Mi vuelo se atrasó algunas horas y la llegada a Ezeiza fue un poco incómoda. Se veían más policías y militares que pasajeros.
Salí del hotel donde me quedé sólo una noche, me subí a un taxi y me fui a la estación de ferrocarril. Durante el trayecto me sorprendió la cantidad de autos verdes que daban vueltas alrededor de la ciudad de Buenos Aires.
Llegué a Puente Viejo, un pueblo en la provincia de Buenos Aires donde se decía que los pueblerinos habían encontrado cadáveres y habían sido obligados a volverlos a ocultar. Sabiendo que conseguir información no iba a ser algo sencillo, decidí hacerme pasar por un turista. Luego de dejar las valijas en l hostería, salí a recorrer un poco y aprovechar los últimos rayos de sol. Mientras caminaba, pasé por una peluquería, un almacén y una comisaría. Como en todo pueblo pequeño, pensé que los que más sabrían sobre la historia serían el almacenero y el peluquero, así que me dirigí a la peluquería.
Al entrar, noté que había algunas revistas para hombre un poco escondidas. El peluquero me preguntó qué se me ofrecía. Le respondí que quería cortarme el pelo y me hizo sentar en uno de los sillones. Mientras escuchaba el ruido de las tijeras contra mi pelo, oí que uno de los clientes mencionaba algo sobre unos cadáveres encontrados en los médanos hacía un tiempo. Eso fue todo lo que pude escuchar, porque el peluquero había terminado su trabajo y luego de que pagué me invitó a marcharme.
Unos días después, me dirigí al almacén en busca de más información. Agarré algunas latas de una repisa y me fui al mostrador. Justo en ese momento entró una mujer de mediana edad que, en seguida, comenzó a hablar con el almacenero. Por lo que había oído unos días antes, supuse que era la “viuda de Espinosa”. La mujer se largó a hablar sin parar siquiera a respirar. Decía que aunque habían pasado dos años, ella aún tenía pesadillas con “todos esos cadáveres” y sostenía que “el muchacho estaba ahí”. Antes de poder escuchar algo más, el almacenero me preguntó si estaba listo para pagar y, como no tenía ninguna excusa para quedarme, otra vez pagué y me fui.
Pasaron cinco días sin escuchar nada más sobre el tema y como me estaba quedando sin dinero, decidí volver a España. Pero, según la Ley de Murphy, la última noche de mi estadía mientras caminaba me encontré con la viuda de Espinosa tratando de entrar a su casa con diez bolsas del almacén. Me acerqué y le pregunté si necesitaba ayuda. Tomé algunas bolsas y entré a su casa. Las dejé y me di vuelta para irme, pero la mujer me invitó a tomar algo llamado mate. Acepté y nos sentamos en la mesa de su cocina.
Así fue como supe lo que había pasado. Una mujer a quien llamaban la Francesa había desaparecido en el año 78 al mismo tiempo que un muchacho que acampaba al lado de su casa. Todos asumieron que ella, casada, se había cansado y ambos habían huido como amantes. Un día, unos meses después, el comisario del pueblo ordenó a los habitantes dirigirse a los médanos detrás de un puente y cavar, porque habían visto a un perro comiendo una mano humana. Luego de unas horas de cavar en silencio, apareció un cadáver y otro y otro más. Había cadáveres donde se mirara. Cuerpos golpeados, con los ojos tapados o llenos de arena. El comisario les dijo que esperaran allí mientras él se ausentaba unos minutos. Al volver, ordenó a los pueblerinos que volvieran a enterrar todos los cuerpos. Le pidió a cada uno su nombre y les ordenó no volver a mencionar nunca nada a nadie.
“Nunca nos enteramos quiénes eran esas personas, o porqué estaba allí. Pero algo era seguro: todos los que estuvieron en Puente Viejo en ese momento saben que el pueblo nunca volvió a ser el mismo” finalizó la viuda de Espinosa.
Verena Kaiser
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